Póker de reyes

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

Macbeth y Ricardo III son personajes creados por Shakespeare que, impulsados por la ambición, cometieron actos terribles. No son los únicos personajes creados por este autor que tejieron un camino de asesinatos, traición y alevosía por la misma razón, pero a ellos dos los hermana una particularidad: que sienten remordimiento. Cosa que se expresa en una especie de alucinación que ambos sufren en su momento y que anuncia el inicio de su derrumbamiento.

La caída le da sentido a las piezas que protagonizan. Ambos han ido construyendo una torre cuyo camino es tan entreverado que los obliga a refugiarse en la parte más alta, y de allí se precipitan hacia un enorme vacío.

El personaje real que inspira a Macbeth es de las primeras décadas del año 1000 y el verdadero Ricardo III nació 450 años después. Sin embargo, también ellos hicieron teñir de rojo su tránsito hacia el reinado. En nuestros días hay muchos personajes que han seguido el camino de ladrillos ensangrentados hacia el poder.

Las noticias andan alborotadas con dos de estos personajes, porque su descenso podría ser estrepitoso dada la importante altura de la que pueden caer. Debería ser incomprensible que cada uno tenga quienes lamentan su posible derrumbamiento, pero los tienen y son bastantes, a pesar de que su declive abre unas grietas del tamaño del Gran Cañón de Cotahuasi, que deja al descubierto su calaña ética o, para ser más exactos, su prontuario delictivo.

Uno es Juan Carlos, conocido por algunos como el rey fraticida, el rey borracho o el rey mata elefantes y, seguramente, se le terminará llamando el rey impune. El asunto es que, por lo que puede verse, a diferencia de Ricardo o Macbeth, éste no tiene ningún tipo de remordimientos y asumió todo el vergonzoso escándalo que ha generado su conducta en las últimas cinco décadas con una especie de  “adiós que me voy de juerga”.

El otro personaje, Álvaro, también en franca decadencia, conocido como el rey de los paracos, el rey de los narcos, rey de la interminable guerra interna, tampoco ha mostrado arrepentimiento ni nada que lo haga alucinar la presencia de los centenares de muertos que penden sobre su haber, mas no sobre su conciencia, la cual parece inmune ante tanto estropicio. Uno los ve denunciados y tan campantes que comienza a dudar sobre si su despedida sobre el planeta será acorde con el recorrido que labraron. Es decir, con ellos nada de “el que a hierro mata…”.

De ser así, un Shakespeare del mañana tendría que inventarse una historia, porque la de ellos sólo sirve para el desprecio y la tristeza.

ÉPALE 385