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TODA PRIMAVERA PASADA ES IRRECUPERABLE. PERO, CUANDO HAGO REMINISCENCIAS, MIS AÑORANZAS SE TEJEN EN TORNO A UNA SALA OSCURA, DONDE UN HAZ DE LUZ BAÑA UNA PANTALLA

POR RODOLFO CASTILLO

Viendo la luz del mundo por primera vez a comienzos de 1967, en la tradicional parroquia La Pastora, mis más entrañables recuerdos pertenecen a las dos décadas subsiguientes: los 70 y los 80. En aquel “pueblo”, circunscrito dentro de una urbe que redefinía su identidad dentro de la vorágine del boom petrolero de los 70, sucedió de todo en unos tiempos que transcurrían sosegados, como quien arrastra sus pasos quedamente; y entre trillones de acontecimientos, lejanos, cercanos, hubo uno que quedó tatuado de forma imperecedera en los meandros de mi memoria: en lugar de acudir a la misa dominical el acto ritual tuvo como escenario otro templo: el cine.

EN LUGAR DE ACUDIR A LA MISA DOMINICAL EL ACTO RITUAL TUVO COMO ESCENARIO OTRO TEMPLO: EL CINE

Tuve la dicha de presenciar los estertores de los cines de barrio; por supuesto, también de ser testigo de la desgracia de su desaparición. En los 70 La Pastora contaba con dos salas de cine, ambas en las inmediaciones de la plaza La Pastora. A saber: cine Plaza y cine Granada. Todos los domingos a las 3 de la tarde (función de matiné) y por Bs. 1 (léase: un bolívar) se podía apreciar el más variado cine de corte infantil, desde el legendario Capulina hasta las enajenantes historias de Disney. En ocasiones se exhibía cualquiera otra película de ficción que llenara los estándares del cine censura “A”. Pero más allá de deleite y la fascinación que ejerce el cine sobre un niño, era su carácter ritual lo que en realidad subyugaba: de forma sacramental mi hermano y yo a las 2:30 de la tarde del domingo nos encontrábamos bañados y peinados y estirando la mano para recibir el bolívar de la entrada. De los mayores escuché otras historias, como la de que a un amigo de otro hermano le partieron la cabeza con una metra lanzada desde el balcón; u otra en la que parejas se refugiaban en el baño una vez terminada la función para dar rienda suelta a sus necesidades hormonales y para ver la siguiente función gratis, triple goce; además de tener las primeras referencias de un incipiente cine venezolano, del que todos hablaban porque se sentían identificados.

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Ya hacia finales de la séptima década del siglo XX los cines de barrio fueron bajando sus santamarías, por mala obra y desgracia de las compañías de distribución y exhibición: las prácticas económicas neoliberales comenzaban a mostrar sus primeros destellos, los cines en los centros comerciales y las salas multiplex asomaban en el horizonte del entretenimiento caraqueño. A mis 12 años ya había quedado picado de vampiro y el abrasivo vicio de asistir a una sala de cine debía ser saciado. La desaparición forzosa del Granada y del Plaza no sería impedimento para seguir “drogándome”. Con aires de moderada independencia me lancé hacia las salas del casco central, cambio que trasgredió lo meramente espacial, también los horarios y la oferta cinematográfica se metamorfosearían. De nuevo la suerte jugaría en mi favor: asistir a los míticos templos del Centro, como el Metropolitano, el Ayacucho, el Principal o el Continental, contribuiría a perfilar mi identidad cinematográfica y mi caraqueñidad.

Cine Rivoli

Cine Rivoli

En ese espacio siempre vital, el Centro, la oferta era variopinta. Visitar el Ayacucho se volvió una constante, ya que el mismo exhibía, casi de forma permanente, el cine hongkonés de artes marciales, películas con los títulos más inverosímiles que he visto jamás; embelesados, mis amigos y yo salíamos de las funciones echando patá y coñazos y emitiendo felinos sonidos. Versiones quinceañeras y caraqueñizadas de Bruce Lee. Con el tiempo ellos se aburrieron, no les cabía en la cabeza que durante la tarde de un domingo no hubiera otra cosa que hacer que ir al cine; a mí me resultaba indescifrable lo contrario: por qué desperdiciar las últimas horas de descanso previas a la semana laboral haciendo otra cosa que no sea ver una película, cualquiera, buena o mala. Por otra parte, la razón de frecuentar muy poco el Teatro Principal obedeció a su oferta: filmes de la época dorada del cine mexicano. Si bien el recinto tenía su público cautivo, yo me eximía de asistir, no porque desdeñara el cine azteca sino porque lo consideraba como una suerte de enlatado televisivo que se proyectaba sobre una pantalla, y por el que tenía que pagar para ver algo que veía gratis todos los sábados en Venevisión en el espacio Gran cine de siempre. Los 5 bolívares de la entrada (3 si era en el balcón) los reservaba para un filme que me llamara la atención. Está de más decir que el Capitol, el Rívoli y el Urdaneta, por tratarse de cine pornográfico, me estaban vedados por la edad; sin embargo, veía en aquellos aposentos la posibilidad de un rito iniciático, toda vez que dentro de mi mundo la cultura del Betamax y del VHS era prohibitiva. Con el correr de los años, dentro de esa pléyade de céntricas salas, catalogué al Rialto y al Metropolitano como exhibidores de “cine de autor”, también me obstiné de las poco creíbles batallas del Ayacucho.

A TODAS LUCES, UN CULTURICIDIO DENTRO DEL CUAL ESTABA CONTEMPLADO LA PÉRDIDA DE LA MEMORIA ARQUITECTÓNICA

Hubo un punto de aquella década, que no sé precisar, en el que ocurrió un milagro: el cine continuado desde la 11 de la mañana. Gracias a este extraño ardid mercadotécnico no fueron pocas las veces en las que me eché auténticos maratones fílmicos, pudiendo ver hasta tres películas en una tarde en distintas salas, a las que entraba en horarios indefinidos: una especie de Rayuela cinematográfica. Sin saberlo, en mí estaba operando el concepto de la edición fílmica. El cine, por antonomasia, está ahíto de milagros.

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Otro prodigio que se dio en ese par de lustros fue la consolidación de la producción nacional. El cine venezolano tendría éxitos de taquilla sin precedentes: Cangrejo (1982) de Román Chalbaud y Homicidio culposo (1984) de César Bolívar. En cuanto al primero es una adaptación del libro 4 crímenes, 4 poderes de Fermín Marmol León, en el cual se narra los aún vivos sucesos del secuestro y asesinato del niño Vegas Pérez, caso que conmovió a la opinión pública y que daba muestra de una sociedad corrompida dentro de la marisma de una Venezuela saudita. Homicidio culposo, por su parte, fundamentado en un audaz guion, de la mano de José Ignacio Cabrujas y el propio Bolívar, aborda la muerte accidental en escena del actor Marco Antonio Ettedgui, acaecida apenas tres años antes. En ambos casos se observa el compromiso político y social de nuestros realizadores y de un público que está ávido de verse reflejado, que se identifica con su cine. Cabe destacar que, en su momento, Homicidio culposo fue la cinta más vista en la historia del cine criollo, superando con creces a cualquier representante del cine estadounidense. El augurio era esperanzador: el cine venezolano podía, más allá del financiamiento oficial, dar rédito.

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Más adelante se entrenaría Macu, la mujer del policía (1987) de Solveig Hoogesteijn, obra ficcional sobre el caso del Monstruo de Mamera (Argenis Ledezma), también de rotundo éxito de taquilla. Curiosamente, sobre este mismo caso del policía asesino de tres adolescentes el cineasta Luis Correa rodó un filme documental titulado Ledezma, el caso Mamera; por señalar en él a los cómplices del distinguido Ledezma un tribunal prohibió su exhibición y encarceló a su director, siendo así el único caso en la historia del cine venezolano en el que un realizador es encarcelado por dirigir un filme. Un dato que recrudece más aún la sentina que era la administración de justicia, fue que el juez que sentenció a Correa ni siquiera vio el filme. Además de milagros, en torno al cine también se teje la podredumbre.

Jean Carlos Simancas

Jean Carlos Simancas

Con el tiempo también esos céntricos templos, que durante décadas fueron centros de entretenimiento de generaciones de caraqueños, fueron desapareciendo. La cultura del multiplex se acentuó y, nuevamente, los zares de la distribución y la exhibición hicieron lo suyo: en contubernio con los grandes centros de poder impulsaron la creación de numerosas, pero pequeñas salas, en detrimento de los grandes palacios de centro histórico. A todas luces, un culturicidio dentro del cual estaba contemplado la pérdida de la memoria arquitectónica. Una muestra de este aquelarre fue la desaparición del hermoso Teatro Metropolitano.

Daniel Alvarado y María Luisa Mosquera

Daniel Alvarado y María Luisa Mosquera

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