San Pedro salió a exorcizar la pandemia

El 29 de junio la tradición de Guarenas, Guatire y Sarría en Caracas, Patrimonio de la Humanidad, salió por segundo año a las calles maniatada por la cuarentena. Un esfuerzo de memoria, fiesta y espiritualidad

                                    Por María Eugenia Acero Colomine • @andesenfrungen                                   Fotografías Mairelys González@mairelyscg27

La Parranda de San Pedro de Guatire y Guarenas, una de las manifestaciones culturales más concurridas del país y Patrimonio Inmaterial de la Humanidad desde 2013 por declaración de la Unesco, vivió por segundo año consecutivo la extraña experiencia de celebrar su fiesta grande solo para sí misma, reducida, estigmatizada y vigilada por la policía, para que no se desbordara.

Ese es, quizás, uno de los más abrumadores resultados del Decreto de Estado de Alarma emanado del gobierno nacional y extendido en el tiempo desde marzo de 2020 debido a la pandemia de la Covid-19: “dadas las circunstancias de orden social que ponen gravemente en riesgo la salud pública y la seguridad de los ciudadanos” enfatiza la gaceta.

No está sola en su desconsuelo. Todas las expresiones populares que se renuevan cada año desde mayo, siguiendo el ritmo del calendario festivo de las tradiciones, han sufrido la misma contención en vista de los riesgos sanitarios que implican las grandes concentraciones públicas.

Pasó, con sus sobresaltos y actos de rebeldía, con la Semana Santa, cuyos masivos actos litúrgicos se redujeron a breves recorridos custodiados por impenetrables piquetes de seguridad.

Para evitar incidentes riesgosos, las alcaldías de Guarenas y Guatire precisaron que la Parranda de San Pedro no pasara del acto litúrgico.

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Pasó con las fiestas en honor a la Cruz de Mayo y las diabladas del Corpus Christi, evocadas en los patios de los hogares por sus fieles, en mínimos encuentros eclesiásticos con tapaboca, guantes y distanciamiento social, y uno que otro exceso impulsado por el agotamiento del encierro y la afición natural del venezolano por el desmadre.

Pasó con San Juan Bautista. Aprovechando la semana “flexible” que opera en el país para balancear el confinamiento, el 24 de junio el espíritu parrandero de los venezolanos permitió más suavidad en las calles, frente a la mirada torva (a veces ciega) de las autoridades. En San Agustín del Sur (Caracas) y Curiepe (estado Miranda), lo que se contagió fue las ganas de los creyentes de desafiar la cuarentena. Si bien no se desarrollaron actos masivos e incontrolables, hubo menos severidad en las medidas de distanciamiento y se permitió uno que otro abrazo, aprovechando el espíritu de inmunidad de rebaño que ha estado avisando el propio presidente Maduro al afirmar que con las vacunas, es probable que para octubre se verifique el regreso de los niños y niñas a clases después de casi dos años.

¿Ay cuándo salirá Yayo Juanicó?

Ay sánquenlo pa’ fuera Yayo
Juanicó

Saquen al San Juan Yayo
Juanicó

Ay Mariambea Juambimbe

El fashionismo se apoderó de los tapabocas           Foto Marlon Zambrano

Para evitar incidentes riesgosos, las alcaldías de Guarenas y Guatire precisaron que la Parranda de San Pedro no pasara del acto litúrgico, con misa en la iglesia y regreso a las sedes de cada cofradía en autobús fletado para la ocasión, junto a una comitiva policial que permitiera el arribo a su sitio de origen sin procesión ni actos masivos. Pero en Guatire, la autoridad estableció legalmente que cada quien organizara un encuentro breve (dos horas, aunque todos se echaron cuatro horas y más) en su entorno inmediato, a fin de impedir que se repitiera el aluvión entusiasta del pueblo por su santo, una deidad a la que muchos residentes de la provincia venezolana le atribuyen poderes milagrosos.

En Guatire, la autoridad estableció legalmente que cada quien organizara un encuentro breve (dos horas, aunque todos se echaron cuatro horas y más) en su entorno inmediato.

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Solo por estricta invitación se permitió el acceso de pocos a la iglesia para la misa del 29 de junio. Las imágenes de San Pedro llegaron en orden y sin demasiados vítores, aunque esta vez hubo más presencia de propios y extraños que el año pasado. Fue imposible no extrañar las manifestaciones masivas de fe y emoción de la multitud que “toma” el frente de la iglesia donde normalmente se escenifican obras de teatro, se expenden souvenirs turísticos alusivos a la tradición, y comienza a tejerse un espíritu de compadrazgo que solo se disipa, y a trancazos, al despuntar la media noche de ese día cuando cada parranda, por costumbre, arriba a su sede a cenar un sancocho después de recorrer las calles centrales del pueblo y sus urbanizaciones más cercanas.

Desde la noche anterior, los parranderos habían sido autorizados también para organizar un breve velorio de no más de dos horas, un evento que tradicionalmente también era esperado por ellos y los feligreses para encender los motores con espíritu entre festivo y devocional.

La parranda se escenificó sin faustos ni grandes multitudes, con la misma pasión de los parroquianos por extender en la memoria de los tiempos un acto de fe que también tiene que ver con la resistencia cultural y la argamasa de creencias de quienes encienden una vela a un santo y se empinan un trago de anís.

No solo en los pueblos mirandinos, también en el mismísimo corazón de la ciudad de Caracas, donde la Parranda de San Pedro de la comunidad de Sarría, parroquia El Recreo, se ha constituido en el otro epicentro memorioso de la tradición desde hace 101.

Los parranderos celebraron frente a las sedes de sus cofradías        Foto Marlon Zambrano

No es solo fiesta: es resistencia

Nadie sabe cómo, cuándo y dónde exactamente nació la Parranda de San Pedro, pero todos, a través de la tradición oral, afirman que fue entre Guarenas y Guatire, cabalgando los siglos XVIII y XIX en respuesta de los esclavos a la imposición de la iglesia católica.

La Parranda funde lo africano, lo europeo y lo indígena con cuatros, maracas, levita y pumpá, y el reforzamiento de la identidad negra a través del betún que embadurna los rostros de los parranderos. Tiene versos en cuarteta alternados por solista y coros, acordes armónicos y la vigorosa percusión que repican con sus pies los coticeros.

Cruza la historia del siglo XIX y se ancla en los colores de los bandos en conflicto durante la Guerra Federal: rojo y amarillo (azul en Guarenas) que exhiben los niños como señal de reconciliación.

Susurra el aliento del cautivo que se reveló contra la imposición: una esclava (María Ignacia) enferma, que temía por la salud de su hija (Rosa Ignacia), le pidió a su marido Domitilo que bailara a la niña frente al santo para implorar su salvación. Él se trajeó cual dama y salió a cantar y a bailar junto a sus compañeros de faena ante la mirada impávida del rico hacendado que, para divertirse, le lanzó trajes y cueros y así animar su “pantomima”.

San Pedro como era calvo

Lo picaban los mosquitos

Y su madre le decía

Ponte el gorro peruchito

Los parranderos mimetizaron su grito de guerra y acopiaron “con la cotiza dale al terrón (patrón) / vuélvelo polvo sin compasión”, y cada 29 de junio transitan en procesión por las calles de Guarenas, Guatire y Sarría colmadas de gente, para aclamar la resistencia del pueblo.

La Parranda de San Pedro no es sólo una tradición, una devoción o una fiesta, es un mecanismo de integración del tejido social a partir de un elemento clave: la memoria, que, por su parte, es un ejercicio de tenacidad y transferencia, una forma de reanimar en el tiempo la sustancia de las cosas, aunque solo sean recuerdos inventados como dice Enrique Vila-Matas.

Y, ¿de qué nos sirve recordar, en un mundo donde los imaginarios se traman desde las tecnologías de la información? Quizás para que los pueblos sobrevivan. Lo primero que destruyen las guerras para la dominación absoluta, es el acervo simbólico de las tierras arrasadas, sus elaboraciones conceptuales, su verbo, fundamentalmente a través de las industrias culturales.

Esta vez, cautivos del temor pandémico que persiste entre nosotros y por lo tanto todo lo transversaliza a través de las medidas de bioseguridad, los parranderos se soltaron un poquito el moño, se aflojaron algunos tapabocas, se acercaron más y compartieron un trago, se inclinaron como reverencia con el santo frente a algún enfermo y dejaron a su libre albedrío los poderes de la fe, tentando las posibilidades mágicas del milagro.

San Pedro continuó reforzando nuestra identidad cultural

ÉPALE 421