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HACE 99 AÑOS VINO AL MUNDO UNO DE LOS ÍCONOS DE LA ESPAÑA PUEBLO, LA QUE DIO LO QUE PUDO E HIZO LO QUE LA HISTORIA LE PERMITIÓ EN LA GUERRA CIVIL. “LA DINAMITERA” MURIÓ EN 2008, PERO UN POEMA DE MIGUEL HERNÁNDEZ LA TIENE ANCLADA A LA POSTERIDAD

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

Hace unos años, en los planteles de educación media de España, hicieron una encuesta para explorar algo así como los “niveles” (?) de conocimiento y comprensión de la Historia entre los jóvenes de ese país. Breve paréntesis y anotación: hablamos de jóvenes en un universo demográfico que desde hace décadas está envejeciendo a una velocidad alarmante: en España nace menos gente de la que muere, y los jóvenes han dicho que no quieren procrear sino gozarse la vida (de allí que el gobierno de Aznar haya estimulado a los ciudadanos, en su momento, con un bono: 2.500 euros para las parejas que tuvieran un hijo: lo que la naturaleza no fomenta por sí sola hay que ayudarlo con plata). Cerrado el paréntesis; volveremos sobre esta idea más abajo.

Una de las preguntas de la encuesta mencionada inquiría a los jóvenes para que explicaran a qué cosa les sonaba la palabra “Guernica”. Cerca de 60% respondió que eso era un cuadro; algo así como
25%, que era un pueblo. Y el resto declaró no saber qué cosa era ni si esa palabra le sonaba remotamente a algo más, por algún recuerdo o referencia. Después de todo, parece que el español Picasso pudiera tener más derecho a la inmortalidad que los vascos despedazados en Guernica.

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La imagen que en el resto del mundo tenemos de ese cuadro que, en efecto, se llama Guernica, es una impresión nítida, resplandeciente, con unos blancos, negros y grises bien definidos. Pero cuando uno se enfrenta a la obra original (creo que todavía está en el Museo Reina Sofía) la verdad te cae sólida en la cara. Se trata de un tablón de madera que pudo haber sido un portón de casa señorial o de iglesia, envejecido, tosco y rudo como una vieja grosería. También tiene algo de mesa de campesinos pobres, pero gigantesca; lo que uno aprecia en las reproducciones como una serie de trazos finos, delicados, termina siendo en realidad un montón de rayas hechas con rabia y un poco de descuido. No hay negros ni blancos purísimos sino un sepia, una cosa antigua, una maldita tabla que alguien olvidó en los rincones de algún galpón. Uno mira el cuadro en el papel o en la pantalla, acompañado de las explicaciones de los expertos en Arte y en Historia, y no siente nada; vas a verlo en persona y se te forma el inevitable y maldito nudo en la garganta. Te paras frente a él y el museo, la atmósfera artística desaparecen y empiezan a sonar sirenas, explosiones y ronquidos, y comienza también a oler a mierda con sangre. Porque a eso huele, sabe y encandila la guerra. Vayan sabiéndolo: Guernica no es un cuadro.

 

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ÉPALE273-PERFILHay una entrevista a Rosario Sánchez Mora, “La Dinamitera”, disponible en Youtube; le fue hecha en los años finales de su vida. A simple y primera vista se trata de una doña que uno se encuentra fácilmente en cualquier calle de La Candelaria: una señora española jovial, de cabello corto y blanco, vestida con sobriedad pero sin elegancia. Habla con ese acento y esa modulación inconfundible que despliega zetas, erres arrastradas y ese cantaíto castizo que nuestra percepción, o quizá nuestra ignorancia, sigue llamando “gallego”. Pero uno le sabe la historia, o la parte gruesa de su historia (como al Guernica), y entonces comienza a mirarla con otros ojos (como al Guernica). De pronto, la doña de La Candelaria desaparece y en su lugar aparece la muchacha que desde los 17 años supo lo que era combatir en un frente de batalla y ver morir a muchos compañeros, la combatiente de las Milicias Obreras de la República, la vieja tallada en madera vulgar y ruda, y mire que la rudeza no tiene nada que ver con modales toscos o violentos. Ella es la dueña de la dulzura, la matrona respetable, pero algo en su forma de expresarse informa que no es una vieja burguesa sino una exguerrera de la calle y de algo más violento que la calle, una sobreviviente. Pronuncia las palabras con la exactitud de 5.000 años de decantación del idioma, suelta carcajadas francas y palabrotas extrañas, y de repente relumbra el detalle: la mujer agita y señala con el brazo mutilado hasta mucho más arriba de la muñeca, ese brazo destrozado que un cartucho de explosivos convirtió en estrella, según el poeta Miguel Hernández, y que al principio oculta con su única mano pero luego queda liberado y lo usa para acomodarse el reloj de pulsera, para ejecutar la gestualidad que enfatiza su relato y para recordarle al mundo que al fascismo hay que combatirlo por todos los medios y en todos los terrenos. También hay un brazo derecho desprendido en Guernica: sostiene una espada rota.

Rosario tuvo acción los tres años que duró la Guerra Civil Española. A la segunda semana de estar combatiendo y aprendiendo las artes de volar en pedazos al enemigo y a su equipamiento, perdió la mano derecha y parte del brazo mientras manipulaba dinamita. Esto pudo haber significado su retiro de la guerra, pero hubo un momento en que solo la muerte retiraba de la guerra a los españoles, así que se recuperó de su lesión y continuó activa en las milicias realizando varias tareas. En esos menesteres andaba cuando tuvo ocasión de trabajar en el reclutamiento de mujeres al lado de otra leyenda: Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”. Pero la más importante de esas tareas se sobrepuso a las demás: aquella joven que todavía no llegaba a la edad de 20 servía de ejemplo e inspiración a los demás milicianos, y es probable que todavía hoy les sirva de inspiración a muchos guerreros y aspirantes a milicianos.

LIBERADA POR LA DICTADURA, FUE CAPTURADA DESPUÉS POR ESCUÁLIDOS FASCISTAS EN LA CALLE Y ENVIADA A OTRA PRISIÓN. Y LUEGO TRASLADADA A OTRA, Y A OTRA

A mitad de la guerra quedó embarazada y parió una niña. Luego de meses sin noticias de su marido, combatiente republicano como ella, al finalizar la guerra intentó huir con su padre por Alicante, y dejó a la criatura al cuidado de la familia paterna. Instalado Francisco Franco como dictador había iniciado la persecución, cacería y encarcelamiento de todo lo que oliera a comunista, anarquista y socialista; por supuesto que esa figura cimera, visible y emblemática de la España digna fue fácil de ubicar: su papá fue fusilado y ella encarcelada. Así como anduvo de trinchera en trinchera durante la guerra anduvo luego de cárcel en cárcel; liberada por la dictadura, fue capturada después por escuálidos fascistas en la calle y enviada a otra prisión. Y luego trasladada a otra, y a otra.

Madera añeja, esculpida y pintada a centellazos furiosos: la vida de Rosario Sánchez culminó, apacible y sosegada, favorecida además en su vejez por la lucidez y la buena memoria. En el video de la entrevista que rueda por la red la ponen a leer el poema que le dedicó Miguel Hernández, su admirador. Tuvo —o tuvimos— la suerte de que conociera a Hernández, a Aleixandre y a otros poetas de la Generación del 27. La vieja combatiente lo recita con una serenidad que se sobrepone a toda amargura y a todo dolor: “… de dinamita furiosa (…) Digna como una bandera”.

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