ÉPALE285-OSCAR D' LEÓN

EL DIABLO DE LA SALSA HA LOGRADO PASAR POR CHAVISTA U OPOSITOR Y SOBREVIVIR A ESA PONDERACIÓN A LA QUE NOS GUSTA SOMETERNOS EN ESTOS TIEMPOS. LO CIERTO ES QUE EL NEGRO OSCAR ES EL ÚNICO VENEZOLANO QUE PUEDE, FRENTE A UNA CÁMARA, CONVOCARNOS A LA CORDURA, SI LOS JAGUARES DE LA FURIA SE DESATAN EN VENEZUELA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE •@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

En octubre de 1983 tuvo lugar un acontecimiento que no se debe haberse producido muchas veces en el ámbito de la cultura: el registro televisivo del nacimiento de una expresión del habla popular. Oscar D León realizaba en la isla de Cuba sus históricos conciertos, con la entrega y la tremenda energía de siempre y, de paso, en el mejor momento de su esplendor físico y mental; estallaba temprano esa inteligencia del improvisador de la palabra y de las situaciones. El público enloquecía cada vez que el sonero desplegaba su chispa caribe, soltaba sus rimas relancinas y repentinas, adobaba el concierto con unas coreografías insólitas acompañado de Wladimir Lozano y fue inevitable que lo compararan, para bien y para mal, con su ídolo y motivación, Benny Moré. La mamá del Benny estuvo allí, en uno de esos conciertos, y lloró con él en tarima cuando el de Antímano le pidió la bendición. De paso, cada pocos minutos, invitaba a un músico cubano para que le arrimara talento a la presentación; promediando la pieza “Esa mujer”, soltó sus agudos de leyenda un Arturo Sandoval que todavía hacía arder al mejor Irakere y le arrancaba elogios a Dizzie Gillespie.

Oscar descargó en La Habana y en Varadero, y cada tantas piezas se lanzaba de cuerpo entero a la olla, allí, donde hervía el público bailador, para abrazar y dejarse abrazar por el pueblo cubano. Pánico entre la gente de seguridad y regocijo entre los camarógrafos, quienes parecían destinados por la providencia a enfocar eternamente una tarima y a unos músicos y cantantes. Oscar les destrozó el libreto y se lanzó al mar de gente a echar rimas y a bailar y a hacer un poco de maromas y, de pronto, el cable del micrófono por donde echaba el chorro de voz se templaba y no lo dejó avanzar más. En lugar de devolverse, el sonero ideó un momento de inspiración en medio de la inspiración y les solicitaba a los técnicos lo siguiente, con estas justas palabras: “Dame cable, dame cable, dame cable…”.

20 años después fui a La Habana y pude constatar allá, en la piel de la Cuba de Fidel, que esa expresión seguía siendo de uso común entre la gente. Desde que Oscar D León dijo aquello en su consagración de Varadero, “Dame cable” era (y no sé si todavía se usa) el giro callejero para decirle a alguien “Explícame, que no te estoy entendiendo” o “Ya va, repíteme eso”, e incluso “Dame un chance, déjame ser”. Solo unos pocos autores y poetas han llevado a cabo esa hazaña: lograr que una frase o expresión suya se convierta en clave de la comunicación del ser humano, en un país o región. Allí mismo, en Cuba, se dice todavía, parafraseando a Nicolás Guillén, “En fin, el mar”.

Esa proeza, consistente en intervenir y enriquecer el habla de todo un pueblo, es el legado que debe ser recordado: el hombre le hizo un aporte al lenguaje sin ser exactamente un hombre de letras, y eso es suficiente para borrar resbalones como aquel de la canción “Llorarás” (… y así te darás de cuenta / que si te engañan duele).

LOS TROPEZONES

En Cuba bañaron a Oscar D León de cariño y de aires de veneración. Su visita a la isla marcó la historia de los conciertos de música caribeña (todavía no lograban en Cuba precisar a qué cosa debían llamar “salsa”, a pesar del trabajo hecho por Adalberto y su Son 14), y buena falta que hacía, pues bastante tibia había resultado la presentación de Fania All Stars en el teatro Carlos Marx años atrás: una Fania irreconocible en su aburrimiento, con un Pacheco estrictamente apegado a los buenos modales, un Rubén Blades demostrando algo parecido al miedo escénico y unos músicos que no lograron estallar ni hacer estallar a nadie: las desventajas de no tener permitido ni siquiera nombrar nada más estimulante que el ron. Tenían que portarse bien y esas cosas se notan en tarima. Pero pocos días después sobrevino el derrumbe: ese mismo Oscar que convirtió a Varadero en un multiorgasmo debió presentarse en Miami, y allí los excubanos le cobraron la afrenta.

Al cantante lo presionaron, lo amenazaron, le metieron la encerrona de su vida y lo forzaron a decir el parlamento más extraño de su vida: que él en realidad detestaba al régimen comunista y que si había ido a la isla era porque no sabía quién era el sujeto que gobernaba allí (?). En una sola sesión de declaraciones renegó de todo el amor, de los abrazos en tarima al Barbarito Diez, de las lágrimas con la madre del Benny, del momento maravilloso en que se subió a un poste del alumbrado para seguir cantando, desde allá arriba, en pleno éxtasis del montuno. La gusanera y sus compinches de Venezuela quedaron satisfechos con la manera en que Oscar “explicó” su romance con Cuba y, mientras tanto, en la isla todo fue desconcierto y desencanto. Algunos entendieron que el cantante no estaba en condiciones de desafiar a nadie una vez llegado a territorio mayamero, y otros simplemente lo execraron de sus afectos. Pero en las calles habaneras se siguió recordando con pasión y emoción el paso del huracán venezolano por esas tierras. Y se siguió usando el “Dame cable” acuñado por el ídolo. La marca de Oscar D León en la cultura cubana.

“ES UNA PETICIÓN PERSONAL. SI LLEGA ESE MOMENTO NEFASTO DE LA DESTRUCCIÓN IRRACIONAL, DÉNLE CABLE A OSCAR D’ LEÓN. ÉL SABRÁ QUÉ Y CÓMO DECIR LO QUE NECESITAREMOS QUE SE NOS DIGA”

Antes y después de ese episodio el hombre se ha dedicado a lo suyo, que es andar de gira permanente o casi permanente. Hubo temporadas largas en que culminaba una presentación en San Juan de Los Morros a las 4 de la madrugada, y de allí lo trasladaban con su orquesta al aeropuerto de Maiquetía porque esa noche debía presentarse en Ciudad de México y, al día siguiente, en las islas Canarias. Estaba en todas partes y en todas partes se entregaba con la misma energía; probablemente ande en lo mismo, pero a un ritmo menos intenso. O así debería ser, después del conato de infarto sufrido en una presentación hace una década.

En lo que respecta al territorio estrictamente político, en el que a los venezolanos nos encanta meter a todo el mundo a ver si es de los nuestros o juega para el enemigo, existe la sospecha de que
El Sonero del Mundo es de las pocas figuras nacidas aquí que le ha pasado por el medio al actual terremoto histórico sin recibir metralla fulminante de un lado o del otro del espectro político. “Chavista” y “escuálido” lo han llamado, alternativamente, por comentarios o episodios puntuales, pero, siendo como es, uno de los venezolanos más conocidos dentro y fuera de Venezuela, en su imagen pareciera estar representada o resumida una especie de figura de consenso: tal vez haya quien odie o repugne de Oscar D León o de su música, pero al caballero no lo ha embadurnado con toda la furia esa especie de marca acusatoria que carga encima todo venezolano que se ha dejado ver y sentir ante el público.

Esto sonará irresponsable o apocalíptico, pero me niego a callármelo: si llegara el momento en que se desaten los jaguares de la furia desbocada en nuestra sociedad, uno de los pocos seres humanos nacidos aquí que convendría poner ante una cámara para convocarnos a la cordura sería este compañero, que no solo ha puesto a bailar a todo el mundo sino que se ha ganado cierto unánime respeto. Hagan ese ejercicio mental: busquen un nombre de persona mediática de cualquier ámbito (la política, el espectáculo, el periodismo, el deporte) y verifiquen si la mitad del país no lo detesta por ser chavista o por ser lo otro. Es una petición personal: si llega ese momento nefasto de la destrucción irracional, dénle cable a Oscar D León. Él sabrá qué y cómo decir lo que necesitaremos que se nos diga.

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