POR VÍCTOR FHA  • @EPALECCS / ILUSTRACIÓN L. “RAZOR” BALZA

ÉPALE252-SOBERANÍAS SEXUALESHasta hace algunos años, cuando uno se identificaba como feminista en cualquier espacio, la respuesta frecuente solía ser “ni feminismo ni machismo”, bajo el argumento de que tampoco era deseable vivir en una sociedad oprimida por las mujeres. Desde la autodesignación del comandante Chávez como feminista la cosa empezó a cambiar, al menos a lo interno de la Revolución Bolivariana. Ahora el feminismo ya no es confundido con el hembrismo y la reivindicación de varixs dirigentes como feministas ha filtrado la resistencia al término. Podríamos pensar que el precio de la creciente receptividad ha sido la relativización del feminismo en su significación tradicional. Por ejemplo, que el Presidente Maduro permanentemente se asuma y afirme como feminista ha logrado sacudir la taxativa descalificación y menosprecio que sobre el feminismo ha habido en la izquierda de la segunda mitad del siglo XX. Pero hay que mirar el episodio completo y aceptar que si bien el Presidente se afirma feminista ha realizado comentarios machistas u homofóbicos a modo de chiste.

Esto, junto con el análisis de las políticas públicas desplegadas en el marco de acciones feministas, es indicador de que el feminismo ha sido aceptado plenamente en tanto reconocimiento de la mujer en el rol de articuladora social; de organizadora en la base, lo que podría interpretarse como una extensión al campo de lo público-político del rol que el patriarcado le ha asignado en el campo privado-familiar: el de cuidadora y sostén de hogar. No obstante, en una discusión que tuvimos la semana pasada en la Mesa de Género y Feminismo, nos preguntábamos hasta qué punto no estaríamos experimentando una expresión emancipadora que tiene asidero en otro lugar distinto del feminismo clásico, percibido este último como muy severo en su cuestionamiento sobre el modo en que las mujeres viven su día a día y sus identidades.

Nos comentaba en la mesa la compañera Karina Ochoa que en uno de los pueblos indígenas en los que trabajó concluyeron las mujeres que esa división público-privado no tenía equivalente. Los roles del cuidado que ejercían las mujeres tenían igual valoración que los que ejercían los hombres en otros campos, aunque efectivamente no se producían de la misma manera que en nuestras sociedades modernas. Entonces nos preguntábamos si en nuestros pueblos indígenas y afrovenezolanos era similar, y hasta qué punto esa herencia era parte de una apropiación del término “feminismo” que en la militancia asociamos a las propuestas más clásicas (y por tanto modernas) del feminismo socialista. Esto no quiere decir que debamos aceptar sin chistar comentarios y acciones que consideramos machistas, pero sí evaluar en qué medida ese feminismo socialista es una camisa de fuerza que genera rechazo en una población sincrética y pluricultural como la nuestra.

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