Francisco Rebolledo

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

Trato de recordar algún pasaje del libro y no me viene. De pronto, como siempre, la evocación me intrinca en sus laberintos.

Quiero creer que Pin Pan Pun, de Alejandro Rebolledo, fue la voz de mi generación. Para escribir estas líneas me interno en las catacumbas del puente de la Fuerzas Armadas, el único lugar donde puede que aún consiga un ejemplar a la venta. Una señora se disculpa y me ofrece a cambio Yo visité Ganímedes, un clásico transgeneracional. Rebusco por entre los libros apiñados y ahí están, detenidos en el tiempo, Tus zonas erróneas, de Wayne Dyer, y Usted puede sanar su vida, de Louis L. Hay.

Detrás de un quiosco que permanece en la penumbra, tasajeado por las sombras, un tipo de bigote entrecano me grita: “Te lo tengo”. Revisa entre un rosario de lomos envejecidos y extrae El violador de La Lagunita, de otro Rebolledo.

“¿Cuántos libros habrá vendido ese Rebolledo?”, me pregunto. El otro, según una tesis de la Escuela de Comunicación Social de la UCAB de 2014, ha sido leído por “millones de jóvenes caraqueños” por ser un objeto de culto. No sé cuáles estadísticas usaron los tesistas de la Católica, pero el hábito de lectura de la muchachada caraqueña parece ser descomunal: leen todos, según sus cuentas.

En realidad, en Venezuela no se lee tanto. Aquí la prioridad es vivir viviendo, jodiendo, tirando. La población es joven, y ¿qué desean todos los jóvenes de todas las encrucijadas del mundo?: ¡Gozááááááá!

Me sitúo hace 20 años, cuando apareció el libro editado por Urbe. Trato de repasar alguna línea, algún personaje. Nada. Pero los epígrafes de algunas recomendaciones literarias insisten en que es un clásico de la narrativa punk latinoamericana.

A Rebolledo lo recuerdo dos semestres mayor que yo en la Escuela de Comunicación Social de la UCV y su estilo singular de andar, como flotando entre grandes zancadas, pantalones brincapozos y el corte de pelo a lo skinhead. Hijo de un cineasta venezolano —como muchos de sus condiscípulos de entonces—, retoños de exguerrilleros, intelectuales, artistas plásticos, todos gregarios, seducidos por las mieles mediáticas y con un denominador común adicional: se aburrían demasiado, si nos atenemos a lo que dicen que describe el libro.

Una generación agotada por la corrupción, el provincianismo, la burocracia y por ese no sé qué que ladilla a todos los hijos del profundo este caraqueño, que siempre se quieren ir, y que encontró, gracias al libro, una cresta literaria para su pose nihilista donde pretendió meternos a todos, tirios y troyanos, idos y quedados, en un mismo saco. Me esfuerzo por citar de memoria alguna frase, para recordar, finalmente, que nunca lo leí.

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