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EL CANTAUTOR PANAMEÑO ES LA RATA DE LABORATORIO MÁS FAMOSA DEL ÁMBITO UNIVERSITARIO NORTEAMERICANO: MIENTRAS ÉL ANDABA DIZQUE “BUSCANDO AMÉRICA” DESDE LAS TARIMAS Y LA TV, LOS GRINGOS LO USABAN A ÉL PARA ENCONTRARLA EN LOS NUMERITOS DE LA INDUSTRIA DE LA MÚSICA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE  ⁄  ILUSTRACIÓN RAUSSEO 2

En una entrevista concedida en marzo de 2014 al diario español El País Rubén Blades soltó estas curiosas declaraciones, acerca de las circunstancias en que ingresó a estudiar Derecho en la Universidad de Harvard:

“A mí me retaron básicamente. Fui allí, me invitaron a hablar de la música y la política. Entonces el decano, que se llamaba Fred Schneider, me dijo que si volvería a estudiar, y yo le dije que claro, que el proceso de educación para mí no terminaba nunca. Me preguntó si ingresaría en esa universidad y yo le respondí que no creía que me aceptaran. Siguió insistiendo, y le dije que si me mandaba la solicitud, lo intentaría. Me aseguró que si estaba pensando en la política no sería mala idea para el futuro darme una vuelta por allí. Yo ni me lo planteaba, le dije que en la universidad había pasado raspando, pero me animó, y me aceptaron por un ensayo que envié y que empezaba diciendo: ‘Tres veces a la semana mi abuela y yo caminábamos al cine Edison que albergaba el aire acondicionado más frío de todo el hemisferio occidental…’. Me aceptaron”.

En un ratico desmembraremos esa pieza. Mientras tanto, la cosa es esta, y este es su contexto.

Estados Unidos, a través de su Departamento de Agüevoneamiento Masivo de Pueblos y Culturas, conocido vulgarmente como “industria musical”, ha captado, distorsionado y convertido en vil mercancía a todo género con ímpetu y vocación de convertirse en movimiento contracultural. De este plan de captación y neutralización no se han salvado ni los cantos ceremoniales de la alborada del blues (devenido en jazz y después en cualquier cosa marca Motown) ni la potencia de una clase obrera como lo fue originalmente el rock, y un poco más adelante la irreverencia hippie; de esa maquinaria de apendejear pueblos no se han salvado ni el reggae ni el hip hop ni prácticamente ninguna manifestación contestataria o tan siquiera ácida o respondona. Usted comienza a levantar una corriente ciudadana que se medio aparte del paquete cultural estandarizado de la sociedad industrial y a los pocos meses ya te absorbieron y te convirtieron en adorno para cachuchas, franelas, calcomanías y vasos estampados.

Y ALGUNOS HASTA CREYERON QUE RUBÉN BLADES Y WILLIE COLÓN ERAN REVOLUCIONARIOS, SOLO PORQUE LE RECLAMABAN AL TIBURÓN: “¿QUÉ BUSCAS EN LA ORILLA?”. PERO EL IMPERIO LES DIJO EXACTAMENTE LO MISMO, A LOS DOS: “MIRA, LATINO E MIERDA, ¿QUÉ BUSCAS EN LA ORILLA?”

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Lo que revela Rubén Blades (ya va: en una canción por ahí él dice que su apellido se pronuncia “bleids”) en esa entrevista es, ni más ni menos, la manera en que la academia norteamericana lo abordó para comprarlo, para captarlo, para neutralizarlo. ¿Para captar, comprar y neutralizar a quién? A un carajo que se estaba convirtiendo en un fenómeno de masas en Latinoamérica, ese arrabal que queda más abajo de la frontera con México, a través de una forma de decir las cosas novedosa, inédita en el género salsa. Con el permiso de los salseros ortodoxos, y con el permiso de notables excepciones como poetas y compositores, como Tite Curet y Rafael Hernández, es preciso decir que, antes de Rubén Blades, las piezas populares y exitosas de la salsa eran en su mayoría joyas musicales, pero con letras muchas veces inocuas, incomprensibles o francamente lamentables. Eddie Palmieri, por ejemplo, trató de decir algunas cosas en clave de alzamiento pero la barrera del idioma no se lo permitió; vaya y busque lo que decían o trataban de decir canciones como “La libertad, lógico” o “Justicia”. La salsa intentaba decir algo a favor de los pueblos oprimidos pero solo conseguía poner a bailar a los pueblos oprimidos.

Salta entonces al ruedo este Rubén, que decía cosas sencillas y profundas, claras y sin posibilidad de equívocos: el tipo evidentemente no era comunista (espantado por Manuel Antonio Noriega se largó a vivir con su familia. ¿A dónde? Pues a Miami), pero sus letras tenían la peculiaridad de alborotar a los comunistas o con algún sentimiento de rechazo a las injusticias sociales. Y lo mejor (o lo peor, desde el punto de vista gringo): el bicho decía cosas en un fuerte tono antinorteamericano.

La gente repetía las letras y se las aprendía y compraba los discos y seguía bailando. Y algunos hasta creyeron que Rubén Blades y Willie Colón eran revolucionarios, solo porque le reclamaban al tiburón: ¿Qué buscas en la orilla? Pero el imperio les dijo exactamente lo mismo, a los dos: “Mira, latino e mierda, ¿qué buscas en la orilla? Vente más pa dentro que los dólares están aquí”. Al Willie Colón lo compraron un poco más barato; al pobre tipo, de origen auténticamente barrial pero destruido por su adicción a las drogas, lo compraron con todo aquello que se inyecta, se fuma y se inhala; a Rubén, de clase media engreída, lo compraron con un boleto de entrada a la Historia. Hace unas semanas le dieron su premio Grammy número 13. Otro de los premiados fue el creador del lubricante anal “Despacito” (Fonsi, dicen que se llama), y en la misma ceremonia nombraron Personalidad del Año a Alejandro Sanz. Ahora vienes y me dices que el Grammy premia la calidad artística. Anda, dímelo pasito a pasito, suave-suavecito.

Y entonces Harvard comenzó a sacar cuentas y a elaborar un plan, que ha resultado en esta consecuencia: en esa universidad existe el Archivo Rubén Blades, una compilación de cada disco, recorte de revista, afiche, periódico, archivo sonoro o audiovisual que existe sobre el cantante. Ningún latinoamericano está mejor monitoreado por esa fábrica de abogados coñoemadres como lo es Harvard (Leopodo López estudió allí, por cierto) que el cantante panameño. Así como la Biblioteca del Congreso de EEUU es el arma más poderosa de ese conglomerado imperial (allí hay información sobre TODO lo que ocurre en tu país: desde el alto gobierno hasta el sexo en las escuelas, la jerga malandra que cambia cada dos horas y el precio de la mariguana, que también cambia cada dos horas), así, de la misma manera, a Rubén Blades le tienen ploteado, escaneado, cada paso dado público y más de un paso privado en su vida. Suponiendo que alguien quiera asesinar a Rubén Blades en Estados Unidos, no haría falta pegarle un tiro, envenenarlo o simular un accidente: ellos tienen algo más contundente en su contra, que es la información. Todo cuanto debe saber un Estado o cuerpo de seguridad sobre el producto comercial y sobre el ser humano Blades está ahí en Harvard.

Se explica entonces por qué se tomó la molestia el señor decano o rector de la universidad de ir a jalarle bolas para que “por favor, te lo pido” (Blades lo dice en la entrevista) estudiara en esa universidad. Anda, no seas malo, ven con nosotros, Rubén. Un texto por no dejar (un bodrio acerca de las idas a un cine con aire acondicionado, acompañado de su abuela), y lo aceptan. Anda, puedes seguir grabando y diciendo todo lo que quieras; total, si algo vende muchos discos, diga lo que diga, le sirve a la industria, si le sirve a la industria no es tan anticapitalista como parece, y si no es anticapitalista entonces también tiene precio. En Estados Unidos no meten preso a nadie por llevar una franela con la silueta del Che. De la misma manera, escuchar a Rubén Blades no es ilegal ni peligroso ni nada; el producto potencialmente incendiario no es una amenaza si quien lo ha comprado es un estúpido que no cree en el contenido sino en la forma. ¿Qué peligrosa va a ser la canción “Plástico” si los sifrinos que se creen salseros son los que más la disfrutan?

Rubén Blades ha dicho que tal vez se lance a la presidencia de Panamá en 2019. Ya saben quiénes tendrán que darle el permiso y las pautas para lanzarse o inhibirse. ¿Los mismos que le ordenan opinar contra este o aquel presidente latinoamericano?

ÉPALE 256

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