ÉPALE264-JOSÉ FÉLIX RIBAS

LOS QUE ESCRIBEN LA HISTORIA BURGUESA HAN QUERIDO QUE RIBAS SEA RECORDADO POR UN EPISODIO EN EL QUE COMBATIÓ A LAS MASAS DE DESPOSEÍDOS (12 DE FEBRERO, BATALLA DE LA VICTORIA). HACE RATO SONÓ LA HORA DE RESCATAR SU TALANTE DEFENSOR DE LAS CLASES POPULARES

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

La cosa ocurrió en la esquina de Principal, ahí mismo en esa plaza que antes se llamaba Mayor y hoy Bolívar; ahí donde usted hoy se toma un chocolate más o menos barato, antes o después de presenciar algún espectáculo en el teatro. Precisamente de un espectáculo ocurrido allí hace 219 años le queremos hablar.

Para esa ocasión fueron invitadas a esa esquina de la plaza todas las autoridades de Caracas y sus ciudadanos, incluidos los niños estudiantes de las escuelas con sus maestros. Todos fueron colocados frente a un coroto que no conocía mucha gente, pero del que fue notificado todo el mundo el día anterior: se trataba de un cadalso, y en ese bicho iba a ser ejecutado un hombre. Juan Vicente González y otros cronistas describieron el episodio con un lujo de detalles que ni en tiempos de Youtube: lo que quedaba de un hombre torturado, humillado, amarrado a la cola de un caballo y arrastrado hacia la esquina de su último suplicio, un cura caminando a su lado tratando de sacarle los últimos arrepentimientos y confesiones. Llegan al pie del coroto de la muerte y un soldado va a ayudarlo a subir, pero el reo se sacude y evita que el soldado lo toque. Entonces el cura, amigo de la infancia de aquel condenado, lo reprende dulcemente: hijo, eso que acabas de hacer es pecado: el pecado del orgullo. Lo insta a que se arrepienta de esa cosa tan fea a los ojos del señor, nadie debe morir cargando encima una culpa. El reo se arrepiente y, entonces sí, queda listo para irse de este mundo. Se deja entonces ayudar a subir los pocos peldaños hacia arriba.

El espectáculo que vino después es peor de lo que cualquiera puede imaginarse. Lo narraremos con detalles la próxima semana, en esta misma revista y en esta misma sección. Puede ir leyendo o releyendo, mientras tanto, la narración que al respecto hace Juan Vicente González, pero pueden tener por seguro de que el escritor se quedó corto.

Muchos de los que presenciaron el suplicio y muerte del mártir José María España ya más nunca se atrevieron a tener ni un mal pensamiento contra su majestad, desmoralizados, aplastados o apocados con ese espectáculo. Pero ese no fue el caso de un muchacho, amigo personal del ejecutado: José Félix Ribas (quien dieciséis años después tendría una muerte así de tétrica y así de estrambótica) salió galopando de esa plaza a continuar y perfeccionar la conspiración contra el régimen colonial.

EL HOMBRE QUE NO ENTENDIÓ BIEN

De Don José Félix Ribas se ha dicho que era mantuano auténtico, es decir, que era de origen noble (Don: siglas de “De Origen Noble”), pero dos cosas lo convertían en sospechoso o calificable como “blanco de orilla”: su padre era canario (ni de la metrópolis ni caraqueño) y además su fortuna tenía el más vil de los orígenes: el papá al menos fue alcalde y regidor, pero el hijo, para mantener el patrimonio y agrandarlo, tuvo que trabajar, y de paso en la agricultura: Qué-bo-las. Un empujoncito más hacia abajo y ya casi era un vulgar pardo, como Francisco de Miranda. Después se casó con una tía de Bolívar y eso le terminó de blanquear el abolengo o al menos la bragueta, pero su trayectoria siempre estuvo asociada al grupo social de los pardos, aunque por fuerza de las circunstancias tuvo que pelear en contra.

Cuando estalló en serio y en firme la conspiración contra España (recordar: ya no contra la corona sino contra “el usurpador” Bonaparte) Ribas era de los que más agitaban y discurseaban en la Sociedad Patriótica, que funcionaba en la esquina bautizada precisamente como “Sociedad” (aunque con anterioridad y por otras razones), ahí mismo donde tanto se agita y se discursea ahora en esas colas monumentales para entrar al Banco de Venezuela. Como suele suceder en las revoluciones, hay grupos que quieren hacer las cosas pasito a pasito, suave suavecito, de manera ordenada y sin muchos sobresaltos, y hay otros que quieren acelerarlo todo y llevar la historia por el camino del drama y la destrucción violenta del sistema opresor. Ribas era de los segundos y bastante trabajó en esa dirección al lado de su sobrino político, que en uno de esos discursos acuñó para la historia el eslogan: “¿Cómo que Des-pa-ci-to? ¿Trescientos años de calma no bastan?”.

LOS PRÓCERES DE LA INDEPENDENCIA, ESPANTADOS PORQUE ESTE LOCO NO ENTENDÍA QUE EL SIGNO DE LA REBELIÓN ERA LA MODERACIÓN, LO CASTIGARON MONTÁNDOLO EN UN BARCO Y ENVIÁNDOLO A CURAZAO

Su carácter libertario y apasionado lo metió siempre en problemas. Ya antes de 1810 la corona española lo había sometido a juicio porque sospechaba de sus conspiraciones (se salvó porque contó con buenos defensores), y como ese espíritu conspirador no lo abandonó jamás, cuando ocurrió el 19 de abril de 1810 y se creó la Primera República también le resultó incómodo a las autoridades republicanas: el hombre organizó una protesta en Caracas contra unas ejecuciones ocurridas en Quito y no se le ocurrió mejor cosa que rodearse de pardos y negros para armar un pleito callejero. Entonces se convirtió en el primer exiliado político de la Primera República: los próceres de la independencia, espantados porque este loco no entendía que el signo de la rebelión era la moderación, lo castigaron montándolo en un barco y enviándolo a Curazao.

A los pocos meses, cuando los demás entendieron que la cosa no iba a poder ser por las buenas, regresa Ribas y se le encomienda dirigir unas milicias en Barlovento. Más tarde necesitaron de sus servicios en La Victoria y entonces ocurrió el episodio por el que más se le recuerda: la organización de un ejército de novatos para ir a resistir en aquella plaza. El “Día de la Juventud” ha sido tradicionalmente abordado desde una perspectiva clasista que exalta los valores de la aristocracia criolla (mantuana) en proceso de extinción, y criminaliza al ser humano en pobreza que insurgía contra sus opresores. La figura histórica cuya acción se enaltece es “la flor de la juventud caraqueña”, seminaristas y estudiantes de la Universidad de Caracas; valga decir, el privilegiado segmento de la juventud que tenía derecho a la educación. El ejército popular de Boves, compuesto por la servidumbre y los esclavos de fincas arrasadas en el llano por la furia del pueblo, venía avanzando triunfante desde finales de 1813 y había propinado amargas derrotas al ejército republicano, incluyendo una muy dolorosa en La Puerta. Boves fue herido en Villa de Cura pero su ejército continuaba avanzando hacia Caracas. Ribas, urgido a reclutar ciudadanos que defendieran la ciudad de La Victoria, ante la negativa de los pobres (sirvientes y esclavos de esos mantuanos independentistas), debió captar para la defensa a los hijos de los mantuanos de Caracas y otros poblados cercanos. Como solo los pobres sabían hacer la guerra los oficiales republicanos tuvieron que adiestrarlos a toda prisa mientras se aproximaban a los valles de Aragua. Una vez en La Victoria procedieron a atrincherarse y resistir durante unas horas el acoso del pueblo enfurecido. Al caer la tarde llegaron refuerzos; Vicente Campo Elías se aproximaba con su división de caballería y la turba de esclavos debió abandonar el asedio. Ribas, líder de los pardos según la estructura independentista, es celebrado por una acción en la que debió enfrentar a los pardos y negros.

Ribas hizo algunas otras cosas contra la autoridad, la más dramática de ellas en contra de su sobrino político, ese que llamaban Simón Bolívar. Cuando Boves persiguió al Ejército Libertador hasta oriente, Bolívar y otros decidieron montarse en un barco rumbo al Caribe para reorganizarse; Ribas, junto a Piar (este sí, pardo por todo el cañón) y otros más decidieron quedarse resistiendo, y además levantaron un juicio contra Bolívar por lo que consideraron una vulgar huida. Piar pagaría más tarde con la vida este atrevimiento que cuestionaba la autoridad de Bolívar.

Ribas murió antes que Piar, el 31 de enero de 1815, mientras regresaba por el llano hacia Caracas. Un esclavo suyo delató su ubicación a las afueras de Valle de la Pascua. Tal como él mismo presenció dieciséis años atrás que había ocurrido en la persona de su amigo Jose María España, fue capturado, vejado, torturado, ahorcado y desmembrado. Su cabeza, frita en aceite, fue exhibida como escarmiento en una jaula. Pero la Venezuela que nacía no escarmentó, y gracias a este tipo de crímenes y sacrificios tuvimos y tenemos patria (y todavía hay imbéciles que se extrañan, se burlan y se quejan de que tengamos que pagar cara la comida para seguirla teniendo).

ÉPALE 264

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