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LA TRAMA COTIDIANA POR RODOLFO PORRAS

Rip van Winkle se recostó de un apamate, entrecerró los ojos con la finalidad de descansar la vista, a consecuencia del ardiente sol. Sin embargo, el peso de los párpados fue demasiado y durmió una larga y profunda siesta.

De pronto sacudió la cabeza, despertó sobresaltado. Tenía que reconocer que el sueñito había sido reparador. Con cierta turbación se preguntó lo que había pasado con la esplendorosa floración del árbol que le había dado cobijo. ¿En tan poco tiempo había desaparecido? Se estiró sin ningún pudor. Ya había apartado de sí toda la pereza cuando recordó que quería ver una pieza de teatro que le habían recomendado. Calculó que habría dormido unos 15 minutos y, según su cuenta, si se daba prisa llegaría a la función.

Al llegar al teatro se sobresaltó… en vez del nombre conocido de la sala aparecía el nombre de una iglesia y estaba dibujada un ave, una imagen mitad logotipo mitad alegoría al Espíritu Santo. Llegó a la conclusión de que ese día habían alquilado el espacio a una congregación evangélica. Suspiró. Recordó que en otra sala, no lejos de allí, estaba cerrando temporada Lo que dejó la tempestad. Según sus cálculos, si se apresuraba podría llegar antes de que comenzara. Bajó con diligencia por la calle inclinada. Por el camino notó que todo estaba como muy cambiado, pero la premura no le permitió hacer conciencia de esas transformaciones. Ya frente al teatro al que acostumbraba a asistir, miró con estupor que también estaba señalado como un templo religioso. Todas las alarmas se encendieron. Algo estaba pasando.

Caminó a un lugar de hamburguesas al que iba habitualmente. Para su sorpresa lo habían transformado en una peluquería. Entró por pura curiosidad y se asomó a uno de los tantos espejos. Detrás del vidrio se encontró con un hombre muy flaco, con una larguísima barba y con el cabello que caía libremente por debajo de sus hombros. Tardó en reconocer que ese extraño personaje era él.

Aturdido deambuló por las calles, fue de una sala de teatro a otra. Todas había sido tomadas por grupos religiosos, talleres mecánicos o la nada. En sus pesquisas escuchó de unas salas recuperadas… ¡en mero centro de la ciudad! Esperanzado aceleró su paso.

Después de acudir al lugar indicado, se sintió vencido. Se derrumbó en un banco de la Plaza Bolívar. Comprendía que había dormido demasiado y que, en ese tiempo, muchos teatros fueron confiscados. Los que no eran tomados por los evangélicos eran, igualmente, arrebatados al teatro. Solo sintió tristeza.

ÉPALE 251

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