ÉPALE311-MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE •@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Ya es el tiempo: en esta época hay comida gratis, proteína para el que se acerque a agarrarla con anzuelo, con atarraya o con las manos. Ya hay ribazón; el pescado acude masivamente río arriba a desovar en los ríos llaneros (incluido el Orinoco) y, en esa violenta y tumultuosa migración, se deja agarrar por sacos en las orillas, en las embarcaciones. Hay ribazones de coporo, de palometa, de pabón, cachama, distintas variedades de bagres y de otras especies.

Usted se acerca a determinados ríos y se entera, de boca de los habitantes de los pueblos y caseríos, cuándo pasaron o por dónde vienen los gigantescos cardúmenes; va allí, se acomoda donde vea a los demás o donde le indiquen, recoge el pescado y lo prepara en el sitio, o se lo lleva para repartir entre su gente.

Parece un mito o fantasía, pero es absolutamente verídico: hay lugares y ocasiones en que los peces vienen saltando, y si usted está en el sitio correcto los animales saltarán dentro de su canoa o embarcación. Así de regalados: la ribazón es la fiesta de la entrega, la naturaleza se desata en toda su generosidad y el ser humano va y se aprovecha a su manera. Esa “manera” puede ser muy noble, pero también muy perversa.

En el mejor de los casos usted ve a la gente sacando pescados a placer y preparando en el acto los respectivos sancochos, y luego repartiendo la pesca a partes iguales o según otros criterios, como la necesidad o la fraternidad. Hay pescado para todos; desaparecen entonces el ansia y la noción de propiedad y todo el mundo queda contento, o nadie se siente despojado.

Los problemas comienzan cuando ese instinto ancestral, que viene con la libre recolección, desaparece para darle paso al dueño, al propietario, al mercantilista y al acumulador: me quiero llevar 500 kilos para vender este pescado (que es gratis, que yo no crié ni compré ni sudé) y lo monto en mi cava o camión. Ruedo unos kilómetros buscando llevarme a mi ciudad y a mi casa este tesoro o botín, y entonces te cae la autoridad uniformada.

Algunas veces esa alcabala tiene un sentido de justicia: te decomiso el pescado si no tienes un papel que te autorice para trasladarlo (y a veces te quito pescado o dinero así tengas el papel), porque algo me dice que te vas a beneficiar comercialmente de esta mercancía (ya ves: el pescado dejó de ser comida, ahora es algo que se compra y se vende y se roba). Y otras veces tiene el sentido miserable y coñoemadre que ya tú sabes: te lo quito porque te lo quito.

Y está el otro fenómeno: el pescado que es sacado por toneladas rumbo a Colombia, por las inmensas autopistas que son los grandes ríos binacionales.

Entonces, sigue teniendo un mejor sentido y un mejor provecho acercarse al río llanero y comerse los pescados que se pueda, en el lugar de la pesca.

No tenemos una cuenta exacta, pero es muy probable que haya allí proteína para 30 millones de venezolanos. Mientras hay gente que pasa hambre o dificultades para conseguir comida, en los extensos territorios del Centro y del Sur el alimento se entrega por miles, o millones, y la mayor parte de ese alimento consigue escapar para reproducirse.

Si usted no ha entendido que estas líneas son una invitación para que salga corriendo a los ríos llaneros, preferiblemente entre enero y febrero, entonces esta columna habrá perdido el sentido (y el autor habrá perdido su tiempo).

ÉPALE 311

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