Receta para hacer un té contra la desmemoria (cuidado con las espinas)

Por Gustavo Mérida  / Ilustración Daniel Pérez

La sonda se salió solita”, dijo el viejo de 72 años, sentado ahí, afuera de la cocina, en el conuco. Luego, levantose presuroso y contó cómo pasó eso. Estamos en La Bandera. A este conuco Hidrocapital le debe, pero esa es otra historia. En otro lugar, en Baruta, otro viejo, más viejo, de 85, estaba molesto porque, teniendo dinero en el banco, no pudo comprar lo que quería: problemas con la clave numérica de la tarjeta de débito. No hablo de la alfanumérica, con mayúsculas, números y caracteres especiales determinados. Ni de las preguntas de “seguridad”: “¿Cuál es la marca de su vehículo favorito?” Mirándome profundo tras los lentes, con su tapaboca —de esos que asemejan el pico de un pato, o de una pata— me dijo, luego de contarme un pedazo de la tragedia de Europa en la Segunda Guerra, que nosotros teníamos que hacer algo. Temblaba un poco cuando, en un susurro, deseó tener más fuerzas. Las demás personas, sentadas como nosotros, dejando un puesto vacío en medio, no tenían más remedio que escuchar. Es el silencio bancario. Es el lunes bancario. Es el poder de los banqueros. Ya lo dijo Aquiles Pascual: “Cabe mucho en una Caracas física y espiritual”.

Que la sonda se salga sola debe aliviar. Que la metan… los problemas con la próstata, un asunto exclusivo, valga la acotación, se pueden evitar con un brebaje muy fácil de preparar, muy fácil de encontrar (¡es una tuna!) y muy fácil de beber. Pero antes, la desmemoria, aquello inasible que hace de la memoria algo que ya no es, también tiene su té. Es de romero.

Sin tibieza

Ella me ordenó desde la altura de sus 72 años y por encima de los lentes: “Trae unas hojitas del romero aquel”. Sus labios señalaron, sus labios se desdoblaron, sus labios me abrazaron. Sin tapaboca, dentro de su casa, sus palabras se sostenían un poquitico y luego se iban con la neblina. “Aquí se me murieron dos gallinas de frío”. Su difunto esposo, Francisco, también cargó su sonda. Ella caminó por la carretera hasta la Colonia Tovar, esquivando cunetas. A dos casas cercanas, en esos vecindarios pandémicos, les robaron el techo. Todo el techo de las dos casas.

Si nos mudamos de allá arriba a Parque Central, por ejemplo, los techos que son pisos al mismo tiempo, oprimen. Oprimidos los unos, se deprimen los mismos, los otros y las otras. Todo con tapabocas. En conucos urbanos, o en espacios que pudieran serlo, para hablar del FAES (Fuerza de Acciones Especiales de la Policía Nacional bolivariana) hay que quitarse el tapaboca. En Parque Central, y disculpen la insistencia, unos trabajadores gritaban, temprano en la mañana: “¡FAES, FAES, FAES!” Gritos a todo pulmón, de esos que activan lo humano, desde aquél sitio en que estaba, hasta las ventanas, para mirar, para escuchar, para saber. El tipo que estaba intentando había sido capturado por este par de barrenderos. Sin quitarse el morral tricolor de los hijos, dominaban la escena y dominaban al ladrón. Un par de funcionarios del cuerpo de agentes represores del estado, del FAES, que tiene una sede ahí cerca, se acercaron al trote y los cuatro se alejaron entonces de aquella ventana. Yo también.

Primera receta

Francisco se llamaba el esposo de Zoraida, la maestra conuquera que me señalaba el romero. Francisco y su sonda. Sin dejar de hablar, Zoraida  mira de cerca la cantidad de romero que le pongo en la mano y niega, decepcionada. “¿Tienes miedo?”.

Pienso si tengo miedo. O cuánto

Ella no espera más por la respuesta y ordena: “¡agarra más!” Salgo otra vez. Agarro más. Más, así, termina siendo insuficiente cuando se tiene miedo. El romero, allí, chiquito y robusto. El hombre y su próstata, sin tapaboca, con la desmemoria del orgullo, y de todo lo demás, se confronta frente al arbusto. No tiene la soledad, pero tampoco la compañía; se debate entre el patriarcado, empeñado, dilatado, atribulado en participios, como diría el poeta Pedro Vicente Lizardo, y una ternura, otra, esa, esta, que no se ve.

La cantidad de romero, sin miedo, se pone en una ollita con agua y se lleva a hervor, por unos cinco minutos. Digo ollita si va a hacer una sola tacita. Si quiere endulzar, es su asunto. Lo mejor es no echarle azúcar, ni miel o papelón.

Antes de la pandemia, recomendaban cuidarse el dulce. No deje de hacerlo. Espere la tibieza y disfrute su té. Deletree “Próstata”.

Segunda receta

Agarre un trozo de una mata de tuna. Tiene varios nombres, pero ahí está la foto. Quítele las protuberancias, píquela en pedazos medidos en función de las bondades del pote o jarra que prefiera (el maestro que me enseñó la receta, Carlos Hernández, el de la sonda que le atormentaba, tenía el bebedizo baboso en una jarra de esas que anuncia leche líquida y que no es leche líquida), llene el pote o jarra con tuna y agua. Más nada. Si lo hace en la mañana, en la tarde ya está lista. Así, bebiendo de esa agua, la sonda de marras se salió solita. Trate de evitar que tengan que meterle una sonda por ahí. Cuide su próstata, que es la única que tiene.

ÉPALE 386