Pon la cabeza

Por Pedro Delgado / Fotografías Archivo

Una expresión popular al momento de advertir no querer entrar en furia, esa que dice “ruega que no se me salga el indio”, ha ido rodando en el tiempo por distintos sitios o lugares. “No hagas que me arreche”, sería lo mismo decir a la hora del té.

Nos lo trae a cuento el haber leído sobre la gran arrechera personificada en un auténtico indígena nacido en Río Viejo, un pueblito cerca de Guanare, estado Portuguesa, lugar de latifundio y mandamases oligarcas. Se llamó Martín Espinoza, conductor de un bongo, hombre honrado y muy laborioso (según quienes llegaron a conocerlo), hasta el día cuando se enteró de que su esposa, una joven india, había sido robada y ultrajada por las tropas del Gobierno oligarca, como era su costumbre, quedándole el trágico recurso del suicidio. Así, Espinoza juró venganza eterna y, de una, se alistó (1858) en el Ejercito del General Ezequiel Zamora y su grito llanero de guerra: ¡oligarcas temblad!

Fue Espinoza uno de los más cojonudos combatientes revolucionarios quien, por su coraje, al poco tiempo alcanzaría el grado de coronel, y con el indio todo el tiempo salido no podía agarrar un colorado, como le decían a los soldados del Gobierno, porque simple y llanamente levantaba el machete y le decía: “Engrille”, que era como decirle: “Pon la cabeza”, y ¡zuas!, allá rodó.

Lógico que el Gobierno central dijera pestes de él, sobre todo periódicos como El Heraldo donde, a su vez, descargaba su arrechera Juan Vicente González, tildando a este hombre de bárbaro, sádico, ladrón y otros epítetos dichos, de paso, por un periodista de los más culillúos de aquellos tiempos. Pero era que el bravo peleador no le paraba bolas, y cada día su agenda se llenaba de más cabezas, lenguas y hasta testículos, como si fuera un torero después de culminada la faena. Zamora, a sabiendas que la mayor culpa lo involucraba a él y su movimiento revolucionario, se cansó de reprender a Espinoza.Pero qué va, cuando el hombre se echaba cuatro palos más se engorilaba y la degollina no paraba.

Infeliz final tuvo el indio Martín Espinoza en Barinas, en agosto de 1859, el día cuando no le quedó más remedio a Zamora que ponerlo en el paredón de fusilamiento. Mucha pena fue para el General perder a un hombre que, comandando un batallón de indios, tenía el enemigo que ponerle un mundo, a menos que quisieran caer como moscas a punta de flechazos.

¿La historia lo absolvería?

ÉPALE 379