ÉPALE271-MITOS

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Hay muchas culpas de la Iglesia para arrepentirse en sus 20 siglos de despropósitos: el lío con Galileo sobre el centro del universo; las Cruzadas contra judíos, ortodoxos, protestantes y musulmanes; la Inquisición, la esclavitud y, últimamente, la pederastia.

Algunos papas, por ejemplo Juan Pablo II y el vigente Francisco I, han intentado visualizar una vanguardia de contrición que no es compartida por la mayoría de los jerarcas (cardenales, obispos, etc.), en su mayoría militantes del silencio cómplice, que muchas veces fue directamente mutismo criminal.

Hay una sordina absoluta frente a temas puntuales y que parecen sombríos según los tiempos que corren, como el celibato, que para muchos es la causa —entre otras más profundas— de las perversiones sexuales que son el pan nuestro de cada día en la estructura eclesiástica. El otro es motivo de encono: el rol de la mujer en la Iglesia.

Con la excusa de que es responsable del pecado original, impenitente por naturaleza, a la mujer se le ha relegado al costillar de la Historia y ha sido tan segregada en la organización eclesiástica que tiene resquicios absolutamente vedados, como el ser cura, y mucho menos, ser papa. Se lee en 1 Corintios 11.3: “Pero quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo, y la cabeza de la mujer es el hombre, y la cabeza de Cristo es Dios”.

El papa argentino recordó en estos días las razones de peso para semejante norma, que explicadas mil veces aún suenan rancias y fachosas: “Mujeres sacerdotes… eso no se puede hacer. El papa San Juan Pablo II, luego de largas e intensas discusiones y largas reflexiones, lo ha dicho claramente. Y no porque las mujeres no tengan la capacidad”.

Pero llegó Johannes y se los vaciló.

Se trata de Johannes Anglicus, nacida en un pueblo alemán en 822 y quien se situó con destreza de cuaima al lado de los
lobbies papales, luego de transitar el purgatorio de ser mujer e intentar estar en la primera fila de las huestes de Dios, adonde no se llega con totona. Criada en un ambiente de erudición y religiosidad por venir de una familia devota, Johannes fue escalando posiciones desde su germania natal hasta llegar a la Roma del papa León IV, de quien fue secretaria para los asuntos internacionales, no sin antes ocultar la protuberancia de sus pechos, rebajarse el pelo como un franciscano y engolar la voz, es decir, pasando por macho. En julio de 855, tras la muerte del papa, Johannes se hizo elegir su sucesora con el nombre de Benedicto III o Juan VIII, porque aquí es donde trastabilla la Historia, se ocultan los datos y el Vaticano pasa agachado nombrado el episodio, si es que lo nombra, como una leyenda.

Lo peor es que, y ahora es cuando entra Delia Fiallo con fondo de violines, dos años después la papisa, que disimulaba un embarazo fruto de su unión carnal con el embajador Lamberto de Sajonia, comenzó a sufrir las contracciones del parto en medio de una procesión y dio a luz en público. Según algunos historiadores, Johannes fue lapidada por la multitud, otros afirman que murió a consecuencia del parto.

Según la película La pontífice de Sönke Wortmann (2009), la papisa vivió una epifanía en el final de su existencia mientras le daban muerte a su bienamado durante una emboscada, tipo telenovela mexicana, y ascendió al cielo de mascotas, pues al cielo de Dios es difícil que la hayan dejado entrar.

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