Poesía o Nada

Laura Antillano nació en Caracas en 1950, pero le gusta sentirse zuliana, pues en Maracaibo se crió y estudió. Es escritora de los géneros ensayo, poesía, cuento, novela y crítica literaria. Ha sido titiritera, guionista de radio y televisión y promotora cultural. Es licenciada en Letras de la Universidad del Zulia (LUZ), en 1972, y magíster en Literatura Venezolana por la misma universidad. Realizó estudios de especialización en Chile y Estados Unidos. Es profesora jubilada de la Universidad de Carabobo (UC), donde también se desempeñó como Directora de Cultura entre 1998 y 2000. Integrante del grupo literario La Mandrágora. Su currículo abarcaría toda la página. Dejamos la mitad a un fragmento de uno de sus cuentos:

“La luna no es pan de horno” (frag.)

Ya la veo a usted, Señora, al abrir la puerta de la que fue mi casa nueva, en lo más alto de un viejísimo edificio en las márgenes de la ciudad: la veo a usted, con el rostro contraído, con su seriedad que crea rictus, y mi sorpresa toma el carácter del asombro profundo frente a su persona, y dos preguntas se me clavan “entre pecho y espalda”, como quien vive una duda sin ninguna posibilidad de certeza. ¿Qué hace mi madre aquí?, ¿cómo pudo subir cinco pisos de escalera? Trataba de oír una respiración acelerada, pero usted estaba serena; eso me hizo pensar en cuánto tendría allí, detenida frente a mi puerta, recuperando su ritmo respiratorio y cavilando para seleccionar las palabras precisas con las cuales decirme: “Vuelve a casa, vuelve con nosotros”, sin que yo fuera a descubrir ni su dolor ni su angustia, que eran dos cosas que necesitaba ocultarme, por orgullo, por carácter, o quién sabe por qué. Usted pasó adentro, mamá, con paso lento, y se sentó en la mecedora, una mecedora de fibra de cardón, con asiento de cocuiza. Fueron muy largos esos minutos en que la vi observar minuciosamente esa que era mi casa. Yo esperaba con ansiedad sus palabras y no sabía mirarla ni qué decirle, y… le ofrecí café, y fui desdeñada.
Cuando ya una calma sin palabras ocupaba todo aquel espacio, con la luz blanca y grande de la ventana al fondo… usted me miró. Su rostro tenía una expresión indefinible; no había dolor ni tristeza, había algo como decisión, pero no era exactamente eso tampoco; yo pude ver sus ojos, eran los mismos de la fotografía, esa grande, que está en mi habitación. Entonces oí su voz, creo que fue la primera vez que habló, me dijo: “Recoge tus cosas porque vine a buscarte”. Ah, Señora mía, qué difícil era decirnos simplemente que nos queríamos, qué difícil. Usted nunca pudo, en ese entonces, hablarme como lo que yo era, una muchacha de veinte años, que descubría al mundo como un gran circo, con equilibristas, payasos y también empresarios. Pero yo tampoco era capaz de dilucidar todo el amor que podía haberla llevado a usted a subir los cinco pisos de aquella escalera, húmeda y oscura.
En estos días, limpiando la habitación, encontré por casualidad la tarjeta que usted me envió de Houston… La habían ocultado para que yo no la viese, llegó después de su muerte, como todas las que envió a cada uno de sus hijos. Querida madre, me hablaba usted de los niños, los parques y los pájaros, estaba feliz y quería verme… ¿Qué imagina que puede sentir al leerla? En cosa de horas, usted se traslada a la sala de cirugía, vestida con la ilusión de un próximo retorno. En unas horas se nos notifica que ha muerto. En unas horas se nos participa que seremos seres inconclusos per saecula saeculorum. En unas horas nos desgarran el sueño. En unas horas nos la entregan a usted, metida en una caja gris. En unas horas nos hacen reconocer que ya no hablará más del aljibe de la casa de Clarines, ni de los caballitos sanjuaneros, ni de las muñecas de trapo, ni de la nomeolvides, ni cantará “Perfume de gardenias”, ni servirá la cena de Año Nuevo, ni cuidará los gatos, ni se reirá, ni construirá esos encajes dibujados de muñequitos, oficio de alquimista, de artesano chino. En unas horas, en un puñadito chiquito de horas, quieren enseñarnos, de una vez por todas, que “La luna no es pan-de-horno” ¿Se imagina, Señora mía? Es el desgarre total, es que lo agarren a uno y le den palo y palo, es como si lo rasgaran con una hojilla desde el centro mismo de la cabeza, es como si de pronto la ciudad se vaciara y no te quedara ni un alma conocida. Es el vacío. El silencio infinito y blanco. Es como quedarse mudo y tragarse el grito.

Épale CCS / Por Indira Carpio / @_indiracarpio

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