Sabores de la memoria afro: resistir desde el fogón

La cuarentena activa

No solo se trata de enfrentar la pandemia, estas investigadoras procuran dignificar la ancestralidad alimentaria

                         Por Marlon Zambrano@marlonzambrano • marlonzb@gmail.com                     Fotografía Franklin Perozo

No es un lugar común farandulero decir que lo que hemos vivido en Venezuela, durante los últimos 6 años, han sido las guerras del hambre. En ese contexto, es imprescindible reconocer que lo que se ha perpetuado es el uso de la alimentación como una forma de sojuzgar a los pueblos a partir de la hegemonía alimentaria que mantienen grandes monopolios capitalistas sobre el hecho cultural, político, histórico y espiritual que es la comida.

En medio del coronavirus, que ha permitido visibilizar nuevamente las grandes asimetrías del acceso al alimento y las injusticias que esto genera en el sistema agroalimentario venezolano (y mundial), alzan su voz dos investigadoras del tema afro que además decidieron poner el acento en la necesidad de “mostrar cómo ha operado el blanqueamiento sistemático de nuestra alimentación, los aspectos que se han perdido y a su vez los mecanismos de resistencia puestos en marcha por la diáspora para seguir construyendo memoria afectiva de origen afro cada vez que comemos”.

Para celebrar el Mes de la Afrovenezolanidad, Ana Felicien y Meyby Ugueto-Ponce decidieron lanzar por los pasillos de la virtualidad la exposición colaborativa “Sabores de la memoria” y así construir redes de alimentos y recetas afro resguardadas por abuelas y abuelos, con una importante participación desde el país y otras geografías transversalizadas por la africanidad como Francia, Brasil, Colombia y Haití y cuyos resultados aún son visibles en la dirección de Instagram @saboresdelamemoriaafro.

“El colapso de los servicios de salud, la rápida transmisión de la enfermedad, y la dramática forma de los decesos y los procedimientos de separación del cuerpo vivo y del cuerpo sin vida, ocasionados por el contagio de la COVID-19, nos está evidenciando de manera descarnada las inequidades ya insostenibles de la sociedad occidental, que se construyó sobre la opresión de nuestros ancestros. Hoy, seguimos siendo las y los afrovenezolanos uno de los sectores más afectados ante esta pandemia” nos dicen como documento de actitud.

—¿De qué se trata el proyecto?

—Ana Felicien: Con este proyecto, buscamos contribuir con el camino de autorreconocimiento como pueblo afro desde la relación más íntima con la naturaleza y con la comunidad: la alimentación. Para ello, nos planteamos comprender los procesos que han determinado lo que comemos, cómo lo comemos, cómo lo producimos y dónde lo producimos. Nos planteamos indagar cómo han sido situados estos conocimientos y prácticas en una estructura jerárquica que, a lo largo de nuestra historia colonial, ha segregado y racializado a los cuerpos, territorios y saberes de la diáspora africana en Venezuela. Con ello buscamos hacer visibles los dispositivos que el racismo estructural ha utilizado para reconfigurar todo el sistema agroalimentario venezolano, su mercantilización y monopolización. Y por supuesto, las estrategias de resistencia, donde la sabiduría ancestral, la creatividad, la productividad y la solidaridad han hecho posible que existamos hoy y que esté viva la memoria afro en nuestras prácticas alimentarias y que son claves para avanzar en la transformación de este modelo agroindustrial caduco.

La cafunga, la ancestralidad.

—¿Cómo podemos rastrear los orígenes de la identidad afro a través de la comida?

—Meyby Ugueto-Ponce: En el caso de Sabores de la Memoria Afro, la evocación de esta última, la memoria, constituye para nosotras la vía subjetiva más importante para revisar, de forma dinámica, la interrelación de todos los factores que constituyen el hecho alimentario con la historia particular afrodiaspórica. Pero creemos fuertemente que no es suficiente hacer alarde de que versátil es el coco en manos de la sabiduría de las abuelas afro, estamos convencidas de que se le debe interpelar con fuerza a la memoria sobre las sensaciones que evoca, las imágenes que trae consigo, los actores involucrados, las prácticas y los conocimientos implicados, las injusticias vividas, las respuestas de superación ante estas injusticias, creadas y agenciadas por las poblaciones afrovenezolanas, a partir de cada rubro, cada mata usada, cada preparación. De esa manera, comenzaremos a acceder a una conciencia amplia de cómo se ha mantenido, a través del tiempo, una injusticia alimentaria condicionada a lo étnico-racial y se ha escondido bajo un exotismo optimista embellecedor, que impide el autorreconocimiento, impone vergüenza étnica, y exotiza las identidades afrovenezolanas ya fragmentadas. Un ejemplo para mostrar este “exotismo optimista embellecedor” es la trillada frase, dicha incluso por propios cacaocultores, por empresarios gourmets del cacao, y políticos oportunistas, “Tenemos el mejor cacao del mundo”. Sin cuestionar que esto sea cierto, la frase invisibiliza 300 años de explotación de cuerpos e intelectos de africanos, quienes sostuvieron la economía global de la Colonia. No se visibilizan las prácticas económicas neocoloniales actuales que reproducen lógicas de producción y explotación subyugantes.

—¿Las recetas ancestrales son una manera de resistir política y culturalmente?

—AF: En este momento Venezuela es el mejor ejemplo de esto. Los alimentos han estado al centro de la disputa política, eso en toda la historia de la humanidad ha sido así. Pero creo que es esta generación de venezolanxs a quienes nos ha tocado ver más descaradamente cómo los alimentos y el hambre han sido utilizados como arma de guerra. Frente a esto, la respuesta de la mayoría de la población ha sido buscar en la memoria y revitalizar el repertorio de comidas a preparar con tubérculos, maíces criollos y mucha más diversidad de granos, por ejemplo, así como en el campo vemos cómo se desempolvan pilones y se buscan las pocas semillas criollas que casi fueron arrasadas por las importadas que llegaron con el petróleo. El conuco empezó entonces a disputar desde la semilla hasta el plato, mientras la agroindustria entró en guerra con nosotros, nos sometió a las colas interminables en sus supermercados y arrancó esa carrera imparable de precios inflados.

—MU-P: al mismo tiempo este juego “de hambre” ha impulsado a reactivar los procesos de autorreconocimiento étnico-racial inconscientes, combatiendo el endorracismo que literalmente nos atraganta. El año 2016 fue un año donde las consecuencias de las presiones internacionales arreciaron muy fuerte en la población y el desabastecimiento alcanzó niveles agobiantes. En ese contexto los rubros locales fueron retomados por los afrovenezolanos, como es el caso del ñame en Barlovento. Me contaba mi tío abuelo Ignacio, que en paz descanse, con una sonrisa en la boca, como el ñame se había acabado en Curiepe, pues todo el mundo comenzó a usar este rubro casi olvidado para las nuevas generaciones.

—¿El racismo también se expresa en lo alimenticio?

—AF: La actual crisis alimentaria que estamos experimentando en esta guerra es una muestra de ello. En este momento lo que parece imperar es la lógica de la ración. La ración fue la cantidad de alimentos mínima necesaria para mantener a las poblaciones esclavizadas de pie, sin importar calidad, diversidad, procedencia de esos alimentos. En el pasado estas raciones no fueron la única fuente de alimento para estas comunidades, fue la diversidad del conuco y fueron todos los conocimientos especialmente de las mujeres que hicieron posible procesar y preparar los alimentos consumidos no solo por los africanos esclavizados, sino también por la élite blanca. Y ahora mismo esa segregación racista se puede leer de forma muy clara en el presente, al igual que la potencia del conuco que nos sigue alimentando. ¿Una imagen que resuma esto?, bueno el contraste entre la caja de alimentos CLAP y los bodegones que actualmente están proliferando en el país repletos de alimentos importados.

ÉPALE 373