Porfi Baloa: el genio apasionado de la esencia salsera venezolana

Swing Latino

Con una energía creadora en constante ebullición, este músico caraqueño ha marcado la pauta  de un sonido que busca resaltar los detalles sonoros que hacen la diferencia en la salsa

Por Natchaieving Méndez  ⁄  Fotografías Archivo

Esa tarde del 26 de diciembre la misión estaba clara: entrevistar a uno de los directores, compositores, arreglistas y músicos que ha marcado un punto importante en la historia de la salsa venezolana. Víctor Porfirio Baloa Díaz tiene el ímpetu apasionado de los adolescentes, aunque ya casi llega al medio cupón. “No parece”, “Pues vaca pequeña siempre es novillo, comemos años”, contesta con una carcajada.

Al llegar, el creador de orquestas emblemáticas (como Salserín, Los Adolescentes y El Klan de Pofi) y compositor y arreglista de grandes éxitos (como “Anhelo”, “Me gusta”, “Mentirosa”), desde el centro del salón, tocaba su piano y, a la vez, escuchaba con detalle la ejecución de cada uno de los instrumentos ejecutados por diferentes músicos de gran trayectoria, que se turnaban por géneros.

Sonaba la canción y, aunque para quienes escuchábamos el sonido era impecable, por momentos Baloa volteaba a uno de los músicos, corregía y verificaba que los acordes estuvieran correctos. Por momentos la música parecía andar sola, era el instante en el que cerraba los ojos y parecía levitar con la melodía, donde se inspiraban los músicos. Para quienes solo veíamos aquello agradecíamos disfrutar de la manifestación de la música.

“Dale guaya”, “Pura gozadera”, decía Baloa al terminar cada pieza y rompía la seriedad de su rostro para dar paso a una sonrisa que no se le quitaba hasta que, nuevamente, comenzaba con otra canción. En el ambiente prevalece la camaradería con el amigo y, a la vez, el respeto hacia el maestro sencillo, conversador y que reiteradamente reconoce la trayectoria de cada uno.

En cada pieza que interpretaban se distinguía una marca sonora que lo lleva a uno a esa época de Los Adolescentes, cuando Porfi Baloa cautivó a ese público que había dejado de interesarse por la salsa dura, o aquella muy erótica.

Un, dos, tres… un, dos: el imprescindible ritmo de la clave como guía

—¿Cómo surgió el sonido original de Porfi Baloa?

Yo siempre le doy mi toque personal a las orquestas, acuérdate que yo soy discípulo de los grandes maestros de la salsa. Llego a esto por fiebrúo. Arranqué en esto viendo a César Monje, cuando Sábado Sensacional, Amador Bendayán, en blanco y negro. Entonces, salía la Billos, salía otro y un día veo a ese grupo pequeño y decía: “Oye ¡qué bueno suena!”, y mi papá también me lo decía y me metía ese gusanito. Siempre admiraba a Monje, admiraba a todos: a Oscar (DLeón), a Joseíto (Rodríguez), pero especialmente a los que estaban detrás, sabía que ahí estaba la parte de los arreglos. Siempre estudioso de los arreglos de los grupos como los (Hermanos) Lebrón, La Salsa Mayor, todo eso viendo el concepto de los instrumentistas, los cambios, si le ponían algo o le quitaban. Y así fui agarrando de cada uno de ellos.

Baloa siempre lo tuvo claro: quería ser músico, y uno diferente. Desde niño admiraba por televisión a las grandes orquestas. Aunque lo anterior pueda parecer cotidiano, la diferencia es que su atención iba más allá de los cantantes: se enfocaba en qué se diferenciaba la percusión, los toques de piano; no solo en la salsa, sino también en el merengue, en el que incursionó cuando este ritmo estaba en pleno auge tocando en la orquesta Las Vibraciones, dirigida por Enrico Matamoro, experiencia que le permitió no solo afinar la forma de tocar teclado, sino, además, compartir con músicos que habían estado en grandes agrupaciones salseras.

El compositor relató que en una oportunidad una señora le pidió el favor de que le diera clases a dos niños, petición a la que accedió. Al ver el ímpetu de los dos jovencitos crea una orquesta de salsa diferente, con niños, con el sonido de la salsa venezolana: Salserín. Para ese momento, el músico tocaba en la orquesta de Manuel Guerra, a quien alguien le comenta la idea de Baloa. Comenzaron juntos, pero en el camino Baloa quedó de lado.

Decepcionado de ver cómo los méritos de su creación y su trabajo eran adjudicados a otros, Porfi pensó en retirarse. Juan Alberto y Miguelito Castro, dos de los niños que participaron en la conformación de su proyecto, siguen con él. Decide entonces conformar otra orquesta pequeña que tuviese “una esencia moderna, pero que sonara a Venezuela (…) Por ellos fue que le puse Los Adolescentes, porque yo ya tenía 25 años cuando eso (…) yo me iba a retirar cuando eso porque la decepción con Salserín fue muy grande y empecé de nuevo”, destacó.

Cinco músicos estaban detrás del sonido base de Los Adolescentes, aunque en cámara mostrara algo distinto. “Fueron como 21 cantantes y todos pegaron, el que pegó un éxito no cantó el otro que pegó la orquesta. Yo siempre aposté al sonido del grupo, busque una esencia, un sonido venezolano que tiene influencia de los grandes maestros”, explicó.

Al preguntárle sobre sus composiciones responde: “Yo siempre digo que son de Dios, no se corresponde con mi personalidad. Le meto un poco a la bohemia: me imagino una historia mía, o de otra persona que me cuenta, o solo imaginaciones mías, pongo las manos en el piano y empiezo, como un loco. A veces comienzo con la melodía sin letra y sigo”, explicó Baloa quien, incluso, se ha convertido en un cronista musical de la cotidianidad al crear historias como la trilogía “Persona ideal”, “Clase social y “Huellas”.

Se confiesa un apasionado y estudioso de los pequeños detalles de cada instrumento, y con cada uno trata de repetir su sonido original. “Esos pequeños detalles son la vida para mí”, enfatizó el maestro, pensamiento que le ha ganado la admiración de un público que, por algo más de 20 años, ha seguido su trabajo y siempre espera de él un sonido que forma parte de una identidad salsera venezolana. Porfi sueña con volver a repetir aquel sonido que las grandes orquestas grabaron en discos de vinilo, contribuir a que la salsa siempre se mantenga en el tiempo, algo que no es complicado para alguien que ha alcanzado un sonido que sólo lleva su nombre y apellido. Más na… ¡Saravá!

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