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POR ANDER DE TEJADA •@EPALECCS / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Haití y República Dominicana están divididas por un río, es decir, por un chorro de agua que corre en una cuenca de tierras idénticas, repleto de flores y animales que no comprenden la diferencia entre un lado y el otro. Pero, en lo que a los humanos respecta, las diferencias son notables desde la llegada de los dos imperios que pugnaron por hacerse de la isla La Española. Digamos que la suerte de República Dominicana no fue tan convulsa y accidentada. No hubo en ella las revueltas que hubo en Haití, las independencias supieron distinto la una de la otra e, incluso, se dice que los suelos del país occidental, desde hace muchos años, están imposibilitados para la producción. Por esas razones, y más, la línea imaginaria fue materializándose en la Historia y produjo dos realidades que parecen repelerse como campos magnéticos opuestos. La diferencia produjo, naturalmente, una emigración masiva desde el territorio haitiano al dominicano, pero no para buscar sueños de grandeza emprendedora sino para asegurarse el pan bajo trabajos forzados en los territorios agrícolas que, a diferencia del vecino, sí estaban aptos.

Para el año 1937, República Dominicana era gobernada por el dictador Rafael Trujillo. Dado que su país era, a fin de cuentas, un país latinoamericano, había problemas en torno al bienestar social y a la disponibilidad del trabajo. Trujillo se impregnó de inteligencia para elaborar una idea que, al parecer, se le ocurre a todos los presidentes de derecha y que consiste, básicamente, en olvidarse de que los problemas de una nación tienen causas concretas en la Historia, para entonces alzar la vista por sobre la frontera, ubicada en el río, y así aprovecharse del problema migratorio y de la repulsión sentida por las élites hacia los haitianos. Bastó con enaltecer la xenofobia más simple: el miedo al otro distinto, sobre todo al cercano.

Lo que le da el nombre a todo esto fue la forma en que el alto mando militar dominicano consiguió identificar al enemigo. Verán: cuando se mira a un haitiano pobre se ve a un dominicano pobre. Cuando se mira a un dominicano pobre se ve a un haitiano pobre. La única solución estaba en la hoja de perejil que mostraban los soldados. Ella, la delatora, la sapa, la peor de las criaturas de la disputa, era la encargada de diferenciar a esos dos seres idénticos. Los dominicanos, en su español antillano, eran capaces de decirlo tal como nosotros. Los haitianos, por su parte, hablaban francés. Muchos todavía se comunicaban en creole, la lengua nativa de la isla. Entonces, perejil dejaba de significar perejil. Se volvía un cuerpo sin alma, despojado de rostro mientras el haitiano buscaba pronunciarlo. Cuando el penoso intento terminaba con la exhibición propia de la nacionalidad, para entonces secreta, la palabra perejil se calzaba la máscara de la muerte, del abismo mayor.

Máscara que sigue ahí: el río marrón que separa los dos países es hoy un sitio minado de vendedores ambulantes y de gente que, naturalmente, busca el paso hacia el vecino oriental. El paso de un lado al otro se da por un puente que se llama Masacre. Se llama así por el río delimitante sobre el que se erige. Río que también lleva por nombre Masacre pero que, por asuntos de fechas, no se sabe si rememora a perejil o la historia haitiana en general. Se estima que esos primeros días de octubre de 1937 dejaron 20.000 haitianos asesinados en las zonas fronterizas. Ya que el método no era infalible, entre esos 20.000 hubo dominicanos.

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