PERFIL

EL TÍTULO DE ESTE TEXTO ES EJEMPLO Y EXPLICACIÓN DE CÓMO ESE TIPO PUSO A MEDIO MUNDO A IMITAR DECIRES, ACTITUDES Y PERSONAJES, PERO SINTIENDO QUE SOMOS DE LO MÁS ORIGINALES. “DESARMAR A CORTÁZAR”, ¡UY, SÍ!, !QUÉ INGENIOSO! NADIE HABÍA USADO NUNCA ESA FÓRMULA PARA HABLAR DE ESE ESCRITOR, TUVE QUE VENIR YO. PREGÚNTENLE A SAN GOOGLE

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Después de Rayuela se desaforaron esos experimentos armables y desarmables en los que, casi siempre, la literatura salía perdiendo. En la euforia del impulso vesánico, promovido por la industria editorial y por el genio de Julio Cortázar, aparecieron imitadores buenos, malos y regulares, y también autores que hicieron lo correcto y encontraron su propio estilo a partir de las brillanteces obvias u ocultas en esa obra asombrosa. Tipos que entregaban párrafos dispersos y le proponían al lector organizarlos como le diera la gana; tipos que escribieron unos textos rarísimos y después les explicaban a los desconcertados: “Lo que pasa es que eso lo escribí en tempo de jazz (como si el jazz fuera un tempo), y si tú no has escuchado a John Coltrane no vas a entenderlo”; tipos que plagiaban anécdotas y personajes y los ambientaban en San Juan de Los Morros o en Acarigua con la esperanza de que nadie se diera cuenta de la jugada. Y, finalmente, hasta un gafo que entregó a un concurso un “poemario” consistente en un reguero de palabras sin orden alguno y un texto introductorio contentivo de la maravilla de propuesta: “¿Quieres descifrar el poema? Bueno, ahí te entrego esas palabras, organízalas tú mismo, como las pongas saldrá un poema arrechísimo”. Democracia participativa y protagónica, pero para muchachos pendejos.

Una cosa es sentirse agudísimo y guao con la palabra y otra cosa, bastante más dramática, es sentir o creer que uno está inaugurando o representando un personaje-concepto en la vida real o, al menos, en la vida corporal. Cuentan varios testigos que, en una visita a la Universidad Central de Venezuela, en los años 70, venía caminando el ilustre escriba rumbo a la Facultad de Humanidades, acompañado de intelectuales del patio y de autoridades universitarias, cuando de pronto se le atravesó una muchacha flaca, pelo largo, falda colorida, vaporosamente jipi y blusa más o menos transparente debajo de la cual era obvio que no habían ni sostén ni recato. La muchacha se le interpuso en el camino, levantó la barbilla, puso los brazos extendidos hacia atrás y le dijo en alta voz eso que tú (TÚ: mujer que se tragó a Rayuela sin estar preparada) has dicho o soñado decir alguna vez, o muchas veces, en la vida: “Yo soy La Maga”.

Cortázar la miró con esa actitud con que a uno lo miran en una cola para comprar comida cuando se carga una franela del PSUV, se desvió medio metro para no tener que rozar a aquella muchacha y siguió su camino hacia la inmortalidad. A ubicarse, hermanos: no se trataba de un argentino común y corriente sino de un carajo nacido en Bélgica, medio criado en Argentina y después asumido francés.

Por supuesto que la culpa la tuvo él mismo. Así como miles de muchachas creyeron —y siguen creyendo— que el escritor al moldear a La Maga las estaba describiendo a ellas, que el tipo estableció una conexión mágica derrotando tiempo y distancia para retratarlas a ellas y a nadie más que a ellas; de la misma manera los tipos se creyeron —o se creen— que ese Oliveira son ellos. Que ese poeta brillante, borracho, bohemio y cogeculo se parece demasiado a ellos: “¡Virgen del Carmen!, ¿cómo haría ese tipo para retratarme con tanta exactitud?”. Y entonces viene y empieza a tratar de imitarlo con la esperanza de que alguien lo vea y diga: “¡Epa!, este carajo se parece más a Oliveira que yo”, y empieza una suerte de competencia de egos e histrionismos en la que descuella otra clave, impresentable: cierta parcela de la juventud, que ansía ser “alguien” en la poesía o en la literatura, va y se inventa un mundo que quiere parecerse a eso que en Rayuela viene a ser la bohemia (o “la bohemía”, según la letra de Willie Colón) y allí confluyen todas las versiones de Oliveira y La Maga; por supuesto, las Magas de la vida terminan llevando la segunda peor parte (porque la peor se la llevan los hijos: todo el mundo suspira por La Maga pero casi nadie recuerda a Rocamadour, pobrecito el arbolito).

Culpa’e Cortázar: esa creencia de tanto poeta en formación, o ya deformado, según la cual la bohemia es un estilo de vida chévere y sabrosón. A Cortázar le sobraba el genio narrativo, pero falló en eso de explicarnos que el bohemio genuino es un indigente que intenta cogerse a una puta sin dientes y termina puñaleado por su chulo, un sifilítico cualquiera, que también es bohemio pero no porque lea o escriba poesía sino porque lleva una semana sin comer. Según la traducción de “bohemia” que entendió el grueso del ambiente intelectual-literario-urbano-noctámbulo, para ser poeta hay que ponerse una capa negra, dejarse una barbita ahí y un greñero tal, caerse a palos en cualquier Sabana Grande, hablar enredao sobre cosas que parezcan trascendentales, impresionar a una Maga por noche y terminar pegándoselas a todas o, al menos, a una. ¡Ah!, y por supuesto: andar angustiados, francesamente angustiados. Pero la angustia no es eso que usted siente cuando sale a buscar el pan y regresa a casa a explicarles a sus chamos que hoy no se pudo comprar nada, no señor: el angustiado estafado por Cortázar es un carajo que entra en crisis existencial porque, ¡maldita sea!, el lunes me leí a Baudelaire, hace dos días a Unamuno y esta mañana a Sartre y los tres me convencieron de que el ser y la otredad son categorías superestructurales y, ¡el coño ’e la madre!, me voy a matar si no salgo a beber hoy con otros amigos angustiados.

NOMBRE GIGANTESCO, CREADOR INSIGNE, MAGO DEL VERBO Y DE LA FABULACIÓN ES JUSTO RECONOCERLE LA FIDELIDAD AL COMPROMISO CON LA PALABRA. NI UNA SOLA CONCESIÓN AL PANFLETO O A LA CONSIGNA VACÍA SE LE PUEDE ADJUDICAR O ATRIBUIR; Y, AUN ASÍ, CUESTA TRABAJO APARTARLO DEL SISTEMA DE RELACIONES E IMPACTOS REFRACTARIOS DE LAS REVOLUCIONES DE AMÉRICA

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¿REVOLUCIONARIO?

No todo fueron cronopios y famas, hierofantes y laberintos; hubo también un Cortázar comprometido o dispuesto a parecer comprometido con la causa de los pueblos. Anduvo cerca de la Cuba de Fidel hasta que debió fijar posición por el arresto de Heberto Padilla; denunció y confrontó con la palabra, y con más de un gesto controversial, a las dictaduras argentinas; firme se mantuvo en su defensa de Allende y del proceso chileno, lo mismo que la Nicaragua sandinista. En 1981 renuncia a la nacionalidad argentina y adopta la francesa; en Francia lo alcanzará la muerte poco tiempo después.

Nombre gigantesco, creador insigne, mago del verbo y de la fabulación es justo reconocerle la fidelidad al compromiso con la palabra. Ni una sola concesión al panfleto o a la consigna vacía se le puede adjudicar o atribuir; y, aun así, cuesta trabajo apartarlo del sistema de relaciones e impactos refractarios de las revoluciones de América. Pero queda en pie lo dicho sobre su responsabilidad (¿o será responsabilidad nuestra?) en la deformación de la figura del intelectual, ese bicho que en lugar de andar pendejeando debería ponerse al servicio de las luchas populares. Cuando uno va a honrarlo por su palabra entregada a las causas nobles de su tiempo va y se tropieza con esta declaración de entrega a los mundos mágicos, donde no hay explotadores ni explotados ni pueblos ni tareas concretas por hacer: Cortázar recomienda al aprendiz de escriba “cuidarse del realismo al escribir. Eludir la fauna del zoológico, convocar a unicornios y tritones, y darles realidad”.

Dime tú, ¿cómo no iba a hacerse inmortal una Maga inexistente?

ÉPALE 242

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