ÉPALE260-CCS MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Cuando uno le pregunta a un zuliano, un merideño, un falconiano o un larense de dónde es o dónde nació, todos responden específicamente según su ciudad, pueblo o estado de nacimiento: soy maracucho, de Mérida, de Coro, soy guaro. Pero nunca oirá usted a nadie de esos estados decir algo como “yo soy occidental”. Nadie es (porque ni siquiera lo recuerda) de Occidente. Hable ahora con gente de Puerto La Cruz, Maturín, Cumaná, El Tigre o, incluso, Margarita y en algún momento saldrá al ruedo la declaración de que esa persona es orientarrr. Los orientales sí se reconocen orientales, incluso en su diversidad y en la inmensidad de su territorio. Tal vez el pueblo andino congregue a gente con el mismo lazo de identidad (andinos se asumen desde el Táchira hasta los piedemontes larense y barinés), pero en el Oriente no existen los quiebres distintivos tan tajantes, de temperamento y origen, que separan a trujillanos y merideños, por ejemplo.

Los orientales entraron en el club de la venezolanidad quizá un poco a regañadientes, y lo terminaron aceptando tal vez porque era preferible entenderse con los engreídos caraqueños que con los trinitarios, gente que ni siquiera habla este idioma. En 1814 todo aquello que se llamaba Venezuela se lanzó detrás de quien fue el caudillo más popular de todos los tiempos: José Tomás Boves, un asturiano que era más llanero que cualquier gocho y más tuyero que todos los costeños juntos. Boves les caía bien a todos los pobres de Venezuela por la sencilla razón de que su oficio era caminar por toda Venezuela, y el que camina conoce gente. Desde antes de meterse a general de esclavos y sirvientes al tipo lo conocían y lo querían en el Centro, en los Valles del Tuy, en los caminos y recodos de todo el espinazo que empieza en Barlovento y se pierde en Colombia. Por esa razón se cansó de echarle palo al Ejército republicano y de hacer correr espantado al general Bolívar, quien pegó un carrerón hasta Caracas y después hacia Oriente, perseguido por este loco furioso y sus hordas. Boves fue hasta allá para pegárselo, y hasta ahí le llegaron la popularidad y la vida; podía ser muy taita y muy ídolo de multitudes, pero pa mis cojones: usted no es oriental, a usted no lo queremos aquí.

Muerto Boves en Urica por una lanza más oriental que llanera, más o menos entre Barcelona y Maturín, Bolívar creía que iba a poder respirar y reorganizarse aliviado. Pensaba el pobre Libertador que los orientales se le iban a poner a sus órdenes, jefecito, pero no señor: usted tampoco es de aquí, usted va preso por irresponsable y haga el favor de entregar ese poco de joyas y vainas que se trajo sin permiso de las iglesias de Caracas. Bolívar agarró un barco y siguió huyendo, esta vez para el Caribe. Al frente de ese tribunal anticaraqueño descollaba Piar, el auténtico líder y prócer de los orientales; poco después estaba pagando con su vida ese gesto de soberanía.

Con los años, los generales de Oriente (Bermúdez, Arismendi, Santiago Mariño) entendieron que no había necesidad de crear otra república microscópica y reconocieron la jefatura de Bolívar y la capitalidad de Caracas. Hay un cuento verídico (o chisme oriental) que involucra, por cierto, a esos señores de la guerra. Reunidos en algún campamento y enterados de la monumental victoria del joven Antonio José de Sucre en Ayacucho, Bermúdez puso en la mesa el chiste de la jornada: “Así estarán de jodidos los españoles que ya hasta Toñito gana batallas”. Ese Toñito, ahora Gran Mariscal: un guerrero más, nativo de una tierra de guerreros.

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