Porno

Es paja eso de que la paja nos ha de condenar al infierno. No ha sido fácil llegar a esta sutil conclusión, pues por miles de años los dogmas religiosos han insistido en la fatalidad del onanismo, ya que con ese acto viril desperdiciamos líquido vital y, por ende, comprometemos la perpetuación de la especie.
Al principio, el sentimiento de culpa me atravesaba el espinazo. Era un preadolescente sobrevenido y ya cargaba con varias condenas. Era torpe, gafo, gordo, vago, cerebrito y pajizo. Así me condenó el vulgo (familiares, amigos y vecinos), quien señaló en mí las penas de su propio martirio. Actitud que, presumo, nos permite sobrellevar nuestras cargas, como ser insolidarios, adecos o chavistas arrepentidos (que es más o menos lo mismo).
“No cometerás actos impuros”, trataron de enseñarnos en el cursillo de la primera comunión, patraña que coincidió con la etapa en que me mataba a pajas en el baño mientras mi abuela me llamaba a gritos para almorzar.
Estaba, definitivamente, incriminado y mi destino era el averno, hasta que descubrí que esa exhortación no existe, sino un paraje de la Biblia que expresa: “No cometerás adulterio”; con el que tampoco estoy muy conforme. Creo que es el sexto mandamiento.
He llegado a la conclusión de que, realmente, la masturbación es un profundo ejercicio de imaginación, además de un acto de liberación íntimo e irreductible. Un prematuro intento por erigir las historias más improbables y creativas; por ejemplo: ubicar a Xuxa (la provocativa presentadora de la televisión brasileña de los años 80) como mi cariñosísima compañera de clases, vecina o prima que me visita desde la lejana San Cristóbal, objeto de mis mayores deseos y devaneos.
El asunto del goce carnal, para mí, corre a la par del goce estético. Si bien formo parte de los ingentes ejércitos asustadizos que se tripean la pornografía en silencio (como expiando una culpa que ha de reprobarnos a 7.000 millones de seres humanos), he aquí que denuncio, con ínfulas de ciudadano de número de la Liga de la Decencia, el devenir decadente y violento de una industria que se ha vuelto gravemente descarnada. Hay crimen en el porno: una vulneración del cuerpo y de la dignidad, fundamentalmente de la mujer, que me apena.
En el fondo, creo que me ha aleccionado La Revolución. Al menos me ha obligado a cuestionarme y problematizar un asunto que, en principio, es primario, carnal.
Ya no hay belleza ni insinuación ni deseo en el porno. Solo una puesta en escena que patrocina la inmediatez y el maltrato. No dejo de verlo, pero me arrecha.
Tampoco llego al sacrificio de Mateo
5:27-28: “… pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. ¡Ni tan calvo ni con dos totonas!

Por Marlon Zambrano / @marlonzambrano / Ilustración: Justo Blanco