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En Maracaibo le decíamos “volantín” y “petaca” al papagayo de los caraqueños, pero al final siempre fue la misma vaina, como lo fue que yo era malísimo en esas lides del aire y, por mala leche, la única vez que logré elevar uno, de lujo por cierto, fue un papagayo arrechísimo que me regalaron mi tío Benigno y mi abuela Remigia en un cumpleaños, y cuando gozaba del juego de la mano derecha y dándole guaral con la izquierda vino un “mardito”, del barrio Sierra Maestra, hasta amigo mío era el hijo de puta, y con una hojilla en el rabo de su pobre petaca me cortó mi volantín de primera clase y mis ilusiones de ser un gran volador de papagayos se perdieron en las nubes, como hace un par de años se esfumó el último amor de mi vida.

A los 11 años comencé a entender la lucha de clases. El mismo carajo que me cortó aquel papagayo, descubrí después, me robó la bicicleta Raleigh que me había regalado tío Benigno en esa Navidad. Yo era un burgués de mierda que estudiaba en uno de los colegios más exclusivos de Maracaibo, y fui a parar al barrio después del divorcio de mis padres. El Beni y la abuela Rema invadieron ese terreno y, como miembros de la junta comunal concepto que no es tan nuevo, por cierto, se armaron de un terreno larguísimo donde mi madre Ana Lucía montó una casa prefabricada, ¿de hierro, latón?, que negoció con unos gringos que se iban. Luego del divorcio fui a parar al liceo militar Jáuregui, y después de mi fuga espectacular (naaaa, espectacular nada. Salí por la puerta, atravesé el patio de honor, como si saliera de permiso, y con la complicidad de los guardias salí como Pedro por su casa) agarré un bus y llegué a la quinta Sallent de la Rafael María Baralt de Maracaibo. Y era burgués otra vez.

Los papagayos siguieron rondando sin querer queriendo, y apareció Willie Colón con su Sueño de papelote: Cuando niño ya tenía en el mirar / esa loca fantasía de soñar / quise ser un gran malote / al igual que el papelote / que elevándose / entre nubes con el viento de esperanza / sube y sube. / Y vivía en ese mundo de ilusión / y escuché solo mi propio corazón / mas la vida no es juguete / y el lirismo es un billete sin valor. Una vil copia del “Sueño de barrilete” de Eladia Blásquez, cuya letra por la época nos partió el corazón. Digamos “versión” para no ofender la buena voluntad de entonces de mi examigo Willie Colón, a quien retiré mi amistad después que se puso inmamable durante la enfermedad de nuestro comandante Chávez.

Después vinieron los festivales de papagayos del Movimiento de los Poderes Creadores del Pueblo Aquiles Nazoa (MPCPAN), una jugada maestra del PRV-Ruptura, que tuvo su sentido en agitar pacíficamente sin exacerbar la furia represiva de la Cuarta, pero ya a estas alturas, o unos añitos atrás, el Comandandate Magolla, Elegido Sibada, me decía en una entrevista: “La cultura más importante es la del pueblo, tú vas por esas montañas y ves cómo cada pueblo tiene su manifestación. En la ciudad el movimiento cultural lo integraban Tito Núñez, Alvarito Montero, Pichardo, Frank Ortiz… los poetas siempre han sido parte de nosotros, pero lo que sí no comparto es esa vaina de ver a mi compadre Douglas Bravo volando un papagayo en Cabure.

Humberto Márquez (1953)

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