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Del monte crece una espiga cuyo tallo es derecho a cabalidad. Tiene la dureza suficiente como para sostener el papel de seda, pero su resistencia para la batalla con el viento es demasiado precaria.

Esa espiga era como una rama-escuela con la que aprendimos a hacer papagayos. Se arrancaba con facilidad. Con un pequeño gesto separábamos la corona del tallo. Con hilo “elefante” uníamos las varas para acoplar el andamiaje.

El papagayo, propiamente dicho, era una lámina hecha de papel de seda y espiga. Luego venía el mecanismo de cuerdas. Dos pabilos, en necesaria e imprescindible simetría, formaban un triángulo que sostendrían la cola. Al otro extremo, dos cordeles se ataban con un tercero que surgía del centro de la cruz. De ese equilibrio depende que el hilo que une al niño con el cielo cumpla su función.

El rito de hacer el papagayo era tan intenso como el mismo hecho de volarlo. El largo de la cola era un discurso y una prueba. Allí se agazapaba la duda perpetua: muy larga y el peso no permite el vuelo, muy corta y el bicho caracolea.

La espiga siempre fue demasiado endeble y la mayoría de las veces el animal no remontaba el vuelo, cualquier tropezón deshacía las esperanzas. Pocas veces la combinación entre la dureza de los travesaños, tamaño de la cola, simetría en los triángulos era la adecuada. Así que mi experiencia con los papagayos era tormentosa… una frustración en ciernes a la que se le sumaba que teníamos que montarnos en “el tanque del edificio viejo” para evitar cables y ramas de árboles, cosa que tenía terminantemente prohibido porque subirse allí era “peligrosísimo”.

Mi pertinaz insistencia me llevó a hacer cientos de papagayos. Pero solo se elevaron, y mal, unos pocos. El último que hice fue con mi hijo. Por supuesto que con verada y no con la espiga traicionera. Como siempre, el empeño descansaba en la elaboración más que en lanzarlo al cielo. Pero nos fuimos a una colina, por San Diego de los Altos. El viento solidario y la experiencia en la hechura hicieron el milagro. El barrilete se escapó de mis manos, corrió hacia las nubes con un sonido de vela de barco que se abre. Mi corazón pegó un salto y se fue con él. Mis ojos y mi alma, aquí abajo, estaban fascinados. El mejor papagayo y el mejor vuelo de toda mi vida. Le di toda la cuerda que tenía. Mi esposa me jaló por la manga, mi hijo me miraba como esperando. Debo confesar que le pasé la cuerda muy a mi pesar… al fin y al cabo mi corazón estaba allá arriba.

Rodolfo Porras (1957)

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