¡Qué tiempos aquellos, papá!

Por Pedro Delgado / Fotografía Archivo

Ponerse a escucharlos narrar vivencias es encontrarse con la amistad de un grupo de camaradas de tercera edad echados pa’lante, desde hace mucho tiempo pateadores de las calles de la ciudad. Hoy, al compás del recuerdo, compartiendo sus anécdotas sentados en el lado sur de la Plaza Bolívar, frente al Palacio Arzobispal. Día a día están allí, al pie de la palabra hecha cuento. Tener qué decir sobre Caracas les es placentero. Los domingos, día de recibir el Épale CCS, es una costumbre encontrarlos. Oírlos se hace hasta un deber porque, a decir verdad, es mucha historia compartida.

¡Dígalo ahí!

“Por la Carretera Vieja, cerca de Pedro García, estaba el burdel Oasis; y, más allá, La Rochela, donde también había lugar para comer y beberse algo”, dice Toño con su pasada experiencia, cuando montaba su Triumph Bonneville por la Caracas-La Guaira y narraba su paso por entre el pocotón de cruces de lado y lado de la vía. Al igual que José, no sabe cuántas películas llegó a ver en los cines caraqueños. Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Gina Lollobrigida, Greta Garbo, entre otros astros, salen con facilidad de la cinéfila memoria. Los spaghetti western (películas italianas de vaqueros) van llegando al tapete: El dólar perforado, Por unos dólares más, El bueno, el malo y el feo… vistas en el Continental o el Ayacucho, muy cerca de ahí. “Esa rúbrica anti-Trump debe marcarse con dignidad y patriotismo”, deja escuchar otro refiriéndose a la jornada de recolección de firmas a un costado del sitio. “Yo nací en la Concepción Palacios, soy sanjuanero y a mucha honra”, suelta un compa quien, al agregar haber conocido a Aquiles y Aníbal Nazoa chamos, podemos imaginarnos cuántos dígitos tiene su cédula de identidad. “Una coñaza le metieron al tipo que se la pasa pescando palomas con un anzuelo. Si vuelve habrá que darle otra”, recuerda Luis Ramón antes de coger camino a casa con el sol de las 11 am en la cara. La señora Lila comenta haber ido al homenaje a Benni Moré en la Casa José Martí el 24 de agosto, cuando se celebró el centenario de su nacimiento y, con una educada voz de contralto, se faja: Cómo fue, no sé decirte cómo fue, / no sé explicarme que pasó, / pero de ti me enamoré. / Fue una luz…

Dicen ser la propia Esquina Caliente de la ciudad, donde el debate de ideas está a la orden del día con la Constitución en ristre, y El Libro Azul y el Plan de la Patria del comandante Chávez como escudos.

¡A que me coleo voy!

Eso de meterse entre una fila de personas, así, a la cañona, o haciéndose el paisa a la hora de comprar o tomar el transporte colectivo (tan sólo por nombrar dos casos específicos), sobre todo en una ciudad como Caracas, con tremenda superpoblación, no es nada nuevo; y el consabido reclamo a la zaga: que sí vete pa la cola, que si tú sí eres arrecho, que si coño de la tuya, entre otras perlas, incentivando el malestar en medio del despelote, tampoco lo es. La viveza criolla se abre paso donde sea. No es esta la única modalidad al ir de frente. Se han visto otros casos, y si es la capital el escenario habrá mucho que contar.

Por ejemplo: en una época no tan lejana, un coleador de altura debía llegar a una fiesta con la debida previsión del caso. Era costumbre que se iba acercando, poco a poco, a la puerta de la casa donde estuviera prendido el bonche, con un vaso desechable en la mano y algo de refresco dentro, pasándose el pañuelo por la frente simulando secársela, pasito a pasito, un poco de malicia y ya estaba adentro vacilándose la fiesta. Llegar bien pepito, con una plancha eléctrica barata envuelta en papel de regalo y escurriéndose por entre la gente podía ser la mejor fórmula para colearse en un matrimonio a bailar y beber güisqui. Entrar con cara solemne a una lujosa funeraria (por ejemplo: la Vallés) daba cancha ¿dará todavía? para caerle al consomé, las galleticas, el sanduchito y el café a la hora del picoteo. Los caminos de la originalidad que procuraba todo coleador que se respetara.

Pero el caché de entrar a un establecimiento bailable era lo máximo. Un a que me coleo voy a clubes como La Fuente, Casablanca, Ávila, Pasapoga, Casa Guárico, Casa Sindical y, ¿por qué no?, al Hotel Tamanaco, donde se coleó el pana Hernán “Borrego” para vacilarse a Cortijo y su Combo (década de los 60), u Orlando “Saravá” infiltrado como atrilero en el Nuevo Circo de Caracas cuando vino la Fania, eran pruebas fidedignas de ser insignes coleadores.

Nos recordamos entrando en banda, a coñazo limpio, en El Poliedro para ver a Irakere; detrás del Balneario de Catia La Mar, enrollado los pantalones y con los zapatos en la mano a la orilla del mar, para entrar y bailar con Tabaco Quintana; en el Canal 8 para ver a Rubén Blades…

Otra hazaña era colearse al beisbol en el Estadio Universitario, al boxeo del Palacio de los Deportes y el Nuevo Circo, al basquetbol en el Naciones Unidas…

¡Tiempos aquellos, papá!

ÉPALE 355