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POR MARÍA EUGENIA ACERO COLOMINE • @ANDESENFRUNGEN / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Si creíamos que la visibilización e integración de la comunidad LGTBI a la sociedad eran asuntos de amplitud de criterio, sensibilidad moderna y vanguardia de avanzada, bien valdría la pena revisar las dinámicas de las sociedades indígenas nuestroamericanas.

En Norteamérica las civilizaciones sioux y navajo decían que en sus comunidades tenían miembros de “dos espíritus”: personas con ambas sexualidades integradas dentro de sí. De hecho, no se hacían distinciones fuertes de género, para que cada individuo fluyera naturalmente según su sentir sexual y afectivo. De hecho, las civilizaciones iroqueses decían que existían más de cinco géneros sexuales: mujer, hombre, mujer de dos espíritus, hombre de dos espíritus y transgénero. Existió el caso de un guerrero sioux transexual: le gustaba vestir de forma femenina, aun cuando estaba casado con una mujer. Su atuendo jamás fue impedimento para sus labores de guerra, y fue muy exitoso en las contiendas contra los blancos.

En México, en la localidad de Oaxaca, existe un tercer sexo denominado los muxes. Esta comunidad es de hombres que visten atuendos tradicionales de la región (vestidos y peinados similares a los que usaba Frida Kahlo). Para las familias tener un muxe es motivo de celebración y honra, pues suelen ser los hijos quienes nunca dejan solos a sus viejos, por lo que son reconocidos en la comunidad. En el pasado, los muxes eran una especie de sacerdotisas sexuales que iniciaban a los hombres en las artes amatorias, sirviendo de apoyo para preservar la virginidad de las mujeres, que debían llegar castas al altar. Los muxes son igualmente amados y odiados. Amados, por lo vistosos, y odiados por lo mismo, especialmente por las mujeres de la localidad.

En Venezuela, la etnia warao era muy entendida y amplia en la inclusión de los hombres transexuales a la comunidad. Se les conoce como tida winas, y son hombres que visten de mujer y ayudan a las esposas en los quehaceres del hogar. Las tida winas también comparten lecho con los maridos sin caer en rivalidades con las mujeres. Sin embargo, la integración de la etnia warao a las costumbres occidentales inició el rechazo paulatino a este tercer sexo, que tenía cientos de años integrado a esta sociedad indígena. Los tida winas empezaron a ser maltratados por ser gays. La llegada del VIH al Delta tampoco ayudó en mucho, y la mayoría de estos hombres transexuales indígenas han optado por desertar de sus comunidades para dedicarse a la prostitución en Tucupita y pueblos aledaños.

Resulta interesante que la integración de estas civilizaciones originarias con el mundo occidental y “civilizado”, lejos de ampliar la comprensión de otras sexualidades distintas a la heteronormatividad más bien haya generado un bloqueo hacia este sector social. Queda la reflexión de que, paradójicamente, los grupos en apariencia “salvajes” como los denominara Gustavo Pereira en su entrañable poema más bien hayan tenido siglos de armónica convivencia con sectores que, en pleno siglo XXI, aún luchan por ser visibilizados con dignidad y respeto como seres humanos, más allá de sus condiciones sexuales y afectivas.

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