¡Que viva la música!

POR ARGIMIRO SERNA

En la tradición de los poetas malditos, caracterizados por el suicidio, la depresión, adicciones autodestructivas y las dificultades para socializar, uno resalta por su frontalidad, convicción y resolución expresas. Aunque lo caracterizaron adicciones y un suicidio, precedido por un par de intentos, su vida parece seguir un plan estricto que cumplió a cabalidad, que no un calvario de depresiones inconsolables, dejando una obra cuantiosa antes de morir a los, sorprendentemente escasos, 25 años de edad. Según dicen sus amigos, entre los que se cuentan el laureado escritor Luis Ospina, esa edad es la que había dispuesto desde los mismos precoces años de adolescencia en que comenzó a escribir.

La producción intelectual de Andrés Caicedo empezó desde los 9 años, a finales de los 60, cuando montó sus primeras piezas dramáticas: La piel del otro héroe y Recibiendo al nuevo alumno; las que alternó con piezas clásicas como La noche de los asesinos de José Triana y Las sillas de Eugenio Ionesco. Para completar esta prelusión vocacional adaptó al teatro Moby Dick, la novela emblemática de Hermann Melville. Hizo cine y lo escribió, hizo teatro y también lo escribió, escribió cuentos y una novela y reflexionó sobre el arte de escribir. Todavía en su veintena reciente lideró diferentes movimientos culturales en la ciudad vallecaucana, como el grupo literario Los Dialogantes, el Cineclub de Cali y la revista Ojo al Cine. En 1970 visitó Caracas y ganó el I Concurso Literario de Cuentos de la revista Imagen con su obra Los dientes de Caperucita, lo que le daría laureles intelectuales. En 1974 viajó a Estados Unidos con cuatro guiones de largometraje de su autoría para vendérselos a Roger Corman, director de cine serie B muy significativo para varias generaciones, como la mía. Pero no pudo contactar el realizador norteamericano.

Según sus amigos y su diario, practicaba un rigor tan ejemplar que rayaba en la caricatura. Horarios e intensidades describían una convicción convulsiva de crear, por encima del más mínimo aprecio por su vida. La intoxicación recurrente con toda clase de sustancias lo llevó a hacer comentarios recurrentes sobre la insuficiencia neuronal del cuerpo humano. Aunque no siempre, mayormente sonriente declaró en muchas ocasiones que 25 años le bastaban para terminar una obra significativa, que ahora comparan, aunque en la tendencia narrativa contraria, nada menos que con su coterráneo Gabriel García Márquez.

No cabe duda de que éste en particular, aunque cumple algunas normativas, excede el perfil de poeta maldito. Sobre todo cuando quedó satisfecho de su única novela: ¡Que viva la música!, acerca de la cual brota el compromiso de dedicar muchos miles de caracteres, por su propia cualidad entitativa, al imaginario de una época a la que pertenezco. Una vez que constata su impresión al ver un ejemplar, procede con la culminación de una obra que nadie terminaría por él: su vida misma, que no valía más que un libro, después ingerir de manera voluntaria 60 pastillas de Secobarbital, por si las dudas.

Luis Andrés Caicedo Estela fue un escritor, cineasta, dramaturgo, crítico de arte, estoico y postmoderno nacido en Cali, Colombia, en 1951, y muerto allí mismo el 4 de marzo de 1977.

ÉPALE 346

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