POR FREDDY FERNÁNDEZ • @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE284-FILO Y BORDEDe acuerdo con la narración bíblica, Dios encomendó a Moisés instituir las normas por las que habría de regirse la nación hebrea. El tercero de estos postulados, expresado en el lenguaje catequista católico, dice: “Santificarás las fiestas”. Estos postulados quedaron fijados cuando el pueblo que debería practicarlo no tenía territorio, había salido de su largo período de esclavitud en Egipto, transitaba un extenso terreno desértico y tenía como actividad principal el pastoreo. Es a este pueblo, y a través de Moisés, a quien Dios habría dicho: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo” y, de manera mucho más explícita, “Guardarás el día de reposo para santificarlo, como Yahveh tu Dios te ha mandado. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo a Yahveh tu Dios; ninguna obra harás tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ningún animal tuyo, ni el extranjero que está dentro de tus puertas, para que descanse tu siervo y tu sierva como tú”. Sorprende el alcance del mandato. Establece su respeto por todos y para todos, incluyendo a quienes no eran sujetos de derecho, como siervos, extranjeros y animales. En la tradición judía es el sábado, mientras que la tradición católica adoptó con este mismo valor el día domingo.

En el más estricto sentido práctico, se puede decir que los Mandamientos son un conjunto de normas destinadas a garantizar la convivencia y, por ello, a mantener la unidad de quienes se rigen por ellas y a evitar hechos que generen violencia interna. La creación de un día dedicado a Dios y su sacralización, es decir, la obligatoriedad de consagrar un día de la semana al encuentro de la comunidad para reafirmar las creencias, no puede mostrar otra cosa que no sea la necesidad de mantener la unidad y de privilegiar el carácter colectivo de la vida.

Este rasgo es de especial importancia si recordamos que estamos hablando de un pueblo de pastores, lo que impone una necesaria dispersión territorial. Un día de cada semana habrán de reunirse en paz, unidos en torno a su fe y, seguramente, con disposición para ver los problemas que tienen en común. En el mundo que nos toca vivir hoy, marcado por un extraño individualismo narcisista, siempre frustrado por no alcanzar los suficientes “like”, retuit o “me gusta”, quizá convenga recordar esta norma capaz de mostrar la pertinencia política, cultural y social del encuentro de los comunes en comunidad.

No ando en búsqueda de Dios, pero sí de condiciones de cielo en la Tierra. Entiendo que debo respetar el encuentro de nuestra comunidad y regularizar nuestra acción colectiva para convivir mejor y para solucionar lo que podemos resolver en nuestro entorno. La magia y el milagro está en la comunidad.

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