POR MALÚ RENGIFO @MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN MALÚ RENGIFO

ÉPALE272-RECETARIO DE MALÚEs un fenómeno inexplicable, pero pasa con mucha frecuencia y nos pasa a todos: donde comen tres comen cuatro. Y cinco. Y hasta seis. Contándote a ti, siete. La multiplicación de los panes se queda pendeja cada vez que una cocina se convierte en la pista de aterrizaje de gente querida que llega saludando, besando y abrazando con descarada alegría, aunque su presencia no estaba contemplada en el programa.

Es la descarada alegría de los recién llegados lo que pone coto a los propios demonios internos que murmuran “yo mejor sirvo más tarde”, “¿esta no se piensa ir?”, “¿ustedes ya comieron, verdad?”. Pero el tiempo pasa y los visitantes siguen ahí, conversan entusiasmados y cómodos, con tal grado de confianza que llegan a comentar: “¡Uff, eso sí huele bueno!, ¿qué le echaste?”. La persona encargada de cocinar y repartir las porciones se ríe nerviosamente mientras saca su Álgebra de Baldor y repasa rapidito el capítulo “Fracciones”: antes muerta que pichirre. Llega la etapa de aceptación, de rendición al destino y de rendir los potajes: “Le voy a echar mucha más chayota al guiso”, “esta sopa aguanta más agua y más sal”, “esconde la torta que queda poquita”, y así.

MEDIO PLÁTANO PA TO’ER MUNDO

Eran tres los comensales, y como había cinco plátanos quedaron en repartirlos a razón de uno coma seis seis seis seis seis seis seis (al infinito) plátanos cada uno. Roncaba el hambre, no era descabellada aquella porción. Los pusieron a asar en un sartén grandotote, bañados en papelón y cubiertos por una llovizna de 150 gramos de queso palmito rallado. Agregaron, porque había, ocho clavitos de olor y unos pedacitos de anís estrellado que le dieron un olor maravilloso a la receta; los demonios internos le contaron más tarde a la cocinera que rastreando aquel olor fue que se llegó el gentío.

La casa donde se desarrolló esta historia tiene una cocina hermosa, inmensa, que permite cocinar mientras muchos zagaletones le meten mano a la comida, chupan la paleta de revolver, destapan la olla y todas esas cosas que alimentan las neurosis de la gente que cocina. Así transcurría el día, en plena normalidad, cuando las maleducadas voces de los demonios internos empezaron a responder imaginariamente a la gente que llegaba. A cada “qué rico hueeeleee” le seguía un “¿por qué no te hueles la pecueeeeca?”; por cada “¡Uff! ¡Como que llegué a buena hora!” los demonios respondían “pues sí, fíjate que hay un montón de platos por fregar”; y tras cada “¿estás cocinaando?” continuaba un “no, me estoy sacando los pelos de los sobacos con pinza”. A veces cocinar para mucha gente amerita reprimir algunas respuestas pasivo-agresivas.

Para cuando los plátanos estuvieron listos ya eran siete comensales, la porción se redujo a cinco séptimos de plátano por cabeza, 20 gramos de queso y un champurreadito del melao que quedaba en el sartén. Los demonios internos se apaciguaron, como todo ruido adicional. En silencio y con placer, los siete comensales comieron, se relamieron y fueron felices al menos hasta la cena, aunque quedaron con hambre todos.

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