ÉPALE289-IMPERATOR CAESAR AUGUSTUS

EL MES DE AGOSTO SE LLAMA ASÍ PORQUE A UN EMPERADOR ROMANO LE DIO LA GANA DE QUE LLEVARA SU PROPIO NOMBRE. DOS MIL Y PICO DE AÑOS DESPUÉS SEGUIMOS HONRANDO LA MEMORIA (O AL MENOS EL NOMBRE) DE ESTE PERSONAJE

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

Uno ha oído hablar de tipos ególatras y megalómanos hasta las cachas, pero lo de este Octavio Augusto está varios niveles por encima de lo normal. Antes de él estuvo su tío abuelo, Julio César, que al parecer fue quien empezó con la jodienda: a cuenta de general conductor de ejércitos victoriosos agarró y le puso su nombre (Julio) al quinto mes del calendario romano. Dos décadas después, al Octavio (también llamado Octaviano) le pareció que su gloria era similar a la de su ancestro cercano y le cambió la denominación de sextilis (ya que era el sexto mes en ese calendario) por la de Augustus, el nombre con el que se le conoció a él mismo.

Pero, ya va, había algo que no le cuadraba a su grandeza: el emperador se reunió con sus asesores astrólogos y matemáticos y les preguntó que a cuenta de qué SU mes solo tenía 29 días y el del César original 31. ¿Acaso yo soy menos que nadie para tener un mes dos días más corto? Agarraron, entonces, los burócratas y corrigieron el desperfecto y, desde entonces y hasta nuestra época, julio y agosto tienen 31 días; así que el calendario por el que medimos nuestro tiempo tiene coleados a dos sujetos de la misma familia.

¿Y qué fue lo que hizo aquel Octavio, luego nombrado Augustus, para merecer en Occidente tanta grandeza? El biógrafo más conocido de Octavio es un tal Nicolás de Damasco, quien ha dejado registro de sus primeras hazañas. O, más bien, de las cosas que hizo de muchacho el futuro emperador para empezar a merecer la gloria y la fama. Cuenta Nicolás, por ejemplo, que Octavio/Octaviano “deseaba fervientemente” combatir al lado de Julio César en la campaña en África, pero que su mamá le metió unos regaños y súplicas tan monumentales que decidió quedarse en la casa, la pinga. Después, cuando César andaba por Hispania, el muchacho conservaba las ganas de pelear pero se enfermó, chico, y tampoco esa vez pudo cumplir sus deseos. Pero el chamo se recuperó, cogió una embarcación con un puñado de camaradas y la embarcación naufragó; tuvo que atravesar territorio enemigo durante varios días antes de unirse a las tropas imperiales y, desde entonces, su glorioso tío abuelo comenzó a tutorearlo y a prepararlo en su carrera hacia el poder y el trono. César le cogió tanto cariño al muchacho que le cedió un buen tolete de su poder en su testamento, además de más de la mitad de su riqueza, que era una vainita. Un comienzo algo curioso, pero comienzo es comienzo.

Después de heredar el trono, tras el asesinato de su tío y mentor, el hombre le pasó por el medio a dos épocas (nació en el 63 a. de C. y murió en el 14 d. de C.) y se convirtió no solo en el primer emperador romano sino en el de gobierno o reinado más largo. Octavio Augusto formó, al principio, un triunvirato junto a Marco Antonio y Lépido, y cuando estos se empezaron a preguntar por qué si el gobierno era de tres tipos y el único que mandaba y tomaba decisiones era Octavio tomaron la decisión de alzarse. Octavio demostró, entonces, que sí sabía lo que era el poder y cómo ejercerlo (esas cosas de ser descendiente de César). A Lépido lo derrotó en el campo de batalla y lo obligó a exilarse (“le perdonó la vida”, dicen los interesados en hacer ver menos feo el episodio).

En cuanto a Marco Antonio, en algún momento le había declarado una guerra comunicacional horrenda y sucia, llegando a decir que Octaviano era el favorito de su abuelo solamente porque César tenía una relación sexual con él. Y lo peor: llegó a decir (por favor, prepárense, no se vayan a sonrojar por esto), aseguró que el origen de Octavio no era noble. Es decir, que su sangre provenía de vil perraje: qué bolas. Aparte de eso contrajo una alianza nupcial y militar con la célebre Cleopatra. Esto, en términos prácticos, significaba que Octavio traicionó a Roma por irse tras una reina o emperadora rival de la tierra de los césares, y entonces llegó la hora de la venganza para Octavio: el emperador o príncipe les echó una revolcada tan fea y humillante en sucesivas batallas que a los pocos días se produjo el muy famoso y cinematográfico evento: antes que caer en manos de Octavio, Marco Antonio prefirió suicidarse zampándose una espada en la boca del estómago, delante de Cleopatra; y esta, un poco más sofisticada, o simplemente femenina, buscó una culebrita de esas africanas cuyo veneno te empieza a asesinar apenas la culebrita te mira a los ojos, y se dejó matar así, tan exóticamente.

Concluida esta victoria recordó, o se enteró, que por ahí, en su ejército, había un hijo directo de César y Cleopatra. Decidió, en tiempo récord, que “dos César son demasiado” y lo mandó a liquidar a espadazos; el único descendiente y heredero de César en el mundo tenía que ser él y, bueno, nadie se lo iba a discutir.

Destruidos sus rivales más cercanos decretó, o fingió que decretaba, el regreso de la República, aunque en la vida real el Senado no gobernaba nada sino que recibía órdenes directas del emperador. Con el tiempo fue aplicando eso que en política y en otras actividades humana llamamos “la salivita”, y cuando los romanos vinieron a ver ya el hombre le tenía nombre al verdadero régimen: aquello se llamó formalmente Principado, y el príncipe, pues ya ustedes saben quién era. “El pueblo romano me ha rogado que asuma la dictadura”, dijo en una de sus alocuciones.

ANTES DE MORIR, OCTAVIO AUGUSTO MANDÓ A REDACTAR UN TEXTO QUE ERA ALGO ASÍ COMO LA CELEBRACIÓN DE SU VIDA Y OBRA, UN RESUMEN DE LO BUENÍSIMO QUE HABÍA SIDO EL MUNDO MIENTRAS OCTAVIO GOBERNÓ ESO QUE LOS HISTORIADORES EUROPEOS LLAMAN “EL MUNDO CONOCIDO”

Era un experto el tipo, en esto de hacer lo que le daba la gana pero dejando la impresión de que se lo estaban pidiendo. A ver si les suena esto: en el año 22 a. de C. hubo una escasez de comida en Roma que tenía a la gente en ascuas, aplastada, aterrorizada, desesperada, humillada. Varias facciones políticas, entonces, “le pidieron” que aceptara poderes dictatoriales y se ocupara del asunto. El hombre fue al Senado a representar una telenovela en la que rechazaba tanto poder. Pero dijo que iba a hacer el sacrificio; a los pocos días le entregaron el poder y el control sobre el suministro de alimentos a Roma y la crisis “se terminó”. Presten atención y verán, en los alrededores, a varios aspirantes a Octavios echando discursos sobre economía, hablando de la inflación y casi diciendo: “Yo no quiero el poder, pero si me dejan gobernar a mí acabo con esto en pocos días”.

Poco a poco, y a veces abruptamente, el emperador fue ganándose títulos, atribuciones y potestades con vocación de perpetuidad, gracias al largo proceso imperial de conquistas que ejecutó Roma en su esplendor. Por ejemplo: el Senado creó los títulos de “Augusto” y “Príncipe” para él. Augusto era un título religioso más que político y sugería poderes sobre la humanidad y sobre la naturaleza, para que no queden dudas. Lo que Octavio no podía resolver a cañonazos lo resolvía a billetazos y Roma daba para eso, pues era la mayor potencia mundial del momento. A esa manera de mantener “tranquilos” a los países y a los pueblos todavía se le conoce como “pax romana” o “paz augusta”: ese silencio tan absoluto y tan escandaloso que se siente en los cementerios. Esa pax original, inaugurada por los romanos, duró 200 años.

En ese ambiente, en el que nadie de peso se metía con su poderío (no porque le faltaran ganas sino porque no había forma), Octavio Augusto tuvo tiempo de hacer algunos aportes a la sociedad: reconstruyó la ciudad, perfeccionó el sistema tributario, desarrolló un sistema de caminos y de correos y creó un cuerpo (la Guardia Pretoriana) que, si hubiera tenido más patas cojas, pudiera comparársele con la Guardia Nacional.

Antes de morir, Octavio Augusto mandó a redactar un texto que era algo así como la celebración de su vida y obra, un resumen de lo buenísimo que había sido el mundo mientras Octavio gobernó eso que los historiadores europeos llaman “el mundo conocido” (es decir, lo que conocían ellos). Ese texto fue esculpido en dos pilares de bronce y colocado frente al mausoleo que guarda sus restos. Ese texto fue replicado después en varias edificaciones romanas.

Cuando el hombre murió continuaron los honores: elevado a categoría de entidad divina por el Senado, el cogollo gobernante decidió que todos los emperadores romanos habrían de llamarse César y/o Augusto por los siglos de los siglos. Octavio Augusto fue sucedido en el trono por su hijastro Tiberio; se ignora por qué a estas alturas no tenemos ningún mes, día, semana u hora loca que se llame como ese sucesor, y mejor ni nos enteremos.

Y bueno, el punto es que estamos entrando justo en el mes dedicado a ese caballero. Va un colofón: como el tipo era el gobernante de Roma para cuando murió Jesucristo, cualquiera pudiera atribuirle la responsabilidad en la muerte de ese otro homenajeado a perpetuidad; tema aparte, muy aparte. Felicitaciones a todos los César, Octavio y Octaviano de buena, o mala, voluntad.

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