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UN PASEO POR UNO DE LOS PARQUES MÁS CUIDADOS DE CARACAS PODRÍA HACER QUE UNA SIEMPRE QUIERA VOLVER A REFUGIARSE BAJO LA SOMBRA DE LOS ÁRBOLES

POR NATHALI GÓMEZ • @LAESPERGESIA / FOTOGRAFÍAS CAMILLE BRICEÑO

El oeste de Caracas siempre sorprende. Cuando desaparece el estigma o el prejuicio de quienes creen que la ciudad posible empieza después de Plaza Venezuela, las maravillas cotidianas surgen. A la salida de la estación del Metro Gato Negro, custodiado por la escultura La culebra y colibrí del artista Doménico Silvestro, se encuentra este parque que ha tenido tres nombres: Del Oeste, Jóvito Villalba y, actualmente, Alí Primera. Unas rejas lo separan de la avenida Sucre que, como su par, la Urdaneta, nunca duerme. Afuera confluye un tránsito caótico y las colas de quienes esperan los autobuses que van a La Guaira. Los vendedores ofrecen sus productos en esta mezcla de improvisado terminal y puerta al parque. Apenas se entra, todo cambia de una manera radical. La bullaranga exterior muta en sonido de la brisa acariciando las hojas de los árboles y las alas de los pájaros. Atrás quedan los años cuando esta zona terminaba con un oscuro viaje a las afueras del Retén de Catia y sus historias de horror. Ahora, en ese mismo sitio, se ve la estructura de la Universidad de la Seguridad, creada en 2009.

Del lado izquierdo, muy cerca de la entrada, se encuentra el Museo Universitario Jacobo Borges (quien en su juventud vivió en Los Frailes de Catia), que forma parte de la Universidad Experimental de las Artes (Unearte) desde 2011. Allí los estudiantes han tenido la oportunidad de presentar muestras de sus trabajos de grado.

Los chorritos, siempre populares

Los chorritos, siempre populares

En la plazoleta central, que tiene vista al Ávila, hay unos chorritos, similares a los del Parque Hugo Chávez, que ponen en funcionamiento los fines de semana. Allí está el atractivo principal para los niños, que nunca le dicen que no a jugar con agua. A su alrededor hay varios puestos donde unas señoras, que escapan del sol, venden dulces criollos y papelón con limón. Hacia el fondo solo hay verdor. El lugar se encuentra tan bien cuidado que varias personas lo comentan con una mezcla de asombro e incredulidad. La brisa, que se cuela por las copas de los árboles, produce un sonido que podría llegar a ser hipnótico.

IDEA DE LA COMUNIDAD

Aunque el parque, diseñado por los arquitectos Gregory White y Elsa Salas de White.fue creado en 1979, no fue hasta 1983 que se abrió al público. Sin embargo, su historia no empieza allí. La comunidad, de la mano de ProCatia, recogió en una maqueta, hecha con paletas de helados, sus necesidades y las llevó casa por casa para recoger firmas que impulsaran su construcción. Tras recaudar 800.000 rúbricas, las autoridades reconocieron la importancia del proyecto y allí lo echaron a andar, recuerda Freddy Córdoba, cronista de Catia, durante un foro en la pasada Filven (Feria Internacional del Libro de Venezuela), según recoge la página web de Fundarte.

Un parque de caleidoscópica configuración

Un parque de caleidoscópica configuración

En el parque actual hay varias canchas, gimnasios al aire libre y una concha acústica (donde juegan baloncesto y futbolito) diseñada por Alejandro Pietri Pietri y que parece un rinoceronte dormido en medio del parque. Además, hay unos lagos artificiales que refrescan la zona y le agregan una vista bucólica al conjunto.

LOS ÁRBOLES

Un domingo, un abuelo de 90 años abrazaba un árbol. Al preguntarle la razón, respondió que allí se recarga de la energía que lo ha hecho llegar tan lejos. La escena se extiende hacia un banco donde unas mujeres, o arañas tejedoras, cuentan que decidieron mudar su lugar de práctica de croché y macramé a este lugar porque el Parque del Este les quedaba muy lejos y estaba muy descuidado.

En las 14 hectáreas del parque la sombra de los chaguaramos, las palmeras, los araguaneyes, los caobos, las ceibas, los robles, los jabillos y tantos más cobijan a quienes se acuestan en la grama para hacer una pausa. Los niños gatean hasta donde la mirada vigilante de sus padres lo permite y un adolescente trata de convencer a su mamá de que adopten un gato que mira con indiferencia a su alrededor.

Para los que apuestan a la privacidad virtual

Para los que apuestan a la privacidad virtual

No todo es quietud. Hay deportistas con músculos forjados por el entrenamiento que pasan como gacelas cerca de quienes caminan sin prisa. Varias partidas se juegan en las canchas, de donde siempre salen gritos a favor o en contra, y varias personas se animan a ejercitarse en los parques mecánicos al aire libre, donde quienes más se divierten son los pequeños que juegan, se caen e insisten.

El elemento clásico de todo parque no falta: la pareja que escoge un lugar solitario para fingir que existe una privacidad que solo ocurre en su mundo, pues todos los vemos acariciarse pero hacemos como si no los viéramos. En un costado de las caminerías del Alí Primera también hay un área destinada a la agricultura urbana. Desde la reja, que lo separa del conjunto, se asoman ramas de cebollines y lechugas. Para saber que más ocurre hay que tener un permiso. La próxima tal vez.

A lo lejos, los bloques del 23 de Enero parecieran vigilar lo que ocurre en el parque. Es difícil que su monumentalidad se escape. Dentro, los niños juegan a escalar en un parquecito infantil que queda en el centro de varios quioscos donde, al mismo tiempo, se celebran varias piñatas. Frozen compite con Rayo McQueen y las madres inflan bombas y hacen milagros para que los pasapalos alcancen para todos.

Al teminar el recorrido del parque, que tiene forma ovoide, está la escuela básica Miguel Antonio Caro. Allí, una fila de bustos siguen con su mirada adusta a la muchachada que persigue o encesta un balón. El paseo se terminó. De nuevo está la avenida Sucre, recordando la continuidad de los parques.

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