ÉPALE277-SANDINO

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

Con su pequeño ejército loco, sus atavíos de andrajos y sus armas de papel, aquel hombre enjuto, del tamaño del más pequeño y de un espesor que puede ser arrastrado por un breve viento invernal, se propuso combatir a Goliat.

Era una lucha que podía parecer vana por asimétrica, pero el mismo relato bíblico se ha encargado de divulgar la especie de que es posible derrumbar al campeón de una pedrada bien puesta.

“La epopeya de Augusto César Sandino conmovía al mundo. La larga lucha del jefe guerrillero de Nicaragua había derivado a la reivindicación de la tierra y levantaba en vilo la ira campesina. Durante siete años su pequeño ejército en harapos peleó, a la vez, contra los 12.000 invasores norteamericanos y contra los miembros de la Guardia Nacional. Las granadas se hacían con latas de sardinas llenas de piedras, los fusiles Springfield se arrebataban al enemigo y no faltaban machetes…”, escribe Eduardo Galeano.

Comenzando el convulso siglo XX, Estados Unidos dominaba su patio trasero con un descaro humillante. En la Nicaragua de 1912, con 17 años de edad, presenció la sangrienta intervención de las tropas estadounidenses frente a una sublevación en contra del presidente Adolfo Díaz, quien tenía todo el apoyo del gigante del Norte.

Al retirarse las tropas de suelo nicaragüense, en 1925, vive una epopeya personal que lo convierte en proscrito por asuntos legales. Pero le toca ver de nuevo el arribo de los marines, al rescate de otro presidente títere bajo la excusa de “proteger las vidas y las propiedades de los ciudadanos estadounidenses”.

Sandino declaró su guerra con una proclama, el 2 de septiembre de 1927, cuando advierte a través de un manifiesto que su causa ya no se trata de una guerra civil sino una lucha entre patriotas e invasores, pues tanto conservadores como liberales habían pedido la intervención de los marines norteamericanos.

Con un puñado de no más de 30 hombres, y el apoyo de algunas mujeres campesinas, se internó en las montañas del norte de Nicaragua para luchar contra los infantes de marina, mientras iba incrementando sus huestes hasta llegar a 6.000.

Claro que lo vencieron más de una vez, pero muchas otras fue él quien remató la jornada contra esos gigantes de algodón, que no soportaban luchar en las espesas selvas tropicales. Uno de los más memorables combates se dio en El Bramadero (1929), donde sus tropas arrinconaron a un batallón de marines a machetazos.

En otro combate, las fuerzas de invasión no toleraron la afrenta y la saldaron con genocidio en el pueblo de Ocotal, que sufrió el primer bombardeo aéreo de la historia de América Latina (1927).

Cuando llega la Gran Depresión el presidente Roosevelt se ve obligado a proclamar la “política de buena vecindad” y dejar el pelero sin haber podido matar, capturar y mucho menos vencer al diminuto General de Hombres Libres. Sigue Galeano: “1933 —Managua—, la primera derrota militar de los Estados Unidos en América Latina. El primer día del año abandonan Nicaragua los marines, con todos sus barcos y sus aviones. El esmirriado general de los patriotas, el hombrecito que parece una ‘T’ con su aludo sombrero, ha humillado a un imperio…”.

Tuvo que venir Anastasio Somoza García, por entonces Jefe Director de la Guardia Nacional cuando ya campeaba “la paz” en Nicaragua, a urdir su fin con la traición, apuntando la implacable guadaña del martirio sobre Sandino en febrero de 1934, cuando lo despidió de este mundo vencido, apenas, entre las sombras.

Hoy, el gobierno sandinista, inspirado en las enseñanzas de su héroe epónimo, enfrenta una vez más el apetito del Goliat, que no ha cejado en su intención de ser dueño de sus vecinos. Asombrosamente, y con todo su poder mortuorio, nada que logra derrotarlo.

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