POR FREDDY FERNÁNDEZ •@FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE248-FILO Y BORDEQuizá ocurra porque quien así procede espera que su actitud sea percibida como intelectualmente elegante, o porque le permita ubicarse en un espacio que siente que genera menos confrontación, pero lo cierto es que uno siempre se topa con personas que aspiran a quedarse solo con estados puros, sin contaminación y sin manchas de lo político.

Estos días hemos visto a muchos que sostienen que Chávez sí, pero Maduro no. Algunos quizá sean los mismos que hasta hace cinco años hablaban de la posibilidad de un chavismo sin Chávez, es decir, una gestión que aparentara la sensibilidad social del chavismo pero apartando a Chávez del poder. Este tipo de enfoques no es nada nuevo. Recuerda viejas polémicas como la de gente que se declara admiradora del Che por su valentía, su entrega, su internacionalismo y su sacrificio, pero que no es partidaria de la Revolución cubana y condena a la figura de Fidel.

Me ha tocado escuchar a quienes elogian la habilidad de Lenin para comprender, asimilar y adaptar el marxismo a las condiciones de Rusia de principios del siglo XX, pero se oponen a la Revolución de Octubre y condenan el accionar político del líder de los bolcheviques. Hay quienes elogian a Lenin, pero ni un segundo dudan en su condena

—por lo demás, de sospechoso consenso de corrección política— a Stalin. Los hay de Marx, sí, pero de Lenin no. Y, en los niveles más exquisitos, algunos son partidarios solo del Marx joven, pero no aceptan el Marx de El Capital ni del Manifiesto Comunista.

Estas aproximaciones, de intentar quedarse fuera de toda posibilidad de contaminación, también han alcanzado hasta la figura de Simón Bolívar, pues hay quien dice admirar a un Bolívar democrático, al que contrapone un Bolívar dictador.

No sé cuál es el mecanismo que facilita este tipo de construcciones. Se me ocurre que se parece a ver una película y elegir un solo fotograma como valioso: un momento congelado, desprovisto de movimiento; una imagen privada de sus antecedentes e incapaz de generar consecuencias. Se obtiene así una imagen absolutamente pura, inhumana. Ese cuadro arrancado de su historia no tiene ninguna posibilidad práctica y, por ello, no comete errores y es, aparentemente, incuestionable. No tiene, eso sí, ninguna capacidad de transformar nada porque ya carece de vitalidad. Puede ser una imagen bella, pero es una imagen inútil.

Con esta acción conceptual, dirigida a obtener una pureza ajena a lo humano, se vuelven intolerables los hechos reales de las revoluciones. Los errores, las correcciones, los retrocesos, las polémicas, los cambios de parecer, la dinámica propia de la transformación no caben ya en el fotograma elegido. Son movimientos reales y dinámicas de vida y no, no entran en esa foto en la que algo se quedó en lo puro.

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