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LA HUELLA EXTRAVAGANTE DE BLANCO FOMBONA DELATA EL PROCEDER DE QUIENES SE APEGARON CON INTENSIDAD AL ESPÍRITU ROMÁNTICO. FIGURA DE TRANSICIÓN ÉL MISMO, SU VIDA PARECE EXTRACTADA DE UNA VIRULENTA NOVELA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

“Soy un alma del siglo XVI y un hombre del siglo XX”: Rufino Blanco Fombona se zambullía en la historia de cuerpo entero y, tal vez, quiso convertirse en uno de sus personajes estelares. Probablemente no consiguió esa jerarquía, pero sí impregnó toda una época de transición (la Venezuela pre y postgomecista) con su espíritu violento y una virulencia en la defensa de algunos principios que pudiera llamarse honestidad personal.

Fue historiador, polemista de prensa sucia, poeta, cuentista, novelista y crítico literario; funcionario público, gobernador de estados y provincias en Venezuela y España; pendenciero con la pluma y con el físico, bolivariano a rabiar y, a mismo tiempo, adorador del ancestro hispano. En su momento de esplendor se convirtió en el primer venezolano postulado al premio Nobel de Literatura, en 1926, probablemente más por el deslumbramiento que generaba su personalidad en el mundo intelectual español (fue en España donde lo postularon) que por méritos literarios, aunque habría que revisar bien: tenía 20 años cuando Rubén Darío le prologó un poemario (Pequeña ópera lírica), y algo sabía Darío de poesía.

Un episodio de su juventud lo retrata tal cual fue, desde aquella mocedad en que no sabía si ser o llamarse romántico o costumbrista hasta los días finales de su vida. Corría 1905 y el presidente Cipriano Castro le encomienda una extraña tarea: ser gobernador del Territorio Federal Amazonas. Todavía hoy Amazonas nos parece un asunto lejano y remoto, imagínenselo a principios del siglo XX. Llega allá el joven Rufino, de 22 años de edad, acompañado de un séquito mínimo que incluía a dos hermanos. Llega a San Fernando de Atabapo con esa pinta de patiquín o sifrino, pálido, desguazado por los zancudos prehistóricos del viaje, que entonces se hacía en varios días, en curiara por el Orinoco. La sociedad de San Fernando de Atabapo lo recibe con más curiosidad que entusiasmo, pero igual acude a su toma de posesión en la plaza del pueblo. Se lanza un discurso breve y sencillo, claro, diáfano: “Aquí vengo a gobernar y a que me obedezcan”. Un cronista de la época retrata así el resto del episodio: “La concurrencia se miró las caras, disolviéndose prontamente y la frase se fue río arriba deteniéndose en la Isla de Ratón, guarida de un asesino en potencia, temido por todos los hombres de la región y a quien el gobernador debía mirarle consideraciones especiales y acatarle órdenes”. El sujeto, cacique y pran del Alto Orinoco, se llamaba Víctor Modesto Aldana; no pasaron dos días antes que Aldana le mandara a decir que se presentara en sus predios, que el cacique lo invitaba a almorzar. Rufino rechazó la invitación, gesto suficiente para que el pran se le presentara con sus muchachos armados, con una carta de renuncia que él solo debía firmar y largarse.

EL DELICADO POETA, EL SIFRINO CARAQUEÑO, SACÓ UNA PISTOLA Y ABRIÓ FUEGO. EN EL TIROTEO MURIERON 20 PERSONAS Y ALDANA PEGÓ UN CARRERÓN RÍO ORINOCO ABAJO

El delicado poeta, el sifrino caraqueño, el pobre muchacho esmirriado a quien Castro mandó a morirse en la selva profunda, sacó una pistola y abrió fuego. En el tiroteo murieron 20 personas, y Aldana pegó un carrerón río Orinoco abajo que terminó en Ciudad Bolívar. Allí se metió en el telégrafo y le mandó a decir a Cipriano Castro que Blanco Fombona se había alzado en armas en Río Negro. Resultado: Rufino preso, y más tarde exiliado, por no rendirle pleitesías a un cacique.

Un coronel zuliano recibió igual tratamiento, pero corrió con peor suerte: Blanco Fombona preso por matar de un disparo al militar que fue a decirle que ningún caraqueño iba a mandar en el Zulia.

Con la pluma era igual de violento y de gallardo. Famosa fue una polémica sobre Bolívar y San Martín, que recorrió los periódicos del continente y en la que Blanco Fombona dictó cátedra bolivariana. Se suponía que los argentinos iban a odiarlo después de esa serie de panfletos en los que San Martín salía más o menos despedazado, pero allá lo recibieron con honores y fue en Buenos Aires donde habría de morir, en 1944.

Si quieren pasar un buen rato zambullidos en la pluma de uno de nuestros polemistas más muriáticos busque la obra de este caraqueño, quien cumple años de fallecido por estos días. La Biblioteca Ayacucho publicó un volumen de sus ensayos históricos y allí pueden apreciarlo en toda su contradictoria y recia integridad: duro con los tiranos y jalabolas (fue él quien bautizó Andrés Rata a Andrés Mata, el fundador del periódico gomecista El Universal); riguroso en el análisis, aunque con unos puntos de vista odiosos y racistas (“El destino de los débiles es ser exterminados, despojados de sus tierras, su cultura y sus mujeres”, comentó sobre el genocidio de España en América); y furioso discurseador en contra del imperio anglosajón.

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