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El único mesonero atento

POR RODOLFO CASTILLO/@MAGODEMONTREUIL/FOTOGRAFÍAS ENRIQUE HERNÁNDEZ

Cuando nos dirigíamos a nuestro destino para realizar el trabajo de campo de la presente pauta (“trabajo de campo” en absoluto desdeñable: se trata de comer. El término trueca en agradable eufemismo), el fotógrafo Enrique Hernández y mi persona, mientras bajábamos por la avenida Urdaneta desde la esquina de Las Ibarras, conversábamos sobre el costo de todo y la necesidad de ubicar cualquier local que pueda proveernos de un almuerzo decente a un precio razonable, amén de los trucos para sostener la economía doméstica. Y así, sin darnos cuenta, arribamos a la esquina de Candilito (extremo noroeste de la plaza Candelaria). De allí nos dirigimos, en dirección norte, hacia la cuadra comprendida entre las esquinas de Avilanes y Mirador, para finalmente arribar al objeto de nuestro deseo: PizzÁvila.

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Buena sopa, carne dura

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Sala de comensales austera

En principio, su oferta culinaria se limitaba a la pizza para, luego, adicionar el tan anhelado “menú ejecutivo” (sopa, seco y jugo) a su carta. Considerando la dinámica de la zona (ingente actividad durante el día y apenas cae el sol se transforma en un pueblo fantasma: efecto vampiro invertido), es fácil suponer que la adición de la alternativa menú obedece a propósitos estrictamente comerciales. Antes de que me tomen la orden, le hago referencia al que me la pide del objeto de nuestra visita: tomar las impresiones del sitio para reseñarlo en una revista. Debo mencionar que la actitud de quien toma el pedido —y, al parecer, encargado de lugar— fue bastante hostil y, como jefe siempre consigue quien le haga la comparsa, mientras Enrique tomaba fotos de la carta y del local, otro empleado preguntó si pagábamos por retratar el restaurante. El fotógrafo explicó que más bien se trataba de una publicidad para la pizzería, a lo que agregué que se hacía sin costo alguno. Típico en estos casos, el adulador se desvaneció. Pese a la hostilidad, le pedí el favor que, para efectos de fotografía, sirviera el menú en su totalidad y no por entregas, como usualmente se hace. Con la guardia un poco más baja, accedió. Al tiempo que aguardábamos, Enrique aprovechó para retratar la fachada. Al regresar, otro mesonero, sin duda más amable, le permitió ser fotografiado con los platos que llevaba a otras mesas. Lo propio hizo el pizzero, cuyo centro de operaciones estaba adyacente a nuestra mesa.

173 PICHONLa oferta proteica de la carta de ese día —y supongo que siempre es así— era de una moderada variedad: bistec a la plancha, bistec encebollado, pollo en salsa champiñón, costillas de cochino fritas, chuleta de cochino al champiñón y chuleta ahumada con queso guayanés.

Los contornos, invariablemente, eran los mismos cualquiera fuese la escogencia: arroz, tajadas y ensalada. Completaban el menú sopa de res y papelón con limón; todo por 1.000 bolívares. Siempre pensando en la parte visual de la reseña, decidimos pedir diferentes platos para que gráficamente se distinga de un comedor popular.

Enrique se me adelanta y se decanta por el pollo en salsa de champiñón. No me quedó más remedio que pedir bistec encebollado (la única otra opción que en ese momento me atraía).

Una vez servida la comida, el sabor de la sopa me hizo pensar que valió la pena la espera. De una proporción algo elevada (tratándose de una sopa que va incluida en un menú) y de un exquisito sabor casero. Casi que me hizo olvidar la innecesaria
arrogancia del encargado. Cuando me enfrento al segundo plato (el seco), en lugar de cuchillo debieron proveerme de un bisturí de diamante: el bistec resultó tener la textura de una chancleta.

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Se ubica de Avilanes a Mirador

Por fortuna, siempre he sido “buen diente”. El trato hostil que suponía olvidado regresó a mi memoria. Mi pana Enrique corrió con mejor suerte: su pollo en salsa de champiñón estaba sencillamente espectacular.

Como triste epílogo de una nefasta atención, al momento de cancelar la cuenta el cajero me increpa: “Se le olvida algo”. Ante mi cara de asombro, dice: “La propina”. Sin duda, cualquier pago adicional era inmerecido; sin embargo, recordé al mesonero amable y se la di directamente a él. De regreso a la redacción, justo en la esquina de Candilto, Enrique me brinda un helado de coco como inesperado postre. Una delicia. La jornada no terminó mal del todo.

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