ÉPALE 236 SAMUEL MONCADA

DESDE JOVENCITO, EL RECIÉN DESIGNADO CANCILLER, HEREDERO DE UN REBELDE DE ARMAS TOMAR, BUSCABA SU LUGAR EN EL MOVIMIENTO POPULAR. ANDABA COMO UN ALMA EN PENA HASTA QUE SE ENCONTRÓ CON LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA Y CONCLUYÓ QUE SI FEDECÁMARAS, LA CTV Y LA IGLESIA ESTABAN UNIDAS EN CONTRA DEL COMANDANTE CHÁVEZ, HABÍA QUE SUMARSE A ÉL

POR CLODOVALDO HERNÁNDEZ • CLODOHER@YAHOO.COM / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

A Samuel Moncada la cualidad de revolucionario le viene del pasado. No solo porque es historiador sino también por su estirpe familiar.

Su padre, Juan de Dios Moncada Vidal, era coronel a finales de los años 50 y estuvo entre los alzados contra Marcos Pérez Jiménez. Luego se reveló también contra el gobierno provisional del contralmirante Wolfgang Larrazábal. El oficial, que según todos los testimonios disponibles era un cuatriboleado, ya olía lo que iba a pasar con el glorioso movimiento que desalojó del poder al dictador: lo capitalizarían unos cuantos vivos.

El intento de Moncada Vidal fracasó, pero su nombre quedó en la mente de los inconformes con la forma como se estaban desarrollando los acontecimientos en la gestación de la democracia representativa. Así que unos años después, y luego de una espectacular fuga que se inició a bordo de un avión (lo traían a Caracas para seguirle juicio militar), Moncada Vidal pasaría a ser uno de los jefes de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional: la guerrilla que se levantó en armas contra Rómulo Betancourt. Algunos de quienes lo conocieron no dejan aún de estar sorprendidos, pues se supone que era un militar de derecha, de esos que veían comunismo en todos lados, incluso en Larrazábal y hasta en el propio Betancourt.

Pues bien, de allí viene el recién designado canciller, quien creció viendo cómo la utopía de la izquierda venezolana languidecía entre traiciones y entradas por el aro del modelo puntofijista.

Su colega Katty Solórzano habla acerca de esa manera en que Moncada experimentaba su vocación de izquierda, en una época en la que toda salida en esa dirección parecía estar cancelada: “¿Sabes?, Samuel siempre, desde chamo, buscó caminos políticos entre las diversas toldas venezolanas de izquierda, pero las consideraba, no sé cómo decirlo… teóricamente inmaduras, creo que sería la manera correcta de plantearlo”.

Solórzano, quien fue profesora de la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela y coincidió en esas labores con Moncada, recuerda que una vez, hablando del tema de las decepciones políticas, rememoró los tiempos cuando se acercó a Tercer Camino. Le dijo que los militantes de ese partido clandestino esperaban los mensajes de Douglas Bravo, quien les hablaba por radio desde la montaña. Notó que el líder les aseguraba que ya las contradicciones sociales estaban llegando a su extremo, que el cambio venía de seguro, y los seguidores se esperanzaban. “Y la verdad es que aquí estamos, amiga: en la misma”, acotaba Moncada.

En ese tiempo, según relata Solórzano, Moncada se veía triste. “Venía de terminar su postgrado en Oxford y todavía no hallaba su lugar aquí; aunque quería seguir desarrollando su línea de investigación sobre la corrupción, eso era claro, pero creo que ya lo meramente académico no lo llenaba”.

Otro que lo vio en esa búsqueda desesperada de un partido o un grupo para incorporarse fue José Bernardo Gómez, también docente de la Escuela de Historia de la UCV, quien recuerda que un jueves por la tarde lo encontró merodeando los predios de la plaza Las Tres Gracias, escenario de los disturbios semanales de los encapuchados de ese entonces, que no tenían el apoyo de los medios de comunicación ni de los gobiernos extranjeros. Gómez recuerda que algunos de los manifestantes se percataron de la presencia de Moncada y sospecharon de él porque no lo conocían. “Los chamos, entre los cuales no sé si estaría Elías Jaua —dice Gómez en tono de chanza—, estuvieron a punto de caerle a piña. Tuve que intervenir y decirles que ese señor era un profesor de la universidad. Creo que lo salvé”.

LA DEFINICIÓN DE MONCADA COMO PARTIDARIO CLARAMENTE IDENTIFICADO DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA RADICALIZÓ A LA GENTE DE SU ENTORNO: ALGUNOS QUE LO ADMIRABAN EMPEZARON A ODIARLO Y OTROS, QUE DUDABAN DE ÉL, LE DIERON, POR FIN, SU VENIA

Los dos observadores coinciden en que era entonces una especie de alma en pena, desde el punto de vista político. Y en esa condición seguiría hasta que su sendero se cruzó con el del comandante Hugo Chávez.

Solórzano lo recuerda así: “Años después, Chávez lo toma en cuenta luego de leer Los huevos de la serpiente y lo acoge de una manera que nos tomó a todos por sorpresa. Cuando lo vi haciendo campaña contra el golpe de 2002, le pregunté: ‘Entonces Samuel, ¿encontraste la causa perdida?’, y me respondió: ‘¡Claro!, uno no puede estar de acuerdo con algo en lo que Fedecámaras, la Iglesia y la CTV actúan unidos’, y vaya que él sabía de lo que hablaba porque, como historiador, estudió esas tres corporaciones y sus interacciones, desde sus propias fuentes”.

Los huevos de la serpiente (cuyo subtítulo es Fedecámaras por dentro) es un libro en el que, justamente, Moncada revisa el rol histórico de la clase empresarial venezolana, tanto en los gobiernos dictatoriales anteriores a 1958 como en los que surgieron luego, en los tan mentados 40 años de democracia representativa. Es un material que explica por qué no tenemos ni siquiera una burguesía nacional que merezca ese apelativo, y permite entender por qué los gremios empresariales se han sumado, de la manera en que lo han hecho, a todas las tentativas golpistas desde 1999 hasta el sol de hoy (literalmente dicho).

José Bernardo Gómez también recuerda aquellos días en los que el inquieto Moncada encontró por fin un proyecto al cual sumarse. “Siendo director de la Escuela de Historia de la UCV, apareció el 10 de abril en una entrevista televisiva defendiendo al Gobierno y, al día siguiente, se produjo el golpe. Durante las 47 horas del carmonazo andaba de lo más preocupado, por no decir otra cosa…”, rememora Gómez, quien tiene una memoria muy adiestrada para las fechas y las horas ya que, además de historiador y profesor, es un prestigioso astrólogo.

Como les ocurrió a tantas otras personas, la definición de Moncada como partidario claramente identificado de la Revolución Bolivariana radicalizó a la gente de su entorno: algunos que lo admiraban empezaron a odiarlo y otros, que dudaban de él, le dieron, por fin, su venia. Gómez lo expresa de esta manera: “No había sido santo de mi devoción en la Escuela, pues me daba la impresión de moverse acomodaticiamente, no parecía muy confiable; pero hay que reconocerle que después del carmonazo se resteó con el proceso, tanto con Chávez como con Maduro”.

Entre los que se tornaron detractores de Moncada, debido a su asimilación plena al chavismo, hubo varios que empezaron a insinuar que su ascenso en la Escuela de Historia, e incluso su postgrado en Oxford, fueron fruto de maniobras y jugarretas, sobre todo porque en ambas instancias tuvo una carrera meteórica. Solórzano sale en su defensa: “Cuando oigo esas habladurías pienso en el adagio chino aquel que dice que cuando el sabio señala la Luna, el tonto mira el dedo. Esos éxitos se debieron a una inteligencia deslumbrante… pero los tontos lo escuchan y siguen mirando el dedo. No quieren admitir que Samuel Moncada es un hombre brillante”.

Algunos de sus estudiantes también resaltan su talento. Lionel Muñoz, por ejemplo, dijo: “Poco traté con Samuel porque, cuando cursé materias, él estaba en pleno doctorado en Oxford. A su regreso, estaba culminando mi escolaridad y apenas me dio un par de clases. De ellas puedo destacar su altísima calidad pedagógica, su interés por ubicar a sus estudiantes, tanto en el tiempo como en el espacio, y la pulcritud de su discurso: bien hablado, siempre fluido y tensado por un hilo narrativo que dejaba absorto a todo el salón de clases”.

Luego, ya en funciones de Gobierno, Moncada ha tenido la oportunidad de aplicar esas dotes en la actividad política interna como ministro de Educación Universitaria; y, en la política internacional, en varios cargos diplomáticos, incluyendo el de embajador ante la Organización de las Naciones Unidas. Se estima que a él corresponde, en buena medida, el logro de que Venezuela haya alcanzado un escaño en el Consejo de Seguridad de la ONU, a pesar de la intensa campaña de todos los poderes hegemónicos mundiales para impedirlo.

También acumuló méritos en los recientes episodios en la Organización de Estados Americanos, en los que les ha tocado toda clase de pugnas: desde fajarse, en términos estrictamente diplomáticos, con la representación de Estados Unidos, con el enemigo jurado Luis Almagro y con una colección de perritos de alfombra (frase de uno de ellos: Pedro Pablo Kuczynski); hasta llegar al borde de una peguita callejera con un sujeto de la oposición venezolana que, curiosamente, logró “burlar” los dispositivos de seguridad en la cumbre mexicana.

Por cierto, ese día, cuando se enfrentó con el vociferante elemento, demostró que “lo que se hereda no se hurta”, pues fue como si el cuatriboleado Juan de Dios Moncada Vidal hubiese aparecido en Cancún.

 

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