Rock Nacional

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

A finales de los años cincuenta del siglo pasado, se empieza a sentir el murmullo de un grito generacional por los lados de la “tierra del sol amada”, cuando una muchachada díscola se deja seducir por las tonadas en inglés que radiaban las emisoras anglo, germinadas bajo el cobijo de las aldeas petroleras. Nace Los Impala.

Esta agrupación, pionera de un movimiento emergente que fusila en su idioma original la música popularizada por la industria cultural norteamericana, luego de despojar de sus códigos musicales a la estirpe esclava del sur de Estados Unidos, parece el punto de partida de algo cercano a un movimiento que no pasó de meneo.

No fue nada distinto al resto del mundo. El poderoso engranaje de los medios masivos de comunicación, que estrenaba la televisión para modelar novedades y tendencias, arrojó sobre medio planeta el estereotipo del chamo desmelenado con su guitarra a cuestas, arreando carajitas a punta de música estridente y pegajosa, con estribillos que coronaban el famélico yeah yeah, que no significa ni “vergación” ni “qué molleja”, ni se le parece.

No es gratis: la idea de desarrollo que acompañó al boom petrolero, con grata salud a mediados del siglo XX venezolano, vino aderezada con la propuesta ideológica de movimiento grupal, a la postre, nicho de consumo que haría célebre a la Venezuela Saudita de mediados de los años 70.

El rock hecho en Venezuela se hizo de su público cautivo natural: la juventud amante de las novedades, dispuesta siempre al riesgo, por oposición a lo establecido. Cada cierto tiempo la nutrió de nuevas expresiones, que las más de las veces —a diferencia del rock y sus causas históricas— lo que hizo fue caricaturizar la rebeldía de las clases populares periféricas, el inconformismo de los desposeídos, el anarquismo como propuesta de acción política y una cruzada empírica contra todo lo que representara burguesía y actitud conformista.

Por el contrario, vimos, vemos y veremos (con contadas excepciones) a las agrupaciones nacidas en la comodidad urbanizada del este del este (la única capaz de costear instrumentos, conciertos y giras) cantando contra el sistema, rebelándose contra el aburrimiento y llamando a incendiar la ciudad, cual guarimberos.
Sí, hay quienes notaron a tiempo la trampa y se esforzaron por construir vanguardia, pues, más allá de las modas musicales, el buen rock es una actitud frente a la vida y, sobre todo, una postura sediciosa frente al establishment.

Innegable que se ha hecho buena música; que entre los años 80 y 90 casi se logra posicionar algo, más o menos cercano a una movida al estilo argentino y mexicano, pero en estas horas aciagas, pareciera que no se puede hacer rock en Venezuela si no eres burgués. Si eres negrito, estarás siempre bajo sospecha. Y si eres chavista, ya, de plano, estás condenado al cielo eterno, la antítesis del infierno de los Rolling Stones.

ÉPALE 401