Religión, prejuicios y coronavirus

Por Marielis Fuentes@marielisfu@mardalunar / Ilustración Justo Blanco

Como si lidiar con la doble y triple discriminación, combinadas en tiempos de pandemia, no fuera suficiente, resulta que ahora las personas LGBTI+ debemos sobrevivir a ser los “chivos expiatorios” de la propagación del coronavirus. ¡Habrase visto tamaña insensatez!

Todas las crisis planetarias sacan a relucir lo mejor y lo peor de cada quien y, lamentablemente, para algunas y algunos creyentes religiosos el camino más fácil hacia su expiación de culpas ha sido la incitación al odio.

Sodomitas, eunucos, blasfemos, pecadores y herejías han sido las letanías preferidas que han utilizado durante milenios para lapidarnos las diferentes religiones, entre ellas las más ortodoxas y recalcitrantes como la pentecostal, por cierto muy en boga en estos días entre los Gobiernos de facto latinoamericanos.

La pandemia no sólo evidencia la barbarie capitalista que muestra, sin tapujos, su talante depredador a toda costa; también este reseteo planetario ha servido para aflorar las arraigadas ideas del fanatismo supremacista de la dictadura heterosexual de siempre.

¡Por el amor de Dios!, cómo será que la cuarentena ha exacerbado los oscurantismos que la violencia digital contra personas LGBTI+ se ha incrementado de manera exponencial. Los mensajes de odio LGBTI-fóbicos por redes sociales han marcado una tendencia perjudicial los últimos días.

A la ya difícil situación que afrontamos las disidencias sexuales o sexo-género diversidades, ahora se le suma ser culpables de la “venganza de Dios”. Rabinos, pastores, curas y demás aprovechan la situación para afianzar, con saña, su cruzada inquisidora, la que ha producido miles de suicidios a nivel mundial.

Si comparáramos los índices de personas que han sido incitadas a atentar contra sí mismas durante siglos, producto del asedio religioso, los números serían parecidos, incluso superiores, a las actuales cifras de muerte por covid-19.

Tan virales como el coronavirus han sido las expresiones de amenaza, satanización y estigmatización esbozadas por parte de representantes de distintas religiones.

Como personas LGBTI+ cada día nos encontramos en una lucha por la vida. Al ser excluidos y excluidas, de manera prematura, de nuestros entornos familiares nos vemos pronto cara a cara con el desamparo.

Muchas personas LGBTI+ conviven en espacios familiares inseguros, expuestas al acoso y la violencia. Ahora estas mismas personas deben permanecer confinadas las 24 horas al día con sus maltratadores, sin contar con una legislación específica que les proteja, como es el caso de Venezuela, donde aún se espera por el pronunciamiento de la Asamblea Nacional Constituyente sobre la propuesta entregada en 2018, ante su Sala Constitucional, por la población sexo-género diversa para garantizar la progresividad de derechos en la Carta Magna, en favor de la protección, atención y prevención de la violencia contra las personas LGBTI+.

Producto de la exclusión social histórica, las personas LGBTI+ somos relegadas a existir en los márgenes sociales, considerados ciudadanos y ciudadanas de segunda; a veces, ni siquiera eso.

Si además de ser lesbiana, gay, trans, bisex o intersex eres también una persona afro, pobre, indígena o con discapacidad, la intersección de estas opresiones teje la cadena de obstáculos que la sociedad adosa a tu destino, como un grillete al rojo vivo.

La exclusión sistemática produce que un número importante de la comunidad sexo-género diversa se deba dedicar al trabajo informal, principalmente las mujeres transgéneras, quienes recurren a la prostitución, muchas veces como única salida ante la desprotección y el asedio cotidiano por parte de una sociedad profundamente transfóbica.

Si algo traerá como secuela esta pandemia es una profunda recesión económica que, sin duda, recaerá de manera desproporcional sobre quienes menos oportunidades cuentan para superarla.

Dentro del sistema de salud, ya de por sí, somos uno de los sectores sociales que cuenta con acceso desigual. Ahora, en medio de una crisis sanitaria, donde la “medicina de guerra” prioriza unas vidas por sobre otras, ¿cuánto valdrá la vida de una lesbiana, negra, de periferia?

Como si esto fuera poco, estamos siendo asediados por una ola de violencia religiosa que, sin lógica ni base científica, esgrime las taras de la ignorancia fanática contra la dignidad de las personas LGBTI+.

Entre golpes de pecho y escupitajos al suelo, no he visto al primer religioso o religiosa que condene con el mismo fervor la violencia contra la mujer, la militarización de los territorios, la matanza de liderazgos sociales, la violación sexual a menores o el enriquecimiento ilícito.

Tampoco he visto a las iglesias abiertas para recibir a las y los enfermos por covid-19, mucho menos han soltado un centavo de los diezmos que les quitan a miles de feligreses, con los que financian sus ambiciosas arcas.

Si algún culpable hay que buscar, ¡pues fácil!: tome usted un espejo y pregúntese por cada vez que el egoísmo le haya ganado terreno, verifíquese en su indolencia, reconózcase en su indiferencia y, sobre todo, escúlquese en su hipocresía; seguro encontrará respuestas. Y recuerde, antes de tirar la primera piedra, limpie primero la paja en su ojo.

ÉPALE 367