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ABANICO

En el plano urbanístico trazado por los colonizadores sobre la topografía caraqueña, el cruce de la quebrada Catuche, en su descenso desde el Ávila, generaba un notable desnivel a la altura de esta manzana, por lo que las fachadas de sus aristas orientales debieron abrirse insinuando la imagen de un abanico. Con el tiempo esa pendiente consintió la creación tanto del callejón San Pedro (antes De los Claveles) como del Pasaje Sevilla (que a su vez dará origen a la esquina de Escalinatas), rompiendo con la cuadrícula aplicada en el resto de la ciudad hasta ese momento. Los nombres de estas veredas, surgidas por entre los recodos de la extensa cuadra, ofrecen una pista acerca de la influyente presencia de los vecinos de origen andaluz que bullían en un tiempo en torno al ya desaparecido Bar de Tony. El nombre de “Santa Cruz”, el mismo de cierto y pintoresco barrio sevillano, para nombrar al edificio que hoy se planta en la arista noroeste de la esquina, corrobora la especie. Carlos Cova

 

 

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MADRICES

La esquina de Madrices se llama así por el apellido de un millonario del siglo XVII, don Domingo de la Madriz, quien levantó una hermosísima e imponente casa que fue utilizada como residencia de los gobernadores de la ciudad debido a los lujos con que se había edificado, pero todavía para esta época no había cobrado fama la esquina de Madrices. La fama la cobraría después de la muerde de don Domingo, cuando su hijo, el capitán Felipe de la Madriz, heredara la casa y llevara a vivir a ella a sus hijas, muchachas alegres que se hicieron conocidas entre las familias de la época por ser quienes se encargaban de organizar los festejos de bienvenida para los enviados de la corona española. En la casa de las madrices se firmó el decreto que nombró a Caracas como ciudad capital de Venezuela en 1856. Actualmente, de la casa ya no queda sino el recuerdo. Quizá si nos paramos afuera de la zapatería Madrices y miramos hacia los balcones arriba de la cafetería Arte París podríamos atisbar el lujo de aquella casa, pero… no, no se atisba. Malú Rengifo

 

 

 

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PELOTA

La historia de la ciudad da tantos rebotes como las pelotas que lanzaban los vascos contra el frontón construido en 1680 para defender la ciudad. Aunque la pared amurallada se hizo pedazos para edificar parte de la Plaza Mayor, en el siglo XVIII, los saltos no pararon, 200 años después. En 1955, en la congestionada y céntrica avenida Urdaneta, en el cabaré Pasapoga, entre las esquinas de Pelota e Ibarras, las piernas de una argentina, que después sería presidenta, tal vez se movían algunas noches al ritmo de “La pelota de Carey”. Esa joven rubia, de 24 años, había llegado de Panamá o de Bogotá, nadie lo sabe, escapando al lado de un hombre. En el local, que queda en el edificio Karam, que aún sigue en pie, la chica bailaba cada noche. Allí iba a verla brillar en el escenario su pareja. Ninguno de los dos sabría en ese momento que “Isabelita”, la tercera esposa de Juan Domingo Perón, sería primera dama, vicepresidenta y presidenta. Ni José López Rega lo hubiera adivinado. Nathali Gómez

 

 

 

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LA MARRÓN

Para quienes éramos campesinos recién llegados a la Caracas de cuatro siglos y medio La Marrón es sinónimo de diciembre. Para nosotros, los recién llegados de finales del siglo XX, La Marrón es un hito del centro de Caracas donde se consiguen muchas cosas en que gastar los reales. Queda cerca de dos plazas, la San Jacinto y la Bolívar, y es final de un arbolado paseo que conecta con la esquina de Madrices. Su origen viene del apellido de un don llamado Lorenzo Marrón, distinguido caballero que gustaba relacionarse con el entorno, así que pronto su casa fue referencia para ubicarse. Más tarde le dirían “las marrones”, por dos bellas hijas de don Lorenzo. En esa esquina hoy se reúnen varios vendedores ambulantes y si usted se acerca a La Marrón puede escoger entre dulces criollos, cachapas, chicha, cotufas, tostones, hallacas, hamburguesas y perros calientes. Una famosa cadena de venta de medicinas y dos establecimientos de venta de ropa íntima femenina forman el cuadrilátero de una esquina con sabor a diciembre. Mercedes Chacín

 

 

 

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