ÉPALE274-CIUDAD

Foto Enrique Hernández

EN SU SEGUNDO ANIVERSARIO LOS DEL PROYECTO COLECTIVO AL FINAL DEL BULEVAR IDEARON UNA RUMBA: POESÍA, MÚSICA Y SOPA CORRIERON COMO MANÁ EN UN TRIBUTO INSUMISO A LA PAZ Y A LA CIUDAD RECONQUISTADA

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO

Pasó porque tenía que pasar. La ciudad estaba sola, llena de multitudes en el trapicheo de la comida, y el bulevar Panteón se veía seductor bajo el sopor del cocuy, con sus alamedas abiertas invitando a comerse la luz.

“Hay una rumba poético-musical —nos avisó una de las cumpleañeras— que va a cerrar con sancocho”, completó, para avivar los reflejos de quienes pujamos por encontrar rutas de escape a la infelicidad inducida, que ha impuesto la narrativa caótica de la ciudad a través de sus depredadores naturales.

El bulevar empieza, según la cartografía emocional de los poetas más malandros, en la esquina de Gradillas: a un lado el Bistró Libertador desolado, diagonal el abarrotado Café Venezuela, más allá la sede del diario Ciudad CCS y sobre las escalinatas, adonde llegaban antiguamente carretas con mercadería para ofertar en el mercado de la Plaza Mayor, el poeta Efraín Valenzuela enarbolando una bandera de territorio conquistado, que insufla pasión a los colectivos poéticos: “No hay tiempo para la tristeza, es tiempo para la alegranza”.

Subiendo, como quien va al encuentro de los restos del hombre más importante del mundo —Simón Bolívar—, uno se va tropezando con la memoria, las colas, la burocracia, cierta bohemia maleva y algunas plazas convertidas en meaderos; hasta que, de pronto, tropiezas con un oasis clavado con dignidad sobre esa caminería que en realidad se llama, oficialmente, José Martí. Justo en la antesala del edificio sede del Gabinete Cultural del Distrito Capital.

Por allá caímos con dos kilitos de yuca.

A los niños se les dio licencia para pintar. Foto Enrique Hernández

A los niños se les dio licencia para pintar. Foto Enrique Hernández

¿DE QUÉ SERÁ?

Era la fiesta grande del segundo aniversario del Proyecto Colectivo Al Final del Bulevar.

Tasajeados por los ocres de la tarde, de un lado una camarilla de muchachitos alebrestados en la hora cívica de los niños dejándose arrear por el maestro Jesús Sanoja, quien puso a disposición diez caballetes para que pintaran en ellos lo que les viniera en gana. En la otra esquina Luis Hernández, “Bigote”, haciendo felices a las madres mientras instruía a los muchachos en el antiguo arte de entrelazar la armazón de los papagayos, que algún día volarán repartiendo poesía por los cielos de la parroquia Altagracia.

Construyendo promesas de vuelo. Foto michael mata

Construyendo promesas de vuelo. Foto Michael Mata

Al centro, los creadores de la ciudad que se han hecho tributarios de ese espacio de juntadera: desde los colectivos poéticos (Criticarte, La Otra Orilla, Poesía a la Carta, etc.) hasta decimistas populares y versificadores libres, roqueros duros, espontáneos alzados y todo aquel que tenía una voz para decir presente, con su voz de calle. Al fondo, “esquineados” como los brujos en la hora apoteósica del aquelarre, los cocineros del sancocho haciendo milagros con uno, y otro, y otro kilo de auyama. A Luis Raposo, Gustavo Rivas y Cruz Silva, al mando de la paleta y los cuchillos, no se les ocurrió otra cosa que pedirnos cubito para aderezar. Nos opusimos fervorosamente por aquello de la fe renacida en los aliños naturales.

A esa hora nadie sabía de qué sería la sopa.

La calle habla y canta. Foto michael mata

La calle habla y canta. Foto Michael Mata

¿SANCOCHO SORPRESA?

El colectivo nació cuando se incendiaban las hogueras del odio al este de la capital bolivariana, hace apenas dos años. En su primer aniversario, a más de uno le pareció una locura que salieran a festejar en medio de la violencia política, que volvieron eufemismo y llamaron “guarimba”.

Pero ellos, que vienen de arrancarse costras en la guataca desde hace muchos años, asumieron la labor y conquistaron la paz. Este año también lo lograron demoliendo la confabulación de las redes virtuales y erigiendo el abrazo físico del encuentro, la cantata, el poema.

NADIE VIO POR ESOS PARAJES A LA GENTE —MUCHA GENTE— ADHERIDA AL CLIMA-PAÍS MEDIÁTICO Y SU MURO DE LAMENTACIONES

Consuelo Laya habla y suelta mariposas amarillas por la boca. A uno se le caen las medias. Es, junto a José Félix Meléndez, Luis Morales, Efraín Valenzuela y muchos otros, artífice de la iniciativa. Dice cosas que provoca repetir como un mantra para enajenados: “Tenemos como lema formar para transformar realidades individuales y colectivas. Al final lo que tenemos es una gran necesidad de contribuir a un proceso en el que uno cree, que es brindarle a la gente espacio y oportunidad para crear. Decidimos ser creadores de la paz, y que este espacio le decretara la guerra a la muerte”.

Poesía pública. Foto michael mata

Poesía pública. Foto Michael Mata

Y logran comunión: mientras el poeta Luis Lovera Calanche sorprendía, como siempre, por su espíritu demoledor de bardo aferrado a la rebeldía y la agrupación musical Los Gamberros removía el espíritu sedicioso del rock and roll con su sonido alegre, nadie vio por esos parajes a la gente —mucha gente— adherida al clima-país mediático y su muro de lamentaciones.

“Yo cuando no vi a nadie pegado del teléfono sentí que logramos, durante cinco horas, despegar a la gente de la ventana virtual. Entonces, sí se puede hacer”, dijo con pasión Consuelo. Luis Morales también encuentra explicaciones mágicas para las cosas: “Mi postura, al integrarme a este espacio, fue que ya estaba cansado de quejarme de que las instituciones no apoyaban. Así, granito a granito, esto se convirtió en un espacio donde convergen movimientos de todo tipo, básicamente rompiendo con ese tema elitesco de la poesía de los años 80 para acá, en sitios pequeños, excluyentes”.

Caía la noche y se escuchaba un rumor de fondo, opacado apenas por las ráfagas de cocuy: “Ya viene, el sancocho sorpresa”.

Música para conectarse con la realidad. Foto michael mata

Música para conectarse con la realidad. Foto Michael Mata

SANCOCHO CON TODO

Visibilizar el mundo infantil, desde su propio mundo político, es lo que viene. Lo explican los cumpleañeros que celebran no solo lo que fue sino lo que será esa bodega cultural nacida durante la gestión ministerial de Reinaldo Iturriza, donde aún se pueden hallar libros, musicales, películas y, lo más importante, la conversa y la generación de iniciativas de reconquista de la urbe sitiada por las manos comerciales y los desafueros institucionales que no tienen el tino, por ejemplo, de ocupar ese entorno para multiplicar los escenarios del Festival de Teatro en espacios no convencionales, donde lo que reina es tragedia y comedia.

“A mí esto se me perece a los trabajos que se hacían en los barrios cuando se montaban las verbenas: por un lado la gente haciendo el sancocho, por el otro los niños haciendo pintura y papagayos. Por otro lado la gente viendo su música, por el otro lado gente conversando. Antes, en una verbena bajaban señoras desde su casa y aportaban algo para la venta, la comida, para poner el sonido, etc. Eso fue lo que vivimos”, reconoce José Félix, a quien identifican como el “musicópata” del centro porque es un versado en la materia, tanto así que es promotor de un hecho prodigioso: la presencia de joropo central, orquestas de salsa, bailantas de rock y hip hop, performance, escuelas de percusión del barrio en esa esquina absorbida por la selva de concreto, ahí mismito, a unas cuadras de la Biblioteca Nacional.

Y de pronto, llegó el momento cumbre de la noche. Hizo su entrada triunfal el sancocho, que dicen que tenía de todo: pata, hueso, yuca, y auyama, auyama, auyama. Yo no me acuerdo de nada.

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