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ATRÁS LOS PREJUICIOS. EL LATINAZO QUE HE CULTIVADO A PUNTA DE SALSA BRAVA SACA EL MEJOR BAILADOR DE SU LADO, EXAGERANDO EL FLOW CUBANO, QUE NO TENGO, A VER SI SE MIMETIZA Y ECHA UN PIE

POR CÉSAR VÁZQUEZ / FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO

Por ser coreográfica, muy producida, con el postizo y estereotipado swing a lo cubano, poco espontánea, secta de baile de salón con exceso de “azuuuca” —como diría Celia— y otros edulcorantes, la salsa casino ha merecido, por mucho tiempo, todo mi rechazo y predisposición, como quien sufre de intolerancia a la lactosa.

Una larga lista de prejuicios me han paralizado a la hora de sacar a bailar a una casinera. Toda la batería de pirotecnia aplicada sobre la carne se desvanece en un súbito cambio de pareja: en ese paso te perdiste, y empiezas a multiplicarte como un aprendiz y a tirar flechas como un recién iniciado en la rumba, cuando realmente eres un veterano de Vietnam que hasta el barman de La Asunción en Sabana Grande, si no lo sabe, se lo imagina cuando me saluda.

Estefany un terremoto azul celeste en la pista

Estefany un terremoto azul celeste en la pista

Empiezan a sonar Los Van Van en la voz de Mayito Rivera, uno de los creadores del género, y el corrientazo sube por los pies y se va haciendo difícil permanecer inmóvil  cuando suena la clave de “Abre que voy”.  La salsa casino nace al fragor de la Revolución cubana, en un intento espontáneo de socializar las pasiones alegres, para luego expandirse por el resto del mundo; en Moscú algo de polca la adereza, en Buenos Aires un dejo de tango la complementa. “La salsa es la medicina del pueblo”, me dice Estefany Quevedo, una caballota de Caricuao de labios azules escarchados, que cuando no está bailando es enfermera: Bailando se olvidan los problemas y se curan las penas y los sinsabores, parafrasea, a medias, una canción como respuesta sin dejar de moverse. Lleva dos años y medio bailando salsa casino y otros géneros como eleguá, guaguancó, chachachá y cubatón, pero el casino es lo que la hace brillar en Katimba Salsa, su grupo de baile.

Midiéndome entre las posibilidades de quedar como un latinazo, le pregunté:

—¿Qué pasa cuando alguien que te saca a bailar no lo hace muy bien?

—Estudio su estilo y me adapto. Hay personas que pueden estar avanzadas y otras que pueden estar en un nivel básico, pero ninguno va a perder la oportunidad de gozárselo.

—No es mi caso, pero ¿cómo haces con los que son de palo y no bailan nada?

—Buenísimo, lo que hago es tratar de ayudarlos un poco.

Tanta belleza y generosidad junta me hizo comprender que al cuerpo nada le entra mejor que ese gozo gozozo de dejarse llevar, así que lo mejor era relajar la pelvis y empezar de nuevo. Cada domingo en el Núcleo Endógeno Nuevo Circo hay más salseros que cristianos en todas las iglesias de Caracas. Mario Peña, el “Bon Ice” —o papá de los helados—, aparece sobre una tarima dirigiendo la rueda; recibe dentro de este templo a más de 350 bailadores dispuestos a dejar el pellejo durante cuatro horas ininterrumpidas. Ayer fue el día de la salsa casino, hoy Casineros de Venezuela lo celebra, por eso nadie me niega una entrevista: andan más felices que devotos de Nazareno vestidos de morado.

Después de varias ruedas, toda la cadencia del baile recae entre la cintura y la vuelta, el derrame centrifugado de sabor viene cuando el director anuncia lo que llaman el “despelote”. Con Estefany bailando el derrame es cerebral.

el nuevo Nuevo Circo se convierte en el templo de la Salsa Casino los domingos

El nuevo Nuevo Circo se convierte en el templo de la Salsa Casino los domingos

SER DE PALO TE AYUDA

René Herrera es uno de los fundadores de Casineros de Venezuela. No sabía bailar pero las ganas no le faltaron. En 2007 decide aprender los primeros movimientos de salsa y empieza a recibir clases, para no quedarse más nunca sentado ni de brazos cruzados en las fiestas: “Yo bailaba salsa cero y ni la pepa del ojo sabía mover”, relata, sin trastabillar, sus comienzos. En la academia le fue muy mal: “Éramos los peores, nos regañaban a cada rato y nos miraban feo porque no agarrábamos el paso”, dice René. Para no seguir pasando pena, ni perder los reales, conformaron el grupo de los rezagados con siete personas que asistían todos los domingos al Parque del Este —hoy reconocido como Parque Generalísimo Francisco de Miranda—, de allí viene lo de Casineros del Parque, la primera denominación antes de crear la Fundación Casineros de Venezuela; lo que sucedió al poco tiempo fue que la gente se vino acercando. Dice René: “Muchos nos preguntaban cuánto cobrábamos, y nosotros decíamos que solo estábamos practicando”.  Junto con Antonello, otro de los fundadores, le pasaron el testigo a Mario, quien le daría la forma y el nivel que tiene actualmente. Mario Peña es egresado de la Academia Pedro González, la más grande y reconocida del país; de allí han salido muchos directores formando academias y fundaciones. Fue González el cubano que puso la piedra fundacional y trajo hace 20 años la salsa casino a Venezuela.

Nelian y Julio retgresan al paraiso bailando

Nelian y Julio retgresan al paraiso bailando

SIN SALSA NO HAY PARAÍSO

Nelian y Julio se conocieron bajándose de la camionetica, pero pudieron haber coincidido antes porque asistían con frecuencia al encuentro de Casineros del Parque. Cuando hacían la rueda y bailaban en pareja, por separado, este par se fue acoplando “más allá del ámbito dancístico”, como atiza Nelian. De la camaradería del baile social surgió una relación que lleva más de seis años, pero son casi 13 el tiempo que tienen bailando cada uno por su cuenta. Para Julio es ella quien aporta todo el swing al baile de su vida: “Es la que tiene el sabor al cien por ciento; perdón, al millón por ciento”, corrige.

Ninguno de los dos necesita algún tipo de acicate para desinhibirse y soltar las amarras.“Para mí se hace contraproducente tomarme algo antes o durante el baile, —se refiere a unos tragos o a unas cervezas—la forma de bailar se me trastoca; buenita y sana bailo mucho mejor”, dice Nelian. Cuando empezaba a sospechar que la conversa se estaba haciendo un poco larga empezó a sonar Alexander Abreu con “Me dicen Cuba”, y lo mejor que podía hacer era dejarlos bailar para que retomaran el paraíso de donde los había sacado momentáneamente.

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