Puro parir

Por Francisco Aguana / Foto Archivo

En 1926 la mortalidad en Venezuela llegaba a 125 por cada 1.000 habitantes y la mitad de la población estaba enferma de alguno de los padecimientos endémicos que azotaban al país. Cuando llega el polémico gobierno de López Contreras, en 1936, la situación no había cambiado mucho y el país apenas contaba con 3.000.000 de habitantes. La política de poblamiento, entonces, se convirtió en una de las principales desarrolladas por ese —y el siguiente— gobierno. Se aprobó una Ley de Población y Colonización (1937) y se creó el Instituto Técnico de Inmigración, que hasta 1941 sólo había promovido la llegada de poco más de 30.000 extranjeros.

Así las cosas, aunque la situación de miseria generalizada no era propicia para el alumbramiento, la familia promedio estaba constituida entre 6 y 10 hijos, hasta más. La expectativa de vida era muy baja. Los venezolanos morían muy jóvenes y, por tanto, la mujer era inducida a parir desde bien temprano, desde los 13 años. Si llegaba o pasaba de los 20 y no se había casado o parido caían sobre ella los malos augurios de la soltería y la soledad. La mujer, en general, y la mujer pobre, en particular, era prácticamente reducida a la condición de vaca-hueco y terminaba cargando con la responsabilidad de criar la familia en condiciones más que precarias.

El hombre, por contraste, exhibía como evidencia irrefutable de su machismo patriarcal la paternidad irresponsable, que le daba en algunos niveles sociales cierto estúpido prestigio. Unos de los más tristes resultados de tal liviandad fueron el abandono, la desnutrición y la mortalidad infantil, que alcanzaron niveles escandalosos en el período que abarca desde López hasta la Junta Revolucionaria de Gobierno presidida por Betancourt. Así que parir y parir, y criar hijos, eran las tareas sociales que se les encomendaba a las mujeres. Y las mujeres pobres, encima de eso y aparte de no recibir respaldo gubernamental alguno para ello, se les estigmatizaba llamándolas irresponsables y comparándolas con los acures, por procrear tanto y en condiciones tan adversas. Hasta la misma Iglesia, pues, con curas célibes, que se supone no saben nada de temas familiares y de parejas, acusaban a las mujeres —a las pobres, por supuesto— de promiscuas y pecadoras. Así, la población fue creciendo: de los 300 del primer censo a 300.000 según el censo de 2011.

Y dale con la CIA

Henry Kissinger recibió en 1973 su premio Nobel de la Paz por pacificar a bombazos muchos pueblos, principalmente el de Vietnam. Ese año, precisamente, es desalojado de manera cruenta Salvador Allende de la presidencia de Chile por instigación e injerencia del propio
Kissinger, por órdenes directas de su jefe Nixon.

Al año siguiente el flamante premiado, calculador y sanguinario, emite a nombre del Consejo de Seguridad Nacional el memorando conocido como ONSSM200, en el que se incluía todo un plan de intervención en los países pobres para evitar el crecimiento de la población. Con ello, no hacía más que organizar e instrumentar todas las acciones que ese país, EEUU, había acometido desde finales de la II Guerra Mundial con el propósito de apropiarse de los recursos naturales de esos países. Para ello contó con la ayuda de otras corporaciones de ese gobierno, el respaldo de la Fundación Rockefeller y el apoyo de la CIA y de la USAID, quienes en 1965 habían aportado para esa empresa 10 millones de dólares, y 25 millones en 1972.

Ya desde los años 50 EEUU, con el consentimiento de los gobiernos latinoamericanos, había comenzado los programas de planificación que en décadas posteriores iban a ser aplicados de manera masiva utilizando píldoras, dispositivos intrauterinos y recurriendo a la mutilación de cientos de miles de mujeres sin sus consentimientos, para evitar que procrearan más hijos.

Además, cuando llega la década de los 60 el continente estalla en levantamientos populares de alta intensidad, donde se organizan guerrillas y movimientos revolucionarios que cada día toman más auge. EEUU toma eso como una amenaza a su seguridad y acomete estos programas de planificación familiar y control demográfico para evitar que nacieran más guerrilleros.

Es allí donde se hace presente la mano siniestra de la CIA a través de múltiples actividades, incluyendo las más aparentemente inocuas. Con el tiempo, y tras la desclasificación de numerosos documentos secretos, se viene a descubrir esas acciones en toda su magnitud y crueldad.

Actualmente tenemos un grave problema social con el embarazo precoz: miles de adolescentes se convierten en madres sin tener la capacidad para ello. Ya han sido superados los más acuciantes problemas que afectaban la maternidad de las mujeres venezolanas, incluso, existen leyes para protegerla. Pero tal y como ocurría en los tiempos lejanos, que aquí hemos descrito, las mujeres se inician muy temprano en la maternidad y ya no es por la corta expectativa de vida, sino por irresponsabilidad, ligereza, hormonas y mala información de los y las adolescentes, con graves consecuencias tanto para las parturientas como para los recién nacidos. Problemas de manutención, de hacinamiento y de sueños que se truncan, puesto que al parir ya no es la comadrona, sino la vida que le indica: “¡Puja, muchacha, puja¡”.

ÉPALE 358