ÉPALE281-RECETARIO

POR MALÚ RENGIFO @MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN MALÚ RENGIFO

Les voy a echar un cuento que no me van a creer: un día comí en la calle y a los cuatro días de agonía casi-casi me morí. Eso fue en mayo. La comida estaba mala o uno de esos “algo así” que es mejor ni imaginar.

Semanas después, ahoritita en junio, quise comer en la calle y me dio un micropatatús, pero del susto: una piazo’e sopa aguá alcanzaba la nada módica suma de un millón de bolívares fuertes, ¡qué fuerte!

¿Desde cuándo se hizo normal que la comida, en lugar de sostener a un organismo vivo y coleante vivo y coleando, atentara contra su integridad física, psíquica, moral y cuanto tipo diferente de integridad configure la vida humana?

Aquella tarde, caminando de regreso hacia mi casa, sin haber comido, pensando que ya nada podría estar peor entré de repente a un automercado de esos que nos causan depresión y, mire usted, que en el lugar menos pensado conseguí la solución para todos mis problemas de ese entonces, o al menos para el hambre, que no es lo mismo, pero que cuando se alivia permite que todos los demás problemas parezcan insignificantes: había espinaca y costaba 160 bolívares el kilo (precio al 09-06-2018. No quiero jugar con las expectativas de nadie ni ser responsable de ningún shock postraumático).

LA SOPA FAVORITA DE POPEYE

Como no estaban dando bolsa en el establecimiento me fui para mi casa cual Miss La Concordia: con mi ramo de espinacas abrazado, sonriente, con la certeza de tener un mundo de posibilidades a mis pies: arepitas de espinaca, crema de espinaca, torticas de arroz con espinaca, croquetas de espinaca, ensalada de espinaca con espinaca, canelones con espinaca y pare usted de contar.

Cualquiera que fuera el rumbo que tomara mi vida en aquel momento, una cosa era cierta: tendría suficiente vitamina K en mi cuerpo como para fijar el calcio y los minerales que mis huesos necesitaban por un par de días, que no es poco.

Finalmente me decanté por la crema de espinaca: deshojé todo el racimo y lavé bien las hojas porque tenían tierrita. Los tallos nunca los uso porque prefiero evitar la textura áspera que le dan a la sopita, pero he sabido de gente que los usa sin problema; el caso es que toda la espinaca ha de echarse en una olla, cubrirse con agua y hervir hasta que esté cocida, cosa que no tarda mucho.

Apague su sopa y deje enfriar un poquito para que no corra el riesgo de quemarse. El agua y la espinaca irán a la licuadora y en este momento comenzará la alquimia: una o más cucharadas de leche en polvo le aportarán ricura a su sopita, una o dos cucharadas de harina de trigo le aportarán espesor. Sal al gusto y las especias o aliños de su agrado, a mí todo me gusta con un toque de pimienta, por ejemplo. Alguna vez preparé un sofrito de cebollita picada que luego lancé en esa licuadora y fuaaaaaaaaaaa, un minuto después le había aportado a mi crema un sabor muy especial.

Cuando todo esté licuado se enciende la hornilla de nuevo y se pone la crema a cocinar, una vez más, a fuego medio y revolviendo hasta que hierva y espese un poco. Más na.

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