POR FREDDY FERNÁNDEZ • @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE278-FILO Y BORDEJulio Cortázar dijo de Nicaragua que era “tan violentamente dulce”; y el escritor alemán Hermann Shulz, en una crónica de viaje escrita antes de la Revolución Sandinista, la definió como “una tierra de pólvora y miel”. Esa tierra, a pesar de sufrir al filibustero William Walker, nos regaló a Ruben Darío, esa voz capaz de hacer que el verso hispano se despertara para vivir más siglos. Allí los poetas tuvieron que ser combatientes y hacer que sus versos enfrentaran tanques de guerra. Es un pueblo de mucha dignidad, apellidado Sandino.

En su ciudades todos saben la historia de muchachos de secundaria, lanzados por la dictadura desde helicópteros a ardientes cráteres de volcanes. En sus diarios salían en primera página los rostros de los sandinistas, destrozados a culatazos por los guardias nacionales que organizó y entrenó Estados Unidos. Allí se sabe que fue un poeta, Rigoberto López Pérez, quien en una acción suicida e inútil mató al fundador de la dinastía de los Somoza. Para hacer daño a esa Nicaragua digna, Estados Unidos no ha respetado nada. Ese país, que dice luchar contra el terrorismo y el narcotráfico, traficó con drogas y con armas, como lo probaron sus propios tribunales, para financiar el Ejército irregular que entrenó en Honduras.

La lucha del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN ) ha tenido que ser, siempre, una lucha para impedir que Estados Unidos mantenga su poder sobre Nicaragua. Ya lo había puesto claro Franklin Delano
Roosevelt al hablar de Anastasio Somoza: “Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Lo había advertido Rubén Darío: “Eres los Estados Unidos, / eres el futuro invasor / de la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”.

En 1979 el FSLN nos regaló una hermosa victoria a todo el continente. De ese triunfo diría Gioconda Belli, la que aprendimos a leer y querer cuando todavía sentía como pueblo: “Ya no hay oscuridad, ni barricadas, / ni abuso del espejo retrovisor / para ver si me siguen”.

Ahora, cuando veo que otra vez Estados Unidos quiere torcer el destino de Nicaragua, mientras también agrede a Venezuela, recuerdo el horror del mundo ante el asesinato del periodista Bill Stewart en las calles de Managua y la tierna rebeldía de Leonel Rugama, ese poeta casi niño que prometió la Luna a los pobres de la Tierra, quien, atrincherado en una casa con dos muchachos más, gritó “que se rinda tu madre” al batallón de guardias nacionales, apoyado por aviones, tanques y artillería y que unos minutos después los acribillaría.

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