Ilustraciòn Recetario 126

POR MALÚ RENGIFO/@malurengifo

Todo principio de año es el estadio máximo de la pelazón de bola. Si no es por una cosa, es por la otra, pero en enero raro es el ser vivo sobre la Tierra que pueda llenarse la boca diciendo “yo no estoy pelando bola”.
Multiplicidad de pelabolas variopintos recorren las calles en contraste con las brillantes bambalinas y adornitos rojiverdes que aún decoran las vitrinas, en memoria de unas bacanales que no volverán sino hasta la próxima Navidad. Y es en esas bacanales que radica el detalle del gran círculo vicioso, porque es por lambucios que pelamos bola. Me explico: como pasamos el año pelando un poquito ’e bola, basta que nos caigan tres churupos y una mano de cambur para que lo convirtamos todo en hallacas, pernil y ponche crema y nos lo comamos. Toda vaina la cambiamos por comida: las cesta tickets, los reales del “bolso”, el bono hallaquero. Le pedimos comida al amigo secreto, le pedimos comida al niño Jesús, le pedimos comida a los vecinos (“pa’ probar tus hallacas”, le decimos con carita ’e yo no fui) y ¡JUAZ!, nos lo comemos todo. Así que cuando llega enero y volvemos a ser pelabolas convencionales, nos da el síndrome de abstinencia de la comida y sentimos que estamos pelando más bola de lo normal. Eso es así y lo seguirá siendo por los siglos de los siglos, amén.

UN COMBATE CONTRA EL EGO
A nadie le gusta sentir que come comida de pelabola, aunque todos los días lo haga, como yo. Es decir, me la paso comiendo todas las recetas que a lo largo de varios años he publicado por esta vía, que vivo bajo el precepto de que cualquier cosa con una champurreadita de queso ya sabe a exquisitez europea, que voy por el Parque Miranda salivando al ver a los peces y que no puedo pisar un zoológico sin que me huela a parrilla (es en serio), sufro con la sola idea de pensar en comer una cosa tan cotidiana como la mortadela. O sea, jelou, qué te pasa, yo no como mortadela ni a balazos.
Entonces una se unta de toda la valentía del mundo y se compra en Pdval un churrote de mortadela arepera que le va a costar muy poca plata y le va a rendir hasta que llegue febrero, el mes de quincenas cortas. Con tal insumo a la disposición, la estrategia es muy sencilla: pasará las siguientes semanas engordando cuanto guiso o ensalada se prepare con cubitos de mortadela, la picará en lonjitas para rellenar arepas o pan canilla a temperatura ambiente y se jartará eso con un buen vasote de agua. Hay solo una cosa más baja y extrañamente sabrosa, pero horrible, a tal grado que le costará admitir entre su gente que usted hace eso cuando no le están mirando: pasar la mortadela por el lado grueso del rallador de queso y mezclarla con queso blanco rallado de igual manera: peor, imposible.
Tal estado de cosas da templanza al carácter. No hay sifrinura que sobreviva a un combate como ese. Cada lonja de mortadela es un round que se le gana a la ridiculez; y luego de un par de días comienza a saber genial.

ÉPALE 161

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