Poesía o Nada

Nació en Caracas en 1951. Escritora de ciencia ficción, diseñadora de modas, libretista de novelas, publicista y profesora de Idiomas. De Iliana Gómez Berbesí —Extraños viandantes, publicado en Caracas en 1990 por la Editorial Fundarte— es lo que sigue en “Poesía o nada”:
Si hubiera tenido un Moulinex, Madame Bovary se habría salvado (frag.)
Cada siete años para rejuvenecer un poco, se olvidaba del Segundo Debut, buscaba otro apartamento, se teñía el pelo, se metía en un gimnasio, adquiría un perro, tapizaba los muebles y cambiaba sus lentes de contacto.
Siempre inventaba la manera de dejar a sus amigos atónitos, cariacontecidos:
¿Por qué pintaste el comedor de amarillo? No sabía que te gustaba la repostería. Sin duda te estás haciendo vieja. Antes no pedías permiso para nada. Ese pelo no te queda. Estás chiflada.
Al principio, disfrutaba de los resultados. Conocía caras nuevas, las viejas le hablaban distinto… Como un juego.
Hasta cierto límite. Ahora, la repostería o el bonsái le tenían sin cuidado. No le hallaba la gracia a tener la casa empapelada con Bazar Bolívar. Se sabía de memoria cada uno de los artefactos Moulinex que un día de lluvia había decidido comprar para librarse del fastidio de rallar, moler, picar y desmenuzar los alimentos. La fatal costumbre la obstinó y un buen día guardó todos los implementos un-dos-tres y volvió a emplear los cuchillos.
[…]
De no estar en la calle húmeda, ella hubiera preferido caminar; rechazar los pensamientos horrendos en torno a su cuerpo, la necesidad de encontrar una salida, ácido muriático, un insecticida o la escena típica de la dama en el balcón, aferrada a los barrotes oxidados, contemplando fascinada las hileras de autos y peatones pululando en el pavimento. Como era de prever, la dama en el balcón hacía un último acto de magia: se inclinaba y se impulsaba para luego dejar caer su masa rumbo al implacable vacío.
Pero le faltaba coraje. Le tenía miedo a todos los impactos, por leves que fueran. El dolor, la sangre, el golpe… Únicamente si enloqueciera podría obviar esos detalles.
[…]
Un acceso de tos la invadió, junto a esa ridícula impresión de ser alérgica al polen, lo que la hizo detenerse un poco en sus despistadas macetas de matrimonio y recordar que ya era tiempo de regalárselas a la galleguita de enfrente, la recién casada. Trató sigilosamente de escudriñarla detrás de la cortina, adivinar su incipiente embarazo.
Son los nuevos frutos del siglo veintiuno. Seres desechables, recubiertos de concreto y pasta de flúor. Sobreprotegidos y envasados al vacío, bajo las normas de la calidad Norvén. Rodeados de amorosos Snoopies y gatas “Kitty”. De pronto, para que no sufran cuando pregunten:
“—¿Y mamá?
—En la peluquería.
—¿Y papá?
—Jugando a los caballos.”
Sus sueños serán diferentes. Sin árboles ni selvas. Sin saltos de agua ni leñadores viejos. Sin piedras blancas ni helechos. Sin reyes de agua ni reinas de fuego. Sin trompos ni bicicletas. Ni veredas brumosas ni colinas ni cristofués.