POR FREDDY FERNÁNDEZ • @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE261-FILO Y BORDEEl sistema deja de funcionar y de inmediato todos nos volvemos salvajes. Esa visión está contenida en toda propuesta posapocalíptica. Un virus (biológico o informático), un apagón, una guerra o una catástrofe natural destrozan los hilos del aparato que mantiene funcionando a la sociedad. A partir de allí se desatan pequeñas y violentas jaurías que lo disputan todo.

Es la historia que nos han contado en la literatura y en el cine. Mad Max, 12 monos, El libro de Eli, El día después de mañana, El cartero y Waterworld han sido algunas de las películas más populares. Hay otras del género que podrían ubicarse aquí, pero prefiero referirme solo a aquellas en las que el sistema se ha roto y los seres humanos se matan entre sí. Quiero obviar las narrativas posapocalípticas que colocan como enemigos de la humanidad a vampiros, mutantes, zombis, extraterrestres o robots. La idea central de estas visiones es la muy pesimista convicción de que los valores humanistas y civilizatorios son una capa muy delgada y frágil que se quiebra ante la adversidad. Historias de los períodos de guerra la sustentan. La escasez y la inflación propician la aparición de un voraz mercado negro, la corrupción total de las pocas instituciones que intentan funcionar y la prostitución generalizada por cosas de tan poco valor como un cigarrillo.

Algo similar ocurre con los períodos de crisis económica. Recuerdo que un amigo argentino me dijo que uno sabía que la crisis iba en serio cuando iba al bar y descubría que la prostituta era su hermana o su prima. En Venezuela hemos comenzado a ver algunas manifestaciones de estas características, y no solo porque los comerciantes hayan declarado una guerra de exterminio contra los consumidores. De pronto, cualquier cosa por privilegios y dinero parece justificada. Un tío me cuenta que la sobrina de su esposa se había casado con un señor gringo, por quien no sentía nada, para legalizar su situación en Estados Unidos. Un conocido, impúdicamente, oferta comprar dólares y euros por whatsapp.

Por fortuna, también hay lucidez y cuentos que muestran otra perspectiva. Un amigo me dice que su hija, de 19 años, le habló de emigrar a Colombia y él le respondió tajantemente: “Allá solo podrás prostituirte. Vamos a ver cómo te conseguimos un trabajo aquí.” La preocupación de mi amigo me recordó La carretera, excelente novela de Cormac McCarthy, también llevada al cine, en la que en medio de la más cruda barbarie un padre intenta conducir a su hijo hacia una región en la que prevalecen los valores.

Creo más en esta variante. Sé que la realidad intenta convencerme de que sí, de que la capa de valores es delgada y frágil, pero siento que lo que hemos aprendido en miles de años de cultura, y en 19 años de Revolución Bolivariana, es mucho más fuerte que todos los intentos de corrompernos.

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