Cita a ciegas

POR TATUN GOIS • @LASHADAS1974 / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

Una serendipia es un descubrimiento o un hallazgo afortunado, valioso e inesperado que se produce de manera accidental, casual, por destino o cuando se está buscando una cosa distinta… Y es algo que pasa, nos pasa a todxs en todas partes. Y siempre que pasa, siempre, es maravilloso.

Cinco de la tarde, un día cualquiera. Ya todo estaba en su sitio, todo limpio y empiezan a trinar los grupitos de whatsapp en los que uno se ha metido. Levanto el teléfono, dos o tres mensajes importantes, los atiendo. De resto, puras tonterías en los grupos. Sigo en lo que estaba. De pronto, otra bandada de mensajes y decido silenciarlos. Una amiga escribe algo y se ríe. La curiosidad me pica, entro al ruedo del grupo donde se manifestó mi amiga y comprendo que el alboroto es una nueva integrante.

Saludo, como es costumbre, y de la manera más mecánica y cortés le doy la bienvenida. Me sumo a la tertulia y resulta que la nueva me interesa. No es lo habitual, no es lo que ando buscando en los grupos de whatsapp, pero me agrada, me parece divertida, con salidas inteligentes a las embestidas de todas las demás. La observo de lejos, me mantengo en modo tranquila.

Siete de la noche, un mensaje nuevo, un número no registrado. Abro para ver; desde hace días espero con ansiedad noticias de alguien que está lejos. El mensaje, así, fuera de contexto, me cuesta un poco entenderlo. Y pregunto quién es…. ¡vaya, vaya!, la nueva me saluda. Caigo en cuenta que su mensaje es una respuesta a una pregunta que dejé en el aire en el chat grupal, algo intrascendente que había olvidado.

La conversación se inicia, ya entre las dos, de modo distinto: nos hacemos preguntas directas, tocamos temas sensibles, no privados. Temas como la política, la religión, el sexo, la familia, el machismo, la infidelidad, el feminismo, el trabajo, etcétera, y la sensación de agrado crecía y crecía. Es verdad, no estuvimos de acuerdo al ciento por ciento; pero, incluso, no estar de acuerdo con ella, en ocasiones, me gustó.

Decido preguntar lo impreguntable para toda mujer: “¿Qué edad tienes?”. Un indeterminable momento de tensión. Tarda en responder. Yo cierro los ojos y respiro. De pronto, un número hace cantar el pájaro virtual que habita mi teléfono: “48, ¿y tú?”. Suspiro aliviada… no se molestó. Yo respondo que 44 y seguimos conversando.

Diez de la noche, la tertulia prosigue. Me dice que debe retirarse, que es ingeniera civil y tiene un negocio de comida y esa es una hora fuerte. Me despido amablemente, y a dormir.

Siete de la mañana. “Quiero verte hoy.” Una cosa que no esperaba pero, bueno… sí va.

Quedamos. Llovió ese día. Me crucé con varias amigas que me animaban en mi cita a ciegas. El teléfono sin carga, me invaden las dudas que, además, cambian durante el día y van desde “¿me gustará?” hasta “¡ay, Dios!, ¿y si no le gusto yo?”.

Finalmente, su voz me hace saber que sí está, que la cita va y a mí me duele el estómago. Me maquillo un poco y recuerdo que ya estoy vieja, que si no hay corazón no pasa nada, y bajo.

Llego al lugar, la veo y pienso: “¡Oh, que viva la serendipia!”.

EPALECCS303

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