Ilustraciòn Recetario 127

POR MALÚ RENGIFO/@malurengifo

El curatodo por excelencia de cuanta dolencia aqueja nuestro maravilloso templo de carne y hueso, es el mentol. El rey de la medicina pelabola: sana inmediatamente con un rango de acción de treinta centímetros en cualquier dirección con solo untarlo, olerlo, colocar en cataplasmas, beberlo o aplicarlo de manera intravenosa, aunque no se conoce individuo que haya salido vivo tras intentar esto último. Tiene el poder de no cambiar de olor con el paso de los años, y viene siempre en dos presentaciones: “potecito e’ vaselina”, y “latica imposible de abrir”. Lo conocemos muy bien, es amigo de la infancia venezolana.

EL “MENTOLITOS”
No importa si las marcas comerciales eran diferentes, ni si los usos de las mismas radicalmente también lo eran, ni si uno venía en tubito otro en latica y otro en frasquito: yo conocí una señora que todo lo curaba con mentolitos. Con el tiempo me di cuenta de que para ella toda cosa que oliera a menta, alcanfor o eucalipto eran una misma cosa, servían para lo mismo, y además se llamaban “mentolitos” ¡todos!.

Para un esguince daba igual si un masaje con Bengay o con mentol Davis; para la tos, unas respiraciones de “vivaporú” o de Andantol servían igual; para las espinillas o las picadas de zancudo, cualquiera de las anteriores o en su defecto pasta dental, y les puedo jurar, compañeros pelabola, que cuando me daba alergia me daba un caramelo “jols”, y por mi madre que se me aliviaba la nariz.

Esa magia para saber administrar las propiedades de toda sustancia mentolalcanforada parece correr por las venas de todos nosotros, pero sólo se despierta en situaciones de pelazón extrema, cuando curarse el dolor de cabeza frotándonos las sienes con un pelladito de mentol en lugar de un analgésico puede hacer la diferencia entre pagar la camionetita, o no.

En una situación por el estilo fue que conocí yo la pesgua, el arrayán, o lo que los científicos llaman la Gaultheria Odorata, una florecita que pueden ver en la ilustración que acompaña este texto, que se consigue muy fácilmente a los lados de los caminos de nuestro Waraira, y que tiene propiedades sanadoras para los bronquios, los ligamentos y dolores musculares. Ah, y también es antidiarréica.

Se reconoce porque al despachurrar la flor desprende un olor perfecto a “mentolitos”, del tipo Voltarén o a Bengay, y puedo dar fe de que definitivamente es un perfecto sustituto gratuito de estas cremas comerciales. Aplicado en cataplasmas es santo remedio, desinflamatorio y todo. Masticada la flor (cuyo sabor en como de caramelo alcanforado sin azúcar), le provee de un aliento fresquecito y un alivio bronquial que le hará sentir 5 años más joven.

Se sabe de su uso como tratamiento contra la tuberculosis, así que calcule usted cuán buena puede ser la pesgua para aliviar un simple resfriado por el pacheco de enero. Para la diarrea se consume en infusión (las hojas), y su uso constante ayuda a fortalecer la salud gastrointestinal.

ÉPALE 163

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