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LA CONSTRUCCIÓN SICOLÓGICA E IDEOLÓGICA QUE LLAMA “BARBARIE” A LA RURALIDAD Y “PROGRESO” A LAS GRANDES CIUDADES ESTÁ DE CUMPLEAÑOS. A VER CÓMO FUE QUE SE NOS IMPUSO A SANTOS LUZARDO DESDE LAS LECTURAS DE LA ESCUELA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

A principios del siglo XX un señor llamado Rómulo Gallegos, buen escritor y mejor orador caraqueño, fue dos semanas a un hato en Apure (La Trinidad de Arauca), emborrachó a unos obreros y peones para sacarles sus historias y memorias de personajes, copió o intentó copiar su habla y sus giros lingüísticos, se enteró de unas cuantas leyendas y coplas. Luego fue a un campo en La Guajira (Alitasía, a la entrada de la franja que lleva, derechito, a Castilletes) e hizo más o menos lo mismo. Con el arsenal de historias y cantares recabados, oídos y anotados escribió unas novelas por las que luego fue proclamado emblema de la nacionalidad. Esas historias y decires y cuentos no le pertenecen a nadie, no tienen dueño, pero la gente las escucha y se las atribuye automáticamente a Gallegos. Doña Bárbara no es Pancha Vásquez, no señor: Doña Bárbara es un personaje creado por la mente prolífica y excepcional de aquel señor tan monumentalmente talentoso que le dio dos patadas unos metros de tierra reseca y escribió Canaima; y luego, en el llano, se sentó a escuchar a unos señores trabajadores y de allí sacó esa novela que, con el tiempo, se convirtió en lectura obligatoria para todo venezolano escolarizado.

Dicen sus defensores, adoradores y aduladores que Gallegos sacó del silencio a esas y otras regiones de Venezuela, como si los apureños y wayúus no tuvieran nada que decir sobre sí mismos, como si no lo hubieran dicho o como si las vidas de esos conglomerados humanos solo tuvieran valor y sentido por haber sido registradas en una novela. Es el caraqueño rico, intelectual, engreído y dominante imponiendo su discurso ayudado por una academia, unas instituciones y un sistema educativo que no dudaron en zamparle tremenda etiqueta: Gallegos es el retratista, por antonomasia, de lo “venezolano”.

Y, de paso, está el asunto del contenido y de cómo ha sido utilizado para imponerle al pueblo el autodesprecio por lo que pudo ser (un país que produce lo que consume) y para zamparle la adoración por la imitación o el remedo de algo que nunca será (europeos constructores de ciudades que medio funcionan). Mediante un artificio educativo (adoctrinador, es lo mismo), y financiado por el chorro de petróleo que se desató el siglo pasado, a los venezolanos se nos convenció de que ser campesino (y parecerlo: hablar, vestir, trabajar, pensar como campesino) es una mancha asquerosa de la cual es preciso despojarse porque gente civilizada, chévere, bonita, desarrollada y “de avanzada” que se respete no anda sembrando matas ni criando animales, sino estudiando para ser profesional o intelectual, o preparándose para la misión mega-hiper-guao de ser un empresario exitoso: un coño de esos que tiene esclavos y se hace rico a partir de la explotación de los mismos.

La idea de desarrollo que nos impusieron (la transformación de un país que se insertara en el modelo industrial capitalista) pasaba por un trámite migratorio descomunal, y vaya si el capitalismo lo logró. La masa que se trasladó a las ciudades lo hizo para cumplir con un requisito o necesidad del capital: tener a enormes cantidades de personas aglutinadas en espacios donde cumplir sus roles: el trabajo esclavo y el consumo.

Los productos y mercancías capitalistas se distribuyen con menos costo para el industrial si en lugar de tener a 5 millones de personas (esclavos y consumidores) disgregadas en un amplio territorio, donde no estén hacinadas ni luchando entre sí ni contra el reloj, las tiene en un solo campo de concentración, esa cosa que llaman urbe, donde usted es cosmopolita (sifrino) o debe tratar de serlo, porque si no lo hace es un segregado y un excluido. Las cárceles (y las tumbas) están llenas de gente que no quiso ser cosmopolita, o no pudo y lo intentó por las malas. Por eso los barrios y sus habitantes en rebeldía están siendo los destructores de la ciudad capitalista postindustrial: los barrios no son lugares para acomodarse y aburguesarse sino para ejercer la resistencia política y cultural, y esas cosas solo se ejercen con violencia. A veces con violencia creadora y emancipadora, pero violencia.

SANTOS SALVAJES

El prócer emblemático y simbólico del proceso de urbanización del país; el paladín, arquetipo, estereotipo, prototipo y pinga e burro que nos explicó a los salvajes pata en el suelo que éramos cómo dejar de ser campesinos y empezar a ser gente, no es otro sino Santos Luzardo. Tú sabes: el patiquín caraqueño que se fue al monte a poner orden en aquella mierda (perdón: a inculcar valores civilizatorios, allá, donde solo había barbarie). Doña Bárbara es la metáfora de cómo la civilización, esa urbe cosmopolita, derrota a la barbarie.

Y no es que el personaje Doña Bárbara fuera muy edificante: se trataba de una terrateniente esclavista. Que pusieran a un sifrino a luchar contra ella en calidad de superhéroe no tenía ninguna gracia; Doña Bárbara no escenifica la lucha entre el pueblo y sus opresores sino la lucha entre dos modelos de opresión: uno en decadencia y otro emergente. El chingo y el sin nariz disputándose un territorio y unos recursos que, originalmente, no eran de ninguno de los dos.

30 años después de la aparición de Doña Bárbara 70 % de la población venezolana vivía en ciudades, y 99,99 % de ese conjunto sentía risa o asco de la palabra conuco. Todavía hoy, en las fiestas urbanas, cuando alguien pone música llanera es la señal de que se acabó la fiesta, y muchos todavía no se explican qué tiene de raro que mantengamos vivo el eslogan que opone Caracas al monte y a la culebra. La idea de barbarie se sigue asociando al conuco y al campesino con machete y escardilla y no a las balaceras y mortandades colectivas de las ciudades. Como si un espíritu europeo se empeñara en convencernos de que los campesinos viven feo y los citadinos mueren de pinga.

Cuando Hugo Chávez habló de una transición en la que, necesariamente, debíamos potenciar la agroindustria como fórmula de emergencia para la sobrevivencia inmediata, de hoy y mañana mientras ensayábamos una manera de regresar a la raíz física y espiritual de los pueblos, que es la formación ciudadana para la producción (qué bien lo explicó antes Simón Rodríguez y qué fácil lo olvidamos o lo ignoramos), Venezuela, en pleno, dejó de escucharlo con la misma devoción. No fue por falta de genio o capacidad didáctica del Comandante que no comprendimos, o no quisimos tratar de entender, qué nos estaba proponiendo ese hijo y nieto de campesinos: era porque Chávez estaba luchando contra un siglo de ser atornillados en una visión de país. Chávez hizo un esfuerzo monumental, durante tres lustros, para recordarnos lo que proponía Simón Rodríguez, pero Gallegos ya era lectura obligatoria en las escuelas y liceos venezolanos desde hacía más de siete décadas.

Entre Mantecal y Elorza, ahí mismo, en el Apure de Pancha Vásquez (el ser humano real que Gallegos convirtió en Doña Bárbara), se despliega el que fue uno de los latifundios más grandes de Venezuela, el hato El Cedral: 55.000 hectáreas recuperadas por el Gobierno venezolano para ensayar allí otra forma de organización de la gente y de la producción. El recorrido depara sensaciones fuertes, que van desde la presencia de una fauna extraordinaria y unos paisajes naturales de asombro hasta un paisaje humano que guerrea contra la costumbre capitalista instalada en el cuerpo (más allá del cerebro): vegueros dispuestos a reorganizarse en clave de socialismo y autogestión, pero personal e íntimamente agradecidos con los antiguos dueños del hato, “porque nos ayudaron y eran gente buena”. Esclavos e hijos de esclavos agradecidos con sus antiguos amos. Gente preocupada porque, acostumbrados por siglos a trabajar por una paga, de pronto fueron invitados a ser corresponsables de la producción de alimentos y de la organización humana (social)…

ÉPALE 290

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