Réquiem por un cantor inmortal

Cumpliría 79 años Alí Primera. ¿Estaría vivo? ¿Sería chavista? Queremos suponer que sí a todo. Pero el destino (o el diablo) decidió arrebatárselo al amor de los venezolanos siendo aún muy joven y en el cenit de su productividad. Vivió para el canto y Caracas fue tan suya como el resto del alma de un país que lo inspiró

                                      Por Marlon Zambrano@marlonzambrano                                                        Ilustración Sol Roccocuchi • @ocsenebaFotografías Archivo

Si existe Dios, el bicho es medio vengativo. Si lo que gobierna nuestros actos es el destino, peor aún. No puede ser —uno se niega a creerlo— que la existencia posea el albur inaplazable de lo casual y que ciertos acontecimientos (incluso los extraordinarios) no tengan nada de grandiosos, sino de simple desenlace.

Quién explica que una sola bala desde una distancia imposible, con la mano contraria de su ejecutor y la resistencia del viento, en medio de una concentración minada de público y policías y teniendo como punto de mira un carro en movimiento, haya acabado con la existencia del hombre más poderoso del mundo en uno de los momentos más tensos de la geopolítica mundial, como sucedió con el presidente de Estados Unidos John F. Kennedy en 1963.

Son los sucesos que alimentan la “conspiranoia”, definida como la negación per se de que los asuntos del hombre y la mujer los dirime un simulacro universal. Es decir, parafraseando a Jorge Luis Borges, los espejos que se encuentran con la nada.

No vengas tú con que a El Cantor del Pueblo se lo comió vivo la ciudad.

Es una manera reduccionista de interpretar un hecho increíble, que nos narra magistralmente Ernesto Navarro en una crónica para el portal RT.

“Poco antes de las 3 de la madrugada del sábado 16 de febrero de 1985, Alí Primera salió del estudio en La Guaira (ciudad costera, a 18 kilómetros de Caracas) donde grababa su disco número 16, titulado Por si no lo sabía, con dirección a su departamento.

«Silva perdió el control de su vehículo, voló sobre la barrera que divide ambos tramos de la autopista y chocó de frente con el vehículo de Alí Primera»

Conducía una camioneta Wagoneer (matrícula ASV-523), por la autopista Valle-Coche, una de las más importantes arterias viales de la capital
venezolana.

A esa misma hora, el joven Ítalo Américo Silva Velásquez (de 19 años) regresaba de una fiesta en Los Teques, una ciudad que dista 30 kilómetros de Caracas, conduciendo un automóvil marca Ford. Había consumido alcohol y se desplazaba con exceso de velocidad.

Silva perdió el control de su vehículo, voló sobre la barrera que divide ambos tramos de la autopista y chocó de frente con el vehículo de Alí Primera.” Imposible.

Nuestro Alí

“¡Faltan 8 días para tu cumpleaños Alí Primera! Vendrá el desfile de hipócritas hablándote de Patria Buena mientras el pueblo sufre”, publicó tipo cartel de meme, el cantautor venezolano Centauro Saher en su cuenta de Facebook.

Se prendió la polémica sabrosa: unos lo señalaron de traidor, otros lo aplaudieron. “Estás pasado de escuálido”. “Centauro, el ser socialista es simple: eres o no eres. Tranquilo hermano. De parte del Ejército de Mil Guitarras nunca escucharás, públicamente, improperios contra nuestros adversarios naturales tal y como tú militantemente lo vienes haciendo”, le arrojaron desde los precipicios virtuales.

Más que cantor fue un ideólogo que caló en el corazón de los pueblos

Algunos de los que le secundaban, respondieron: “Muchos lo nombran y no lo llevan en su corazón porque son oportunistas y no revolucionarios”. Alguien más sugirió escuchar de nuevo “Panfleto de una sola nota” y, porsia, mandó un capture de la letra:

Perdonen si esta canción

no salió como un poema

yo soy cantor de mi pueblo

y hay que echar todo pa fuera

la pelea es desigual

pero hay que hacer la pelea

y no me gusta el papel

de estar perfumando mierda.

“Aliprimerista”

Nació en Coro el 31 de octubre de 1941. Sexto de once hermanos, fue uno de los dos que no fueron parteados por su famosa abuela “Mama Pancha” (inmortalizada en sus letras por comadrona y rezandera), sino en una maternidad falconiana.

“Un fuerte impacto en el mentón le produjo fractura de las vértebras cervicales y la base del cráneo. El cantor del pueblo venezolano tenía 43 años y falleció de forma instantánea”, reseñó en sus páginas rojas la prensa capitalina.

 «Fue, además, un impenitente del afecto, la justicia, la investigación, la identidad, los valores patrios»

Entre uno y otros acontecimientos principales de su paso vital por este mundo, no sólo se conformó con sobrevivir, que ya es bastante, sino que vino a constituirse en uno de los referentes fundamentales de la música venezolana de la segunda mitad del siglo pasado, reimpulsado por la gesta revolucionaria durante lo que va del siglo XXI gracias a Hugo Chávez, quien siempre hizo calistenia pública con el canto pedagógico y edificante de Alí, sosteniéndolo hasta hoy como punta de lanza de una vanguardia artística agrupada en el movimiento de La Canción Necesaria, el brazo musical de los fenómenos culturales favorecidos por el Gobierno nacional.

Fue, además, un impenitente del afecto, la justicia, la investigación, la identidad, los valores patrios, etc., lo que garantizó su permanencia en el corazón de los oprimidos, pero también de los enamorados. En la mira de la derecha política, de las posiciones reaccionarias del pensamiento, que lo vieron con malos ojos y que, según su propio testimonio, estuvieron siempre al acecho, acariciando la posibilidad de su muerte.

La ciudad se lo tragó de una manera clásica: cayó en un accidente de tránsito

María Mercedes Cobo lo amó —y lo ama—, quién sabe si como nadie. Esta periodista, feminista y militante de las causas revolucionarias hizo algo también increíble —por impensable— entre las huestes de una universidad privada y elitista de la región centro occidental del país. En la escuela de Comunicación Social de la Universidad Bicentenaria de Aragua decidió dedicarle su tesis de grado a un análisis de contenido de 22 canciones del repertorio de Alí, frente a la mirada escandalizada de la mayoría de sus profesores y compañeros de estudios.

Se considera “aliprimerista” gracias al influjo de su padre, quien desde muy joven la instruyó en el amor por la música venezolana que, además de hacerte mover un pie, te despierte la necesidad del pensamiento crítico y la fascinación por nuestro acervo histórico y cultural.

“Fue mi primera aproximación a los ideales socialistas, comunistas; saber que puede existir otra manera de ver el mundo que no sea a través del capitalismo”, acota para referirse a lo que despertó Alí en ella.

Para su tesis precisó que el cantautor del pueblo venezolano no solamente fue un músico de protesta, sino que se esforzó en crear la canción necesaria junto a artistas de Latinoamérica, pero como pensador e ideólogo.

“Pudimos ver no que él comunicara el Manifiesto Comunista, sino que hacía una canción con esos ideales… hablaba claramente de que el poder debía tenerlo el pueblo para liberarse y que las riquezas debían estar en manos de todos. Por ejemplo: hablaba constantemente del problema de las transnacionales del petróleo y de cómo ese recurso debía ser nuestro. Esa era una temática importante en sus canciones”.

Con sabiduría ancestral y beligerancia de feminista afrovenezolana de las costas aragüeñas, aunque residenciada en Caracas, Meche no sólo identifica la temática ideológica del pensamiento de Alí, sino que observa la otra cara de la moneda: su sentimentalismo a flor de piel. “Era un poeta, con canciones como ‘Frutal el amor’, ‘Cuando nombro la poesía’, ‘Amor en tres tiempos’, donde habla de una manera muy sublime. Pero también ese amor dedicado a los niños, con temas como ‘Lunerito’, ‘La piel de mi niña huele a caramelo’. Pareciera que sus hijos fueron sagrados para él; la niñez, el respeto a la juventud, esos ideales para que las niñas y niños se cultiven”.

Una vez, siendo pequeña, cuenta Meche, hasta soñó con Alí.

Desde su Falcón natal La Marcha de los Claveles Rojos recuerda su siembra

De Truco a Balconcito

Censurado, execrado, excluido, Alí se clavó en el alma de los caraqueños y caraqueñas por méritos propios, desde que arribó a la capital en 1960 para completar sus estudios de bachillerato, con 18 años de edad.

Aunque se opuso a las estatuas…

Cuenta en una deliciosa “entrevista imaginaria” a Pedro Eduardo Concepción: “A Caracas me fui a terminar el bachillerato, allá ya estaban algunos de mis hermanos mayores. Viví de Truco a Balconcito en una pensión de la parroquia Altagracia, aunque todos por ahí decían que eso era más bien parroquia La Pastora. En esa casa vivíamos cubanos, peruanos, colombianos y corianos. Por cierto, cuando tumbaron la pensión para hacer la avenida Baralt, los obreros encontraron una bolsa llenita de morocotas de las que no nos tocó nadita… ¡y tanta hambre que pasamos, compa!”.

De esas faenas, y otras tantas, imaginamos el piélago citadino de un Alí que tornó su canto en lucha, sobre la piel rugosa de una ciudad que lo acogió entre los laberintos de la sedición, desde su voz rebelde.

La ciudad ha sabido homenajearlo durante los últimos 20 años: le ha dedicado plazas, paseos, declaratorias de acervo patrimonial, actos oficiales y esos pedantes monumentos al olvido que son los bustos y las estatuas.

Con razón llegó a decir: “Algo muy importante me impongo: no vincularé el logro de la canción al aplauso ni al éxito radiado. El cantor es la negación del ídolo y no me gustaría serlo. El ídolo cae primero que el hombre”.

ÉPALE 388